En una pequeña aldea del Tíbet, un joven había entrado a vivir con los monjes budistas y se esforzaba por aprender las “técnicas” del autocontrol y vivencia interior de los ancianos de cabeza reluciente y vestido naranja.Una mañana entró en la sala del rezo y se acercó al que consideraba el monje más sabio del convento. El anciano se encontraba arrodillado, ensimismado en su interior y sin conexión con la realidad. El joven le imitó pero en poco tiempo no podía aguantar más esa postura y sentía la pierna dormida. Al intentar incorporarse para buscar mayor comodidad, la pierna no le respondió y con gran estruendo rompió uno de los jarrones que adornaban el templo. El anciano parpadeó y volvió su cabeza hacia el joven. El pequeño aprendiz de monje le susurró: “lo siento”.
Ese mismo día, en pleno silencio conventual, los monjes se dispusieron a comer. Todos los días había una única comida que se hacía en silencio meditativo. Los monjes servían por turno para que todos se acordasen de la importancia del humillarse ante los demás. Aquel día le tocaba hacer de sirviente al monje sabio. Y en silencio daba a cada monje su ración de arroz. Al llegar al joven, le depositó en su cuenco la ración correspondiente. Y el aprendiz dijo instintivamente: “gracias”. Todos los monjes volvieron su cabeza hacia él ante tal ruptura del silencio normativo.

Aquella tarde, el joven se encontraba paseando por el jardín del monasterio. Al ver a lo lejos al anciano sabio se acercó a él con respeto. Con humildad le contó que tal vez se sentía fuera de las costumbres monacales y que estaba pensando en abandonar la vida conventual porque no avanzaba en su aprendizaje.
El sabio le preguntó: “pero, ¿qué te ha movido a buscar el silencio del monasterio budista?”
El joven le respondió con certeza: “el respeto y el aprecio que siento ante vuestras personas”.
Y el monje anciano le dijo: “Hijo mío, en esta semana has demostrado que más allá de la norma, de la costumbre, del silencio, del valor de la meditación, tú sabes mucho más que muchos de nuestros compañeros, porque no callas un “lo siento” por orgullo; un “gracias” por vergüenza; y un “te quiero” por cobardía. Esto es lo importante, el resto es solamente técnica. Y vale más el error que nace del corazón; que la técnica correcta de la mente del cumplidor.




