28.12.05

El aprendiz.

Ahora que están de moda las películas de los magos, de un Harry inglés de corbata y escoba voladora, me acuerdo de aquella historia del joven aprendiz que me contaron hace ya unos años.

En una pequeña aldea del Tíbet, un joven había entrado a vivir con los monjes budistas y se esforzaba por aprender las “técnicas” del autocontrol y vivencia interior de los ancianos de cabeza reluciente y vestido naranja.

Una mañana entró en la sala del rezo y se acercó al que consideraba el monje más sabio del convento. El anciano se encontraba arrodillado, ensimismado en su interior y sin conexión con la realidad. El joven le imitó pero en poco tiempo no podía aguantar más esa postura y sentía la pierna dormida. Al intentar incorporarse para buscar mayor comodidad, la pierna no le respondió y con gran estruendo rompió uno de los jarrones que adornaban el templo. El anciano parpadeó y volvió su cabeza hacia el joven. El pequeño aprendiz de monje le susurró: “lo siento”.

Ese mismo día, en pleno silencio conventual, los monjes se dispusieron a comer. Todos los días había una única comida que se hacía en silencio meditativo. Los monjes servían por turno para que todos se acordasen de la importancia del humillarse ante los demás. Aquel día le tocaba hacer de sirviente al monje sabio. Y en silencio daba a cada monje su ración de arroz. Al llegar al joven, le depositó en su cuenco la ración correspondiente. Y el aprendiz dijo instintivamente: “gracias”. Todos los monjes volvieron su cabeza hacia él ante tal ruptura del silencio normativo.

Aquella tarde, el joven se encontraba paseando por el jardín del monasterio. Al ver a lo lejos al anciano sabio se acercó a él con respeto. Con humildad le contó que tal vez se sentía fuera de las costumbres monacales y que estaba pensando en abandonar la vida conventual porque no avanzaba en su aprendizaje.

El sabio le preguntó: “pero, ¿qué te ha movido a buscar el silencio del monasterio budista?”

El joven le respondió con certeza: “el respeto y el aprecio que siento ante vuestras personas”.

Y el monje anciano le dijo: “Hijo mío, en esta semana has demostrado que más allá de la norma, de la costumbre, del silencio, del valor de la meditación, tú sabes mucho más que muchos de nuestros compañeros, porque no callas un “lo siento” por orgullo; un “gracias” por vergüenza; y un “te quiero” por cobardía. Esto es lo importante, el resto es solamente técnica. Y vale más el error que nace del corazón; que la técnica correcta de la mente del cumplidor.

25.12.05

La belleza.


“Papá, ¿por qué el sol al atardecer es rojo?” Y el hombre de pocas palabras sencillamente le respondió: “porque existe la belleza”.

Cuando era niño, buscaba el porqué de las cosas, la razón de lo que tenía delante. Jugaba con el cochecito, destripando su interior para entender qué le hacía moverse, cómo era por dentro, cuál era la razón de ese exterior que mis ojos veían. Eran comunes las preguntas llenas de porqués encadenados en respuestas que llevaban a otras preguntas. Es la etapa psicológica de los porqués. Como niño buscas esa razón última que hace que todo se mueva y que todo sea tal cual es.

“¿Por qué?”

En el fondo es la pregunta que se hace cada hombre incluso cuando tiene noventa años. Es fundamental el preguntarse el porqué de aquello que sucede en la vida, de aquella situación, aquella elección, aquel camino vivido. ¿Por qué vivimos? Nunca dejamos de ser niños, porque nunca dejamos de preguntarnos porqués.

Desgraciado aquel que no se pregunta nada en la vida y que no sabe buscar interrogantes a su cotidianeidad.

Nuestra vida comienza por un porqué: “¿Por qué he nacido? ¿Por qué yo? Y dependiendo de la respuesta que te vayas dando vas construyendo y dando sentido a tu existencia, porque tu existencia nace de este primer “porqué”.

¿Por qué el sol al atardecer es rojo? Por el mismo motivo que el mar choca contra el acantilado, o por la misma razón de esa sensación del viento acariciando la mejilla. Porque existe la belleza.

El universo tiende al caos; pero detrás de ese caos sin sentido está el orden armónico de las leyes ocultas de la naturaleza. Y la ley última es la armonía de la belleza. Por ello lo bello resalta en la naturaleza, porque llega más a lo esencial de sí mismo. Lo creado es más creador cuanto más bello sea.

Me gusta desaparecer entre las horas perdidas de un día sin fondo. Apagar el contacto con el mundo y diluirme en la soledad. Y allí, en el silencio del mundo descubrir lo que a nuestros sentidos pasa más desapercibido: los reflejos del ocaso, el susurro de las hojas que se mecen en los árboles, la proximidad salada de la brisa marina sentida en los labios, el olor del mar al chocar con las rocas o la caricia del viento en el rostro. Y allí, en esta soledad acompañada, ves, oyes, gustas, hueles y sientes la perfección de la belleza.

21.12.05

¿Todo cambia?


Aquella tarde cogí la cámara fotográfica y salí en coche a la montaña. A pocos kilómetros de la ciudad emergía el bosque de hayas que comenzaba a perder su verde brillante de la primavera y el verano para ir coloreando el otoño. Las hojas doradas esparcidas por el viento elaboraban para el suelo un mantón otoñal.

Hacía pocos meses que había estado allí, pero era como volver a un lugar distinto, porque el paisaje era diferente. Y en pocas semanas todo quedaría cubierto por otro mantón distinto, esta vez de blanco invernal.

Saqué unas fotos irrepetibles del color otoñal y de la naturaleza que moría tras el vigor del verano. Y por mi cabeza pasó una pregunta: “¿todo cambia?”

Cambian las estaciones. Cambian los colores. Cambian también las ciudades. Cambian las historias, las preguntas y hasta las respuestas. Cambia la sociedad. Cambia la manera de concebir la vida.

Cambian los trabajos. Cambian las inquietudes. Cambian las personas que nos rodean. Cambian nuestros intereses y nuestras voluntades.

Nuestra vida pasa por primaveras floridas, por veranos tórridos, por otoños de dorado declive, y por inviernos de muerte y nieve.

El que nos acompañó en una etapa ya no está. Y aparece el que nunca estuvo a nuestro lado.

Y surge en la mente esa pregunta: “¿todo cambia?”

¿Dónde está el valor de lo inmutable? O, ¿es precisamente un valor el hecho cambiante?

Algunos dicen que el amor perdura… Y mi mente entre las hayas siente la brisa que le dice que el amor es perdurable, pero que el objeto de ese amor, los modos de expresarlos y la maneras de vivirlo son cambiantes.

Y allí, entre las hayas que sufren el cambio del otoño, clamo una oración como Teresa de Jesús: “Nada te turbe; nada te espante; quien a Dios tiene nada le falta. Porque sólo Dios basta”… y no cambia.

¿Por qué Dios no cambia? Porque Él a diferencia de nosotros no es objeto, modo o manera del amor; es el Amor en sí.

Una hoja amarillenta, golpeada por una ráfaga de viento, bailó ante mis ojos en una danza de amor y vino a reposar a mis pies para la eternidad. De repente comprendí: el Amor me había guiñado el ojo.

18.12.05

El escándalo de lo injusto.

Nos parece normal convivir con la contradicción. Nos hemos habituado a comer mientras vemos en la televisión la imagen del niño desnutrido de un país africano. “¡Qué bueno está el lenguado! Me echaré otro pedazo”.

Los muertos de Bagdad nos acompañan cada día porque ya se han convertido en una pequeña sección de los noticiarios. Van a caballo entre las noticias internacionales y las de economía.

No nos sorprendemos de los desastres ocasionados en Guatemala por un huracán o por el número de millares de muertos en un terremoto en Pakistán. Son desgracias lejanas y de países tercermundistas. A nosotros no nos toca. Son sólo cifras como el valor del último premio de la lotería.

Y cuando la desgracia se acerca y se atreve a saltar nuestros muros criticamos la invasión de nuestra sociedad. Sólo entonces podemos llegar a ser conscientes de que nuestra riqueza y bienestar deben ser protegidos por muros y alambradas de seis metros que nos separen del caos. Y la cuestión es: ¿a qué lado del muro está la realidad? ¿La realidad es la crueldad del hambre, la falta de trabajo, la falta de libertad, la falta de sociedad,… o la realidad es nuestra sociedad basada en los principios de democracia, bienestar y consumismo? Es posible que la única realidad sea la sutil línea divisoria de alambres de espino.

Sintamos clavada en nuestras pupilas la mirada perdida de un niño moribundo por el hambre. Lloremos con el llanto de quien ha perdido todo en un gemido de la tierra. Gritemos con quien indignado y después de haber perdido toda esperanza, la pone únicamente en el salto nocturno de un muro. Porque nuestro estar saciados existe por el hambre de muchos; nuestra risa muestra el llanto de tantos; y nuestra comodidad está sustentada en la injusticia del que no sabe lo que es la comodidad.

Pero, ¡qué escándalo cruel contarnos esto todos los días a la hora de comer entre plato y plato! Por cierto, ¿qué hay hoy de postre?

16.12.05

El Cuarto.

Aquí comienza el cuarto relato. Suelen decir que no hay dos sin tres. Y el cuarto es siempre el olvidado.

En las olimpiadas, el primero sale en la foto con el oro; el segundo con la plata y mira a su compañero con una cierta envidia; el tercero se alegra de estar en el podio con el bronce. Pero el cuarto es siempre el olvidado.

Las trilogías tienen siempre un comienzo, un desarrollo y un final. Y tras él queda la cuarta parte que nunca verá la luz de la existencia.

La pareja se hace familia cuando nace su primer hijo. Ese tercero hace que la pareja se transforme. El cuarto no es el indispensable.

Hasta Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu. Trino, le llaman: uno en tres. No conoce el cuarto.

Éste es el cuarto relato. El inexistente; el olvidado. El que viene después del tercero. Pero con un valor fundamental: tras él, se posibilita el resto. Y nacerá el quinto, el sexto… y lo que pudo ser un trío… se hizo mucho más. Todo porque un día se escribió un cuarto.

A partir de hoy, todo existirá porque ha nacido este cuarto relato; sin contenido, sin importancia, sin esencia… Pero que hace posible todo lo que viene detrás. Esa es su grandeza.

He aquí el cuarto relato; y por ello será recordado.

Allora tutto passa (entonces todo pasa).

Habían pasado diez meses desde aquella tarde en la que todo cambió.

Marco era un hombre inquieto. Nacido en la bella Toscana, había dedicado su juventud al estudio. “Es una inversión”, decían en su casa.

Después había llegado un trabajo que profesionalmente le llenaba. Sentía ciertas inquietudes por el bien de la humanidad y se había comprometido con alguna ONG que concretizaba los valores de la igualdad.

Se había casado y disfrutaba de su niña pequeñita, recién nacida.

Toda su vida había seguido un esquema de éxito donde el fruto había llegado pronto, casi sin buscarlo.

Pero aquella tarde, hace diez meses todo cambió con la palabra “cáncer”. Y de repente proyectos, ilusiones, tiempos, dedicaciones cambiaron por completo de ritmo.

Le costó asumir la realidad, y más le costó saberse en una cuenta atrás donde el reloj seguía avanzando. Pero había que batallar.

Tras meses de lucha comprendió que sus esfuerzos por aferrarse a la vida eran apagados sin piedad. Y miró el horizonte que se abría tras la ventana de casa con otros ojos. ¡Qué bellos son los atardeceres toscanos!

Hoy, en su cama del hospital, sabiéndose consumido físicamente, pensaba en las fotografías de su vida.

“Allora tutto passa; allora tutto finisce”, susurró. “Entonces todo pasa; entonces todo se acaba”.

“¿Dónde ha quedado la infancia?; ¿dónde queda mi estudio?; ¿dónde mi trabajo?; ¿dónde mi éxito, mis apuestas, mi casa?…”

“¿Dónde queda mi hija, mi familia, mis amigos, mi historia que será olvidada en el confín del tiempo secular?…”

La rueda del mundo gira siempre así, dando vueltas en el absurdo.

“Creía tener delante de mí un futuro lleno de alegrías y me encuentro aquí ahogado sin piedad por el tiempo que se va escapando entre mis manos. Y delante de mí la infinitud de un paso que debo hacer en soledad.”

“Quiero todavía buscar algo que no muera y saciar mi sed infinita de vida.”

“Invece tutto passa. Invece tutto finisce.”

“¿Hay algo que no muera? ¿Un pensamiento, un ideal, una realidad? ¿Algo que nada en el mundo pueda derrotar?”

“Solamente algo… me bastaría uno…”

Y a través de la ventana… veía el brillo en las nubes de un reflejo; de algo que no podía observar, pero que existía: un nuevo ocaso.

Una lágrima titubeante asomaba por su rostro mientras exhalaba el suspiro de la muerte.
¡Qué bellos son los atardeceres toscanos!

El puente aéreo.

Conocí a Roberto en el puente aéreo entre Madrid y Barcelona. Aquel día estaba nervioso porque la niebla había retrasado el vuelo tres cuartos de hora. “Llegaré tarde a la reunión”, pensaba.
La noche anterior había llegado tarde a casa y su mujer y los dos niños pequeños estaban ya dormidos. A la mañana se había levantado antes para coger el primer vuelo a Barcelona.
Y ahora ahí estaba, con El País en la mano, cambiando el cruce de las piernas continuamente y controlando cada minuto que pasaba en su reloj de marca.
Hacía llamadas por el móvil para avisar de su llegada con retraso a El Prat. Era un continuo nervio.

Cerca una niña de ojos azules jugaba con su muñequita al juego de mamá e hija. Recorría la sala de espera enseñándola a los viajeros que con distinto agrado respondían a sus juegos.

La niña se acercó a Roberto y comenzó a mirarle. Quería enseñarle a su “hijita” de plástico. Pero Roberto estaba más enfrascado en el rápido pasar del segundero.

“Espe, no molestes al señor”; se oyó a lo lejos.

Pero la niña ya estaba sentada junto a Roberto con su muñequita y hacía ademán de leer el periódico que tenía el ejecutivo entre sus manos.

“¿Vas a Barcelona? ¿Has ido alguna vez en avión? ¿Qué reloj más bonito? ¿Habla el periódico de mi muñeca?”

Roberto levantó los ojos y miró a la niña pensando en la saturación de preguntas que le hacía.

“Voy a Barcelona y llegaré tarde… llevamos demasiado tiempo esperando aquí. Y perderé una reunión importante… ¿Qué te parece?”

La niña se encogió de hombros y sonrió con una de esas sonrisas limpias.

“¿Cómo te llamas niña?”

Y con una vocecita llena de ternura, la niña de ojos azules le respondió: “Espe, Esperanza… porque mis papás tuvieron que esperar mucho a que yo naciese…”
Roberto pensó entonces que aquella niña le había dado una lección. El valor de la espera viene marcado no por la rapidez con la que vivimos sino por el fruto de lo que conseguimos vivir. Y cerrando el periódico y olvidando el reloj de marca se puso a jugar con la niña: “¿Y tu muñequita cómo se llama?”

15.12.05

El zoco

En el mercando árabe se vendía en cada puesto las cosas más sorprendentes. Los turistas recorrían las calles estrechas del zoco sintiendo los colores de las telas, el brillo de la plata y los olores de las especias. Cada vendedor gritaba buscando compradores y perseguía con continuos regateos a aquel que se paraba a preguntar por su mercancía. Del zoco siempre sales con las manos llenas y los bolsillos vacíos.

Pero al fondo del gentío, casi en los límites del mercado sobre el suelo había un puesto extraño. Un árabe sentado junto a una alfombra cuidaba unos recipientes de barro. La curiosidad llevaba a destapar uno de los pequeños tarros. Pero el hombre me lo impidió con la mano. “Ahí dentro está mi tesoro”.

“Pero, ¿como va a vender algo que no deja ver?” Estaba seguro que en ese puesto poco se había vendido a lo largo de la mañana… y ya el sol calentaba en lo alto.

“Mi mercancía no está en venta, es demasiado cara; pero yo la regalo”, dijo el árabe dejándome todavía más perplejo.

Sólo por llevarme un pedazo de ese misterio estaba dispuesto a pagar lo que me quedaba en el bolsillo.

El anciano me acercó un botecito de barro y me lo regaló.

“Es el contenido secreto de la vida”, y me recomendó disfrutarlo.

Fui al hotel; y en la habitación, como quien descubre un misterio quise abrir la tapa rudimentaria que cerraba la pequeña vasija de barro. Por fin sabría su contenido y con él, el valor de lo que me habían regalado.

Lo abrí, y sorprendido busqué en su interior…, pero estaba vacío.

Me sentí defraudado… Menos mal que al fin y al cabo no había pagado nada.

Pasó el día, y a la noche tuve un sueño.

Se me aparecía un ángel que sonriente me decía:

“El secreto de la vida es gratis pero costoso. Está oculto y si se intenta entender nos encontramos con el vacío.”

“El secreto de la vida está siempre encerrado en el barro. Y en el momento menos esperado nos lo regalan.”

“El secreto de la vida hay que cuidarlo porque si no se desvanece en el aire.”

“El secreto de la vida no es ostentoso y nos pasa desapercibido.”

“El secreto de la vida está en esa vasija de barro, míralo con los ojos verdaderos y lo descubrirás.”

Como quien sueña una pesadilla me desperté sobresaltado… y recordando las palabras del ángel fui corriendo al aparador de la habitación. Cogí la vasija; abrí la tapa de nuevo, miré dentro y entonces lo vi. Allí, escondido, estaba tiritando el Amor.