Habían pasado diez meses desde aquella tarde en la que todo cambió.
Marco era un hombre inquieto. Nacido en la bella Toscana, había dedicado su juventud al estudio. “Es una inversión”, decían en su casa.
Después había llegado un trabajo que profesionalmente le llenaba. Sentía ciertas inquietudes por el bien de la humanidad y se había comprometido con alguna ONG que concretizaba los valores de la igualdad.
Se había casado y disfrutaba de su niña pequeñita, recién nacida.
Toda su vida había seguido un esquema de éxito donde el fruto había llegado pronto, casi sin buscarlo.
Pero aquella tarde, hace diez meses todo cambió con la palabra “cáncer”. Y de repente proyectos, ilusiones, tiempos, dedicaciones cambiaron por completo de ritmo.
Le costó asumir la realidad, y más le costó saberse en una cuenta atrás donde el reloj seguía avanzando. Pero había que batallar.
Tras meses de lucha comprendió que sus esfuerzos por aferrarse a la vida eran apagados sin piedad. Y miró el horizonte que se abría tras la ventana de casa con otros ojos. ¡Qué bellos son los atardeceres toscanos!
Hoy, en su cama del hospital, sabiéndose consumido físicamente, pensaba en las fotografías de su vida.
“Allora tutto passa; allora tutto finisce”, susurró. “Entonces todo pasa; entonces todo se acaba”.
“¿Dónde ha quedado la infancia?; ¿dónde queda mi estudio?; ¿dónde mi trabajo?; ¿dónde mi éxito, mis apuestas, mi casa?…”
“¿Dónde queda mi hija, mi familia, mis amigos, mi historia que será olvidada en el confín del tiempo secular?…”
La rueda del mundo gira siempre así, dando vueltas en el absurdo.
“Creía tener delante de mí un futuro lleno de alegrías y me encuentro aquí ahogado sin piedad por el tiempo que se va escapando entre mis manos. Y delante de mí la infinitud de un paso que debo hacer en soledad.”
“Quiero todavía buscar algo que no muera y saciar mi sed infinita de vida.”
“Invece tutto passa. Invece tutto finisce.”
“¿Hay algo que no muera? ¿Un pensamiento, un ideal, una realidad? ¿Algo que nada en el mundo pueda derrotar?”
“Solamente algo… me bastaría uno…”
Y a través de la ventana… veía el brillo en las nubes de un reflejo; de algo que no podía observar, pero que existía: un nuevo ocaso.
Una lágrima titubeante asomaba por su rostro mientras exhalaba el suspiro de la muerte.
¡Qué bellos son los atardeceres toscanos!
16.12.05
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1 comentario:
Tan bellos, tan tristes, con los cipreses erizándose en el inabarcable horizonte.
Es la única forma de no desmerecer el solar de Florencia, Pisa, Siena, San Gimignano, de la cultura etrusca.
Así es un ocaso toscano, y podré morirme orgulloso de haberlo vivido.
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