Nos parece normal convivir con la contradicción. Nos hemos habituado a comer mientras vemos en la televisión la imagen del niño desnutrido de un país africano. “¡Qué bueno está el lenguado! Me echaré otro pedazo”.
Los muertos de Bagdad nos acompañan cada día porque ya se han convertido en una pequeña sección de los noticiarios. Van a caballo entre las noticias internacionales y las de economía.
No nos sorprendemos de los desastres ocasionados en Guatemala por un huracán o por el número de millares de muertos en un terremoto en Pakistán. Son desgracias lejanas y de países tercermundistas. A nosotros no nos toca. Son sólo cifras como el valor del último premio de la lotería.
Y cuando la desgracia se acerca y se atreve a saltar nuestros muros criticamos la invasión de nuestra sociedad. Sólo entonces podemos llegar a ser conscientes de que nuestra riqueza y bienestar deben ser protegidos por muros y alambradas de seis metros que nos separen del caos. Y la cuestión es: ¿a qué lado del muro está la realidad? ¿La realidad es la crueldad del hambre, la falta de trabajo, la falta de libertad, la falta de sociedad,… o la realidad es nuestra sociedad basada en los principios de democracia, bienestar y consumismo? Es posible que la única realidad sea la sutil línea divisoria de alambres de espino.
Sintamos clavada en nuestras pupilas la mirada perdida de un niño moribundo por el hambre. Lloremos con el llanto de quien ha perdido todo en un gemido de la tierra. Gritemos con quien indignado y después de haber perdido toda esperanza, la pone únicamente en el salto nocturno de un muro. Porque nuestro estar saciados existe por el hambre de muchos; nuestra risa muestra el llanto de tantos; y nuestra comodidad está sustentada en la injusticia del que no sabe lo que es la comodidad.
Pero, ¡qué escándalo cruel contarnos esto todos los días a la hora de comer entre plato y plato! Por cierto, ¿qué hay hoy de postre?
Los muertos de Bagdad nos acompañan cada día porque ya se han convertido en una pequeña sección de los noticiarios. Van a caballo entre las noticias internacionales y las de economía.
No nos sorprendemos de los desastres ocasionados en Guatemala por un huracán o por el número de millares de muertos en un terremoto en Pakistán. Son desgracias lejanas y de países tercermundistas. A nosotros no nos toca. Son sólo cifras como el valor del último premio de la lotería.
Y cuando la desgracia se acerca y se atreve a saltar nuestros muros criticamos la invasión de nuestra sociedad. Sólo entonces podemos llegar a ser conscientes de que nuestra riqueza y bienestar deben ser protegidos por muros y alambradas de seis metros que nos separen del caos. Y la cuestión es: ¿a qué lado del muro está la realidad? ¿La realidad es la crueldad del hambre, la falta de trabajo, la falta de libertad, la falta de sociedad,… o la realidad es nuestra sociedad basada en los principios de democracia, bienestar y consumismo? Es posible que la única realidad sea la sutil línea divisoria de alambres de espino.
Sintamos clavada en nuestras pupilas la mirada perdida de un niño moribundo por el hambre. Lloremos con el llanto de quien ha perdido todo en un gemido de la tierra. Gritemos con quien indignado y después de haber perdido toda esperanza, la pone únicamente en el salto nocturno de un muro. Porque nuestro estar saciados existe por el hambre de muchos; nuestra risa muestra el llanto de tantos; y nuestra comodidad está sustentada en la injusticia del que no sabe lo que es la comodidad.
Pero, ¡qué escándalo cruel contarnos esto todos los días a la hora de comer entre plato y plato! Por cierto, ¿qué hay hoy de postre?
2 comentarios:
GRACIAS JORGE POR COMPARTIRLO CON NOSOTROS. HABLAMOS. BESITOS. RUTH.
Ejem...
Siento interrumpir este momento para felicitarte por el artículo.
Muy bueno, especialmente los dos últimos párrafos.
Lo suscribo completamente. Pero más me duele saber que, pese a que muchos nos preocupe, quienes más tienen que hacer y decir no mueven un dedo.
Lanzo la piedra, pero no escondo la mano acusadora.
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