25.12.05

La belleza.


“Papá, ¿por qué el sol al atardecer es rojo?” Y el hombre de pocas palabras sencillamente le respondió: “porque existe la belleza”.

Cuando era niño, buscaba el porqué de las cosas, la razón de lo que tenía delante. Jugaba con el cochecito, destripando su interior para entender qué le hacía moverse, cómo era por dentro, cuál era la razón de ese exterior que mis ojos veían. Eran comunes las preguntas llenas de porqués encadenados en respuestas que llevaban a otras preguntas. Es la etapa psicológica de los porqués. Como niño buscas esa razón última que hace que todo se mueva y que todo sea tal cual es.

“¿Por qué?”

En el fondo es la pregunta que se hace cada hombre incluso cuando tiene noventa años. Es fundamental el preguntarse el porqué de aquello que sucede en la vida, de aquella situación, aquella elección, aquel camino vivido. ¿Por qué vivimos? Nunca dejamos de ser niños, porque nunca dejamos de preguntarnos porqués.

Desgraciado aquel que no se pregunta nada en la vida y que no sabe buscar interrogantes a su cotidianeidad.

Nuestra vida comienza por un porqué: “¿Por qué he nacido? ¿Por qué yo? Y dependiendo de la respuesta que te vayas dando vas construyendo y dando sentido a tu existencia, porque tu existencia nace de este primer “porqué”.

¿Por qué el sol al atardecer es rojo? Por el mismo motivo que el mar choca contra el acantilado, o por la misma razón de esa sensación del viento acariciando la mejilla. Porque existe la belleza.

El universo tiende al caos; pero detrás de ese caos sin sentido está el orden armónico de las leyes ocultas de la naturaleza. Y la ley última es la armonía de la belleza. Por ello lo bello resalta en la naturaleza, porque llega más a lo esencial de sí mismo. Lo creado es más creador cuanto más bello sea.

Me gusta desaparecer entre las horas perdidas de un día sin fondo. Apagar el contacto con el mundo y diluirme en la soledad. Y allí, en el silencio del mundo descubrir lo que a nuestros sentidos pasa más desapercibido: los reflejos del ocaso, el susurro de las hojas que se mecen en los árboles, la proximidad salada de la brisa marina sentida en los labios, el olor del mar al chocar con las rocas o la caricia del viento en el rostro. Y allí, en esta soledad acompañada, ves, oyes, gustas, hueles y sientes la perfección de la belleza.

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