Aquella tarde cogí la cámara fotográfica y salí en coche a la montaña. A pocos kilómetros de la ciudad emergía el bosque de hayas que comenzaba a perder su verde brilla
nte de la primavera y el verano para ir coloreando el otoño. Las hojas doradas esparcidas por el viento elaboraban para el suelo un mantón otoñal.
Hacía pocos meses que había estado allí, pero era como volver a un lugar distinto, porque el paisaje era diferente. Y en pocas semanas todo quedaría cubierto por otro mantón distinto, esta vez de blanco invernal.
Saqué unas fotos irrepetibles del color otoñal y de la naturaleza que moría tras el vigor del verano. Y por mi cabeza pasó una pregunta: “¿todo cambia?”
Cambian las estaciones. Cambian los colores. Cambian también las ciudades. Cambian las historias, las preguntas y hasta las respuestas. Cambia la sociedad. Cambia la manera de concebir la vida.
Cambian los trabajos. Cambian las inquietudes. Cambian las personas que nos rodean. Cambian nuestros intereses y nuestras voluntades.
Nuestra vida pasa por primaveras floridas, por veranos tórridos, por otoños de dorado declive, y por inviernos de muerte y nieve.
El que nos acompañó en una etapa ya no está. Y aparece el que nunca estuvo a nuestro lado.
Y surge en la mente esa pregunta: “¿todo cambia?” 
¿Dónde está el valor de lo inmutable? O, ¿es precisamente un valor el hecho cambiante?
Algunos dicen que el amor perdura… Y mi mente entre las hayas siente la brisa que le dice que el amor es perdurable, pero que el objeto de ese amor, los modos de expresarlos y la maneras de vivirlo son cambiantes.
Y allí, entre las hayas que sufren el cambio del otoño, clamo una oración como Teresa de Jesús: “Nada te turbe; nada te espante; quien a Dios tiene nada le falta. Porque sólo Dios basta”… y no cambia.
¿Por qué Dios no cambia? Porque Él a diferencia de nosotros no es objeto, modo o manera del amor; es el Amor en sí.
Una hoja amarillenta, golpeada por una ráfaga de viento, bailó ante mis ojos en una danza de amor y vino a reposar a mis pies para la eternidad. De repente comprendí: el Amor me había guiñado el ojo.
21.12.05
¿Todo cambia?
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1 comentario:
con lo bien que iva.. y lo llevas al terreno de siempre.. ya se que el relato es tuyo y haces lo que quieres.. pero el comentario es mio e idem.. yo los haria más universales
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