31.12.06

C’est fini.

Nous n’irons plus jamais. Où tu m’as dit je t’aime…

El reloj sigue avanzando inexorablemente en esta cuenta atrás.
Cada segundo que cae recuerda un día en este calendario del gastado dos mil seis.

Una página más en ese taco que nuevo fue estrenado hace un año y que ahora desgastado espera el último quejido, el último sonido lastimoso al arrancar la última página.

Sonarán los cuartos.

El primer cuarto me recordará esa primavera de luz que resurgió tras el invierno. Un abril lluvioso y un mayo soñado lleno de color y olores. Invasión de los sentidos.

El segundo cuarto sonará a estío. Un verano caluroso, implacable; relucientemente disparado en cada rayo de un sol que hizo ascender la temperatura de mi corazón. Sueños, sueños y más sueños casi tocados con las manos.

Suena el tercer cuarto. Habla septiembre. Y cae torrencial la lluvia. Me mojo y la llegada del otoño hace tambalear mi mente. Llueve, llueve, llueve… y esta lluvia moja hasta los huesos. Se caen las hojas y la vida se marchita entre mis manos. Ver morir una rosa es clavarse su espina entre los dedos de mis manos.

Suena el cuarto. El más cuarto de los cuartos. El único; el solitario. Y llega el invierno. El frío; el aire que golpea las mejillas. Tiritan los cuerpos. Y se sonrosan las caras. Tal vez nieva… o tal vez no.

El reloj sigue avanzando en esta cuenta atrás de algo que se acaba.

Termina un año; una página más de vida; una página más de recuerdos; una página más de destellos de luz… y de sombras…

No volverá jamás, como nunca volvieron aquellas golondrinas de tu balcón sus nidos a colgar; aquellas que aprendieron nuestros nombres.

No palpitará más este año, como no lo hace aquella tupida madreselva cuajada de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día…

El golpe, de una nueva campana; ésta más profunda, marca el inicio de algo nuevo y el fin de aquello que se gastó en el tiempo.

Je ne crois pas que j'y retournerai un jour.

Pourquoi?

Parce que… parce que… je ne crois pas.

Y en un suspiro de campana, el año se acaba.

C’est fini.

19.12.06

Los zapatos.

Ahí estaban, quietos, silenciosos, separados.

En un ángulo oscuro y perdido de la habitación reposaban silenciosos los zapatos.

Los cordones ligeramente enmarañados en giros sobre sí mismos. El cuero negro con una sutil capa de polvo grisáceo.

El zapato derecho miraba al norte, enfocado a la luz de la ventana que dejaba entrar algún tímido rayo de un sol de invierno que a penas calentaba.

El zapato izquierdo, separado unos centímetros, casi se escondía debajo de una cama cuyo edredón peinaba el suelo.

Allí, cada uno en su espacio, reposaban silenciosos y quietos los zapatos.

Cuando el destino les volviera a llamar y a caminar en su mundo de eternos paralelismos en pasos uniformes, serían previamente mimados con el betún negro que les acariciaba hasta sacar lo mejor de sí; un reflejo brillante de cuero casi esmaltado.

Ahora el polvo de la ciudad les maquillaba en una sutil capa de plomizo asfalto. La lluvia les había ensuciado y sus lágrimas en el cuero reflejaban las arrugas de su ancianidad.

Las suelas habían gemido en cada uno de sus pasos, dejándose su esencia de piel en las baldosas y bordillos del camino.

Conocían bien la ciudad y sus calles porque las habían hecho suyas.

Pero hoy, ahí reposaban, en esos pequeños escondites de la habitación, soñando con nuevos caminos y nuevas pisadas; con nuevas luces de un sol que abrasaba el asfalto hasta deshacerlo y hacerlo pegajoso y con la humedad de una lluvia que hacía llorar las calles en surcos de lágrimas manchadas hasta las alcantarillas.

Hoy silenciosos y quietos; ensimismados cada uno en sus pensamientos de cuero seco; separados de sus mundos paralelos; en aquel ángulo oscuro de la habitación, descansaban los zapatos.

30.11.06

La obra.

Era una fría mañana de noviembre. La niebla que ascendía del río llenaba cada horizonte mojando las mejillas. El frío húmedo se condensaba en el ambiente haciendo palidecer los muros de las calles.

Aquel era el último día de trabajo. La obra había luchado por su existencia durante meses. Cada golpe de cincel había sido un latido en el que una muesca de mármol caía al suelo y nacía la esencia de la existencia.

Del arisco pedazo de mármol de Carrara había ido surgiendo esa figura que lentamente nacía a la vida. Primero fue una tenue silueta, después cobró movimiento y expresión, y finalmente hoy llegaba el momento de comenzar a vivir.

El artista se había esmerado. Había luchado contra su apatía; contra su inutilidad y su falta de inspiración. Había creído en sí mismo y en aquel sueño que nadaba en su imaginación. Ahora ese sueño casi respiraba ante él.

Habían pasado días de primavera en el que los pájaros cantarines revoloteaban a su alrededor. Había llegado el calor del verano donde el sudor de su frente y sus manos se mezclaban con el mármol caliente.

Recordaba aquella mañana en la que una muesca le hirió en la mano y su sangre goteó recorriendo el torso suave de un mármol pulido hasta brillar.

Y hoy, finalmente, allí estaba él. Pausado, casi quieto. Contenía la respiración y mantenía en tensión sus músculos. Se notaban sus manos marcadas y su cabello casi ondeaba al viento. Casi caminaba en un paso que quedaría para la eternidad. Casi hablaba en un idioma que resultaría infinito.

El hombre, quieto como su estatua, contenía la respiración y mantenía en tensión sus músculos. Sus manos estaban marcadas por el trabajo del cincel y su cabello humedecido por la niebla le marcaba la cara. Estaba quieto, sin hablar, admirando la realidad de su sueño.

Había nacido su obra. Una obra que traspasaría fronteras, siglos y vidas. Una obra que sería admirada por tantos más allá de su propia existencia. Una obra que haría nacer sentimientos diversos. Al mirarla brotarían nuevos sueños.

De un sueño había nacido y volvería a ser sueños en las vidas de quienes se lo encontrasen.

El artista se volvió a su obra y cruzó una primera mirada. En sus ojos de carne quedaron reflejados para siempre sus ojos de mármol blanquecino. En sus ojos brillantes de mármol puro quedaron grabados como en una última cincelada los ojos húmedos de su autor. Y ambos sonrieron.

Un latido casi imperceptible resonó en el corazón de piedra y como si fuese un milagro entre la densa niebla brilló un rayo de sol.

28.11.06

Ocasos maravillosos.

He vuelto. Mis pies vuelven a pisar la tierra de la cotidianidad. Pero en estas primeras horas mi pensamiento se vuelve hacia estos días que han golpeado su segundero en las tierras itálicas.

Roma caput mundi. Cuando el viento de este mediterráneo sopla desde el oeste en vez del habitual levante; cuando el sol se pone en la lejanía de un mar siempre nuestro; cuando la ciudad de la eternidad me acoge; el aire se vuelve denso.

Las piedras que aún mantienen su verticalidad en los Foros, como un signo de aquel esplendor de lo que fue nuestro origen como cultura, se debaten entre el tráfico denso y caótico de la capital italiana. El Coliseo sigue resquebrado pero majestuoso en su imponente camino hacia el prado verde del Circo Máximo. Cerca, y subiendo una escalera hacia el cielo está la basílica de Araceli, “Ara Caelis” o “altar del Cielo”, donde el camino hacia el horizonte infinito es más evidente.

Sus estrechas calles del Trastévere. Sus plazas. Su vida. Su música, títeres y pinturas en Piazza Navona; el ruido siempre constante de la Fontana de Trevi donde el rumor del agua se confunde con las trompetas de las estatuas; las escaleras llenas de vida de Piazza Spagna; la dualidad de la Piazza del Popolo; la magnificencia del Pantheon con su abertura al cielo, llenan cada suspiro de aire de una existencia que fue, es y será por los siglos de los siglos.

Las vistas del Tíber desde el Castillo de Sant’Angelo. El largo paseo por la Vía della Conciliazione hasta los brazos abiertos de Bernini en su columnata que se adentra en la Basílica de San Pedro. Su cúpula infinita desde la que se admira un atardecer romano. Son reflejos de una luz que iluminan cada rincón del corazón.

Roma. Caput mundi. Piedra angular de nuestra historia que se siente bajo cada uno de nuestros pasos.

Más al norte aparece en mi horizonte Firenze. Florencia, el renacimiento de la belleza. Su colorido Duomo con el mármol blanco, verde y rojo. Su Baptisterio como arco que nos presenta la catedral. Su campanario como dedo que señala el cielo toscano. La verticalidad de la Piazza della Signoria. El Camino del Palacio de los Ufici. El magnífico y único puente “Vecchio” que se mira como Narciso en el río Arno que esta vez recorre la ciudad con inusual fuerza. Los reflejos de una luz colorida sobre las paredes del puente. Y la visión única de un atardecer en la ciudad de la belleza desde la Plaza de Miguel Ángel.

Y Allí donde Italia se vuelve sobre sí misma, donde el Adriático finaliza surge de las aguas Venecia. Venecia, donde el agua besa la tierra. El rumor de los canales transitados por los botes. El peculiar paisaje de una ciudad inundada hasta las puertas. Las góndolas acariciando los sueños de unas aguas dormidas. Las estrechas calles secas donde se pueden tocar sus dos muros a la vez. Sus puentes abiertos al horizonte de una ciudad que descansa en los islotes de la laguna. Y al fondo, más allá del canal, un ocaso maravilloso de un sueño eterno.

Siempre el sol marca la vida y el saludo a una realidad que de vez en cuando se acerca a nuestras miradas. Miradas que como espejos de belleza te sonríen a cada paso.

Arrivederci Roma. Ci vediamo Firenze. Aspettami Venezia. Desde mi rutina hispánica os saludo hasta la próxima.

16.11.06

Ocho con veintinueve.

Ocho con veintinueve. Podría parecer la plasmación de un precio en oferta en época de rebajas en los típicos grandes almacenes.

Ocho con veintinueve. Podría ser esa calderilla que casualmente llevamos en nuestros bolsillos.

Ocho con veintinueve. Podría ser una medida matemática que nos lleva a una ecuación de difícil resolución.

Ocho con veintinueve. Podría ser el peso de esa cantidad de algo que cabe en nuestras manos.

Ocho con veintinueve. Podría ser la distancia en metros que nos separa del objeto de nuestro deseo.

Ocho con veintinueve. Podría ser pero no lo es.

Ocho con veintinueve.

Después de haber nadado nuestras ilusiones en el rumor siempre incesante de la “Fontana de Trevi”, donde la fuerza del deseo se hace agua; y antes de llegar a la bella plaza Navona, donde el presente toma óvalo del Estadio de Domiciano y los ríos de Bernini confluyen en el cruce hecho fuente donde hay que elegir derivar nuestros pasos hacia el Vaticano o hacia el Trastévere Romano. Allí en medio, en una plaza llamada “La Rotonda”, aparece majestuoso el Panteón Romano.


Por fuera sobria masa circular escondida tras el triángulo perfecto de su pórtico clásico. Por dentro, colosal media esfera de dimensiones perfectas.

Clásico entre los clásicos; perfecto entre la perfección; sueño hecho piedra.

Losetas inmensas en su cúpula que disminuyendo en sus medidas van transformando lo rectangular en circular. Planta cilíndrica donde el centro es el punto cero del espíritu.

Y allí dentro, donde reposan algunos espíritus de la historia de Italia, como el genial Rafael, mis pasos se dirigen hacia ese punto cero de la perfección.

Alzo la mirada, y veo el cielo.



En su abertura, la claraboya de luz inunda el espacio, dejando entrar un Sol que brilla resplandeciente en el interior del Templo.

Ese mismo espacio abierto deja entrar la luz titubeante de las estrellas o el intenso brillo de la luna en la tarde invernal romana.

Ese mismo ósculo deja entrar el aire de un horizonte inmenso y a la vez sirve de elevación a la perfección hecha materia.

Cuando llueve en Roma, llueve también en el Panteón. Cuando brilla el Sol en el exterior, brilla también dentro de estos muros sagrados.

Mis pies reposan en el punto cero de la piedra clásica romana. Y encima de mi cabeza, como una extensión del infinito, ocho con veintinueve metros de diámetro de una arquitectura abierta a la naturaleza. Ocho con veintinueve metros de unión entre la creación del hombre y la creación de Dios.

14.11.06

Pista de aeropuerto.

Desde el pequeño monte en la colina, junto al muro de la iglesia que hace cima veo la llanura donde reposan las luces de la ciudad.

El ruido de la carretera donde la vida va y viene continuamente se mezcla con el rumor de fondo de una ciudad que lentamente busca el descanso de la noche.

Ha oscurecido y el sol ya no ilumina en el horizonte. Alguna pequeña estrella titubea y la luna, casi llena, asoma entre la cortina de nubes.

Ahí abajo, en la planicie donde emerge la ciudad, hay varias hileras de luces de colores. Luces azules y blancas que paralelas discurren parejas hacia el horizonte. Es la pista del aeropuerto.

Justo a mi llegada un avión comienza a lanzarse en una carrera rápida hasta alzar el vuelo. Se levanta y luego gira cogiendo el rumbo hacia su destino. Veloz se pierde en la lejanía mezclándose con las estrellas.

Pienso para mí que en esas tierras ahora baldías, donde los frutos no asoman en su costra de cemento; esa tierra iluminada de color por estas hileras de luces pseudonavideñas; en esas tierras de líneas paralelas, los sueños se alzan y descienden, despegando o aterrizando del suelo.

El mismo pedazo de línea recta sirve para dos situaciones distintas y antagónicas.

La masa de hierro la acaricia en velocidad hasta dejar de tocar el mundo y comenzar el vuelo por el cielo infinito de los sueños. Despega la ilusión y se bambolea en sus primeros metros hasta que encuentra su rumbo y se pierde en la lejanía de una masa de estrellas.

El sueño que ha surcado los horizontes inmensos de la nada consigue encontrar ese pedazo de tierra iluminada y se acerca en un descenso vertiginoso hasta tocar el suelo y frenar aterrizando en la existencia de lo real.

La misma hilera de luces iluminadas; la misma recta de tierra; el mismo espacio de luz y asfalto sirve para despegar hacia el horizonte de los sueños y para aterrizar en la realidad de la vida.
a ciudad sigue rumorosa ante mis ojos iluminando el horizonte de la noche. En la carretera cercana, la vida continúa en su constante y rápido ir y venir.

10.11.06

Un nanorrelato regalado.

Bueno... esto no lo he escrito yo... sino que me lo han regalado... Así que... ahí va... el primer nanorrelato no escrito por Jorge.


Hoy es un día especial, diferente al de ayer y distinto al de mañana.

Hoy me gustaría regalarte un cuento, un cuento de príncipes en el que pudieras encontrar el zapato perdido, con una casita y un final feliz.

Hoy me gustaría regalarte una varita mágica con la que poder quitarnos juntos las máscaras y poder mostrar a la gente que todo pasa y todo cambia.

Hoy me gustaría regalarte un espejo en el que por la mañana pudieras ver un despertar elegante y con el que decir: "Aquí estoy yo" aquí y ahora, hoy, y qué!!!.

Hoy me gustaría regalarte un reloj, que diera las horas, los minutos, los segundos como tú quisieras.

Hoy me gustaría regalarte un sol rojo para el atardecer de después y un manto dorado de estrellas que te hicieran un guiño para que pudieras subir a la luna en el tren de tu vida, de nuestra vida, con el que juntos ver nuevos amaneceres, nuevos atardeceres......

Hoy me gustaría regalarte porqués con respuestas para que mañana y no hoy fuera todo mucho más fácil.

Hoy me gustaría regalarte un niño, ese que se pregunta cosas pero que ve la vida con una sencillez y una dulzura estupenda como si toda la gente que tiene a su alrededor quisiera arroparle y protegerle.

Hoy me gustaría regalarte un inmenso mar con todos sus ríos.

Hoy me gustaría regalarte una cámara de fotos, un bosque de hayas, un pantano, un pueblo pequeño perdido en el monte.

Hoy me gustaría regalarte un todo cambia cuando todo pasa.

Hoy me gustaría regalarte todo esto pero no está en mis manos sino en la libertad de las manos de la gente que te rodea al pasar....

Pero hoy sí que quiero/queremos y puedo/podemos regalarte un abrazo y un beso, una muestra de cariño, pequeña y sencilla, aquí y ahora.

Hoy quiero/queremos para ti todo eso y mucho más. Hoy, ayer, mañana, de todo se aprende y de todo se sale.

Hoy te quería regalar este nanorrelato, a tu estilo, con mi estilo.

Hoy es un día especial, diferente al de ayer y distinto al de mañana.

Hoy es hoy, ayer fue ayer, y mañana ya vendrá.

Hoy nos vamos de vinos y pintxos a la gorbea y el tren de nuestra vida continúa.

9.11.06

Efemérides.

Nueve de noviembre.

Hoy no puedo sino hablar del tiempo. En este día donde Madrid se levanta perezoso como cada año en su fiesta de La Almudena.

En esta fecha, en el ya lejano 1863 comenzó a andar por primera vez el primer ferrocarril subterráneo del mundo en la industrial Londres. Nacía el metro.

Jacinto Benavente fue sorprendido un nueve de noviembre de 1922 con la noticia de su Nóbel de Literatura cuando aún le quedaba mucho por escribir para la eternidad.

En esa misma fecha en 1984 se aprobó la ley que posibilitaba la objeción de conciencia y la prestación social sustitutoria que yo pude por ello elegir. ¡Qué lejos nos queda ya este derecho, felizmente caducado por la profesionalización de lo que no debiera existir!

Y aquella noche mágica del nueve de noviembre de 1989, se derribaba piedra a piedra, palmo a palmo el muro de Berlín, el muro de nuestra infamia más reciente. Fue uno de nuestros últimos gritos a favor de la libertad.

Esta misma fecha, en el año de la crisis petrolífera, del cambio de rumbo de la economía mundial elegí existir; o más bien palpité a la vida. Lloré por primera vez y el mundo escuchó mi voz. Existí y viví. Viví y dormí. Dormí y tal vez soñé. Y desperté sonriendo.

Hoy vuelve a ser nueve de noviembre. Y en esta rápida mirada hacia atrás me anclo en el presente y vuelvo a ser consciente de mi existencia. Existo y vivo. Vivo y duermo. Duermo y sueño. Y despierto a un nuevo día sonriendo.

Y mañana más. Un día volverá a ser nueve de noviembre. Esta fecha anclada en mi vida que periódicamente me visita. Será nueve de noviembre. Y como Madrid, despertaré a la vida de manera festiva de esta Almudena (en árabe “Al mudayna”), esta “muralla” llamada nueve de noviembre que atraviesa cada año mi existencia. Existiré y viviré. Viviré y dormiré. Dormiré y soñaré. Y despertaré sonriendo.

7.11.06

Definición de una disyuntiva.

“Ser o no ser, esa es la cuestión”.

¿Quién ha leído con detenimiento el monólogo de Hamlet? ¿Quién sabría enlazar esa primera frase con las palabras posteriores?

“Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro”. Morir: dormir,
nada más.” (…)


El príncipe danés se ve dominado por el destino que le aboca a la soledad y la disyuntiva entre el ser (soportar el destino) o no ser (elegir el propio destino del final). Nada en el pesimismo de la tristeza hecha materia.

“Morir: dormir, nada más”. Y el soñar se hace una pesadilla patética manchada en el cielo gris de Dinamarca donde se mezcla lo existente con el espectro que se le aparece para derivarle en su destino cruel hacia la copa de la muerte.

Ser o no ser, no es la cuestión. Es nuestra propia definición.

“Querer ser o no querer ser, esa es la cuestión verdadera”.

Soñar y sentir, y sonreír a una vida hecha sueño que se mece en las notas de una sinfonía alegre que canta a la vida hecha realidad.

Sonreír y elegir. Elegir entre la disyuntiva de un cielo gris o un azul bondadoso y brillante que finaliza en el mar.

Elegir y querer. Y querer ser definido en una historia positiva que alcanza la eternidad.

Y así, en esa nueva definición de un monólogo cantado en soledad se podrán escribir nuevas páginas de vida, siendo un nuevo Hamlet que sonríe.

“Querer ser o no querer ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma elegir
la sinrazón de una indecisión hecha locura
o nadar en el seno de un mar de infinita presencia
y eternizarse en la existencia. Vivir: soñar,
¿Podría existir algo más?” (…)


Sin duda elegir. Elegir querer ser y demostrar que el brillo de los ojos es la alegría hecha materia de una vida soñada. ¿Podría existir algo más?

31.10.06

La esponja.

¿Quién no conoce una esponja?

Si nos preguntásemos si sabemos definir una esponja tendríamos que admitir que no las conocemos. Nos hemos habituado a esas masas uniformes de plástico. Conocemos las esponjas artificiales pero tenemos que reconocer que tal vez nunca una de las verdaderas ha acariciado nuestra piel.

Una esponja vive. Vive como vivimos nosotros. No tiene corazón pero su latido a la vida es constante. Es un animal vivo que nace, crece y muere. Ni tan siquiera es una planta, sino que el enjambre acumulado de sus células le hacen ser un animal que navega por el mar de la vida.

La esponja vive del agua. Las gotas saladas de este mar que le da la vida traspasan su membrana porosa y entran a su interior dándole forma y contenido; dándole un peso y una consistencia. De esa agua extrae la vida y la expulsa por su ósculo regenerando esa corriente de vida que continuamente late en su interior.

Utiliza esa agua y sus corrientes para avanzar en el camino del horizonte eterno de su vida. Se posa en las piedras, se arrastra por las arenas y se sumerge en las profundidades del agua que es músculo para su movimiento.

La esponja vive porque acepta el agua exterior adentrándola en su más íntimo ser hasta hacerse uno con cada gota salada de este mar. Saborea sus empujes y late ante su inmensidad.

La esponja vive porque en su interior es mar; mar hecho vida y movimiento.

¡Qué lección tan callada, simple y a la vez sabia me enseña esta esponja que me acaricia!

¡Ojalá también yo fuera consciente de que mis ojos son esa puerta de entrada a las sensaciones de este color en el que me muevo!

¡Ojalá mi lengua saborease esa agua incolora que calma mi sed!

¡Ojalá mis manos sintiesen el frío de una nieve húmeda o el calor de un fuego cercano!

¡Ojalá mis oídos hiciesen temblar a mi corazón ante una música hecha sentimiento!

¡Ojalá por mi nariz penetrase el olor de una vida hecha perfume inmenso!

Entonces, a través de mí mismo sentiría lo que siente la esponja en el mar; que en mí entraría un aliento de vida que late constante, más allá del palpitar de mi corazón.

¿Soy una esponja viva que siente el agua de la vida o soy una masa uniforme de un plástico hecho materia?

Y yo me pregunto una vez más: “¿Quién no conoce una esponja?”

26.10.06

El río oculto.

Un día más acudo a la llamada de mi soledad. Busco romper ese ruido que invade la monotonía de la ciudad y camino hacia el silencio que reposa en las aguas estancadas de este pantano cercano.

Es otoño y el color dorado de un atardecer casi permanente comienza a dibujarse en la silueta de unos árboles que se bañan en las aguas tranquilas que llegan casi a mis pies.

El camino está cubierto de hojas muertas en un manto que cruje en cada uno de mis pasos.

La sombra de estos robles que han perdido vigor en su verde primaveral se hace cada vez más alargada mientras el sol tímido cruza un horizonte inmensamente azul camino de otro atardecer.

Es otoño y mientras el ocre de las hojas de los árboles va creciendo al compás de una suave brisa, la hierba, casi marchita por el calor del verano reseco, comienza a verdear.

El agua tranquila y remansada tiembla y el sonido de las aves inunda la atmósfera de un clima de belleza infinita.

Una bandada de patos surca el agua marcando estelas que permanecen unos metros hasta volverse planas. Un pato, tal vez despistado, cruzando el cielo por encima de mí, llega batiendo sus alas hasta acariciar las aguas y buscar la compañía de los suyos.

El agua está baja y cerca de su orilla comienza a despuntar la punta del tronco de un árbol ahogado y las piedras de un muro abandonado.

Recorro unos metros y voy ascendiendo por este camino marcado por su manto dorado otoñal. Vuelvo mis ojos al sol y siento la mirada deslumbrada. Miro abajo, allí donde el agua acaba, allí donde el pantano debería continuar y veo una planicie manchada y reseca que comienza a germinar. El agua está baja y en ese punto es inexistente por la falta de lluvia de estos meses veraniegos.

Y sin embargo, allí, en medio de esta planicie reseca, hay un cauce lleno de agua. Es el río que serpentea en un continuo ir y venir de meandros hasta finalizar en el agua estancada del pantano.

Lo contemplo porque puedo hoy contemplarlo. Pienso que en pocas semanas, con las próximas lluvias y el engrandecimiento de esta agua, el nivel subirá y llenará la planicie hoy reseca. Ese cauce que hoy gira y gira ahí abajo desaparecerá bajo el nivel del pantano. Y sin embargo, ahí estará aunque mis ojos no puedan entonces verlo. Ahí estará el cauce de un río oculto que da contenido a este lago artificial al que vengo en mis momentos de intimidad.

Un día más acudo a la llamada de mi soledad, pero hoy además de ver el agua estancada de mi alma, he visto el cauce de un río oculto que en meandros continuos serpentea y da vida, ahí abajo, en la planicie de mi corazón.

24.10.06

Mañana otoñal.

Es una mañana espléndida. No se puede desperdiciar gastando sus horas frente al televisor o ensimismado ante las montañas de apuntes que hay que estudiar. Este azul celeste que casi es desconocido se merece algo más.

En mañanas como éstas me gusta tomar el lapicero y dejarle ensuciar la blancura de las hojas con sus garabatos. Sí. Dejarle vagar a sus anchas; libremente por el campo blanco de los folios y que hable, que se exprese sin censura; que nazca con la libertad del río que sale de entre las rocas y se desliza saltimbanqui, juguetón hacia la llanura. Porque los tiempos en que ese río se calme y engorde su caudal ya llegarán. Llegará el momento del acomodamiento, de la serenidad, del discurrir monótonamente hacia la desembocadura inevitable. Pero todavía es tiempo de inconformismo, de saltar entre las piedras, de querer derribar ese pequeño muro de tierra, de escapar, de no quedarse apresado en el embalse. Ese río naciente es mi lápiz como expresión de la mente. Quiero dejarle bailotear en esta luminosa mañana.

Suena la melodía de “Sombrero de tres picos” y así el aire se cubre de una atmósfera oportuna, casi mágica. Puedo levantar los ojos y ver a través del cristal la calle transitada donde se pierden gentes cada uno con su historia. Se cruzan sin mirarse, sin descubrir tras sus ojos esa humanidad, esa sonrisa o llanto que ocupa sus corazones. Somos desconocidos. Somos máquinas deambulantes.

El anciano solitario descansa en el banco ojeando el periódico que le sirve cada mañana para distinguir un día de otro. Se detiene seguramente en la página de las esquelas para tal vez descubrir el nombre de algún conocido que a su lado sobrevivió a la guerra, al hambre y que ahora ha sucumbido ante una gripe. “Don Eugenio López falleció ayer en Barcelona a los 73 años de edad… Doña Josefina Jiménez viuda de Don Eduardo José Pérez falleció ayer en Bilbao a los 68 años de edad habiendo recibido…” “Hoy todos son más jóvenes que yo”, puede pensar esperando que le toque el turno en esa lotería que a todos tarde o temprano nos hace “millonarios”. Suenan ahora en el aire como un presentimiento los acordes y voces del “Réquiem” de Mozart. Al lado del banco del anciano pasa ahora una señora joven, rubia, bien vestida. Viene con el carrito donde duerme su niño. Es la otra cara de la moneda de la vida. Todo es alegría. Todo es renacer, primavera. Va deprisa como si le esperase alguien en casa. Lleva en su mano la bolsa de plástico del supermercado. Ella no tiene tiempo para pararse a leer las necrológicas del periódico; seguramente tendrá “otras cosas en las que pensar”. Sin embargo todavía se escucha el réquiem.

El aire hace sonar a su paso los aplausos de las hojas de los árboles. Están ya doradas en este avanzar del otoño. Algunas ya no cantan caídas en el suelo. Ese colorido, mezcla de verde ya decadente y de amarillo áureo muestra la humanidad de la ciudad que nace de entre la negrura del alquitrán.

El carboncillo va manchando la cuartilla antes blanca. Y de mi mente brotan los pensamientos. ¿Pensamientos? Son esa expresión de lo que los ojos ven; la interpretación de la fotografía transmitida con la fidelidad e imparcialidad de los impulsos nerviosos. Es como la noticia ante el espectador. Todos reciben el mismo mensaje y cada cual lo entiende de una forma diferente.

Todos ven esta calle. Todos ven esta gente. Todos ven este cielo. Pero, ¿qué pensará el viejo aburrido? ¿Qué visión tendrá de este sol espléndido esa señora que galopa con su carro, con su niño y con la compra? Seguramente no serán los mismos pensamientos que rondan por mi cabeza. Y lo más ridículo de todo es que la mayoría de la gente ni dedica un minuto de su tiempo a pensar. Sencillamente no piensan nada. Son animales exracionales.

Esta especie está en amplio desarrollo. Cada vez son más los que cruzan esta jungla de asfalto y cristal. Son como pequeños bonsáis a los que se han cortado las raíces de la intelectualidad y se han quedado enanos, raquíticos racionalmente hablando. Son figuras grotescas dibujadas en los espejos deformados que había en aquellas ferias en los que me gustaba reflejarme hace unos años. Ahora curiosamente ya no hay esas salas de espejos. Será, tal vez, porque no tiene sentido el que figuras grotescas se reflejen en espejos grotescos.

La racionalidad. ¿Qué es eso? Si se hiciese una encuesta televisiva tal vez se podría contestar algo así como “es el juguete ese que anuncian”. “¿La razón? ¿No es esa señora que aparece en las revistas? Sí. Esa que ahora se casa”. Es lógico y normal. Hace tanto tiempo que no se la ve por nuestras calles que su imagen se ha borrado de nuestras mentes. Ya no existe en nuestra cabeza la categoría “razón”.

“¿Es una flor?” Por fin alguien ha dado en el blanco. La razón es esa flor escondida y perdida. Es ese edelwais que nace entre el hielo alpino de las montañas suizas.

Ya decía Platón poniendo en boca de Sócrates en su Teeteto: “Un hombre renuncia a preguntarse si el rey es feliz, o si un propietario de mucho oro es feliz, para considerar la realeza, la felicidad o la desgracia humana en general, su esencia respectiva, la manera como el hombre considera a unas y huye de la otra. Nuestro hombre vulgar tiene un espíritu estrecho y, cuando se trata de responder a estas preguntas filosóficas, se haya confuso. La cabeza le da vueltas, porque ha subido muy alto y no tiene el hábito de mirar desde arriba y se encuentra molesto, apurado, perturbado. Sin embargo, no sucede lo mismo a otros siervos de Tracia, ni a otros ignorantes que están prestos a reír, pues no se dan cuenta de su situación, porque no han recibido una educación diferente de la de los esclavos”.

Nuestros compañeros de camino son siervos de tracia que ríen y ríen y no se preguntan el porqué de su risa. Éstos no se encuentran apurados, avergonzados de su ignorancia, de su irracionalidad, porque sin tan siquiera entienden esos conceptos. Uno mismo es también así.

Voy a saludar más de cerca de este sol otoñal dando un paseo por nuestra Tracia moderna.

19.10.06

El viaje.

Le despertó el ruido de un trueno. Se había adormecido entre el monótono rumor del traqueteo del tren. Abrió las ligeras cortinas que cubrían las ventanas y desempañó con la mano el vidrio. Estaba frío y húmedo.

Las gotas descendían por el cristal a gran velocidad como si fuesen lágrimas. Entre la tenue niebla a penas se podía todavía distinguir el horizonte entrecortado formado por las montañas. Estaba amaneciendo, pero la luz del sol no podía atravesar las siempre presentes nubes otoñales. Tan sólo se notaba el clarear que hacía presagiar el nuevo día.

Casi adormilado recordaba la despedida en la estación la tarde anterior. No quería volver la vista al pasado, pero los pensamientos llegaban a su mente sin poder evitarlos. Recordaba los adioses y las miradas casi sin palabras que se habían entrecruzado antes de salir. Veía todavía las manos alzadas saludando abiertamente. Había esperado con ansiedad que llegase el día de partir, pero esa tarde sentía cierta duda; un hormigueo que recorría su cuerpo; como un querer dar marcha atrás a las manecillas del reloj del tiempo.

Acercó su cara a la ventana hasta sentir la humedad del cristal. Ahora se perfilaba un poco más el horizonte. Los colores quedaban ligeramente enturbiados por el manto de niebla entremezclado con la fina cortina de lluvia. Se podía sentir el verde de las praderas donde se dibujaban algunas vacas. También se veía el dorado de las hojas en los bosques. Pero seguía lloviendo; inundando con nostalgia y melancolía el paisaje.

Apoyó su cabeza en el respaldo duro del sofá. ¿Sofá? Mejor llamarlo asiento. Miró a su alrededor y entre la oscuridad descubrió los rostros de los mismos ocupantes que había visto la tarde anterior al entrar.

“Allí está la monja” , pensó, “anoche desgranaba lentamente las cuentas de su rosario”. Ahora pudo percibir que descansaba dentro de la negrura de su velo y su hábito. Pero aún con la tenue luz de la ventana brillaban las cuentas negras azabaches entre sus manos viejas.

En el otro lado, acurrucada dormía la pareja italiana. Jóvenes. Con mochilas repletas de bártulos que llenaban el compartimento. Él vestía una chamarra de un color que en su día fue rojo. Ella llevaba un jersey en el que se pintaba un dibujo chillón con grandes letras que decían: “Firenze. Guarda la sua bellezza”. Ayer le habían saludado con un “buona sera”. Recordaba que hasta bien entrada la noche les había oído hablar y reír; reír y hablar con ese característico acento toscano.

Cerró los ojos y vio en la lejanía el rostro lloroso de su madre. “Cuídate y escribe pronto”. Entre suspiros, las frases entrecortadas, casi sin sentido, nacían como expresión de su inquietud y nerviosismo. “Abrígate. No cojas un resfriado. No pierdas las maletas. Escribe. Escribe cuando llegues”. Él volvió la cabeza al subir el primer peldaño de la escalerilla y sonrió. Fue una sonrisa entre la complicidad y la sensación de que aquello era lo previsto por su imaginación desde hacía mucho tiempo. Eran las frases que una madre siempre diría a su hijo en una situación como esa. Pero las sentía cargadas de novedad. Fue una sonrisa que encubría sentimientos más profundos, que quería ocultar… fue una sonrisa pretexto.

Un rumor en el pasillo le hizo salir de sus pensamientos. Era un borracho deslizándose torpemente por el corredor con paso vacilante. Se balanceaba golpeando las puertas de los departamentos y musitando sonidos sin sentido, casi imperceptibles. Al pasar a la altura del compartimento seis se pudo ver su silueta marcada por la luz amarillenta del pasillo en las cortinas que cubrían la puerta.

Volvió sus ojos hacia el cristal y perdió su mirada entre el dorado otoñal y el verde de las praderas. Busco el cuaderno algo viejo y manoseado por el uso. Abrió sus páginas al azar. Y se estancó entre pensamientos, entre imágenes pasadas que ahora recobraban otra vez colorido, movimiento y vida.

17.10.06

El príncipe.

El príncipe era joven. Su nacimiento hace algunos años había llenado de felicidad a un reino que lo esperaba como quien espera al futuro. Había sido mimado desde la infancia y en sus ojos habían quedado grabadas las imágenes de ilustres visitantes; de regalos exóticos y de palabras de halago.

En su formación no se escatimaba en detalles. Habían sido llamados los más famosos matemáticos, historiadores, lingüistas y generales. Había aprendido los fundamentos de la economía; la razón del devenir social; las lenguas de los países cercanos y las reglas de la guerra.

También en su clase de filosofía un anciano le hacía pensar. Eran las clases con las que más disfrutaba porque le hacían volver los ojos continuamente hacia la mirada del alma.

Una tarde el príncipe manifestó al anciano filósofo sus dudas sobre el futuro: “¿Cómo conseguiré ser justo? ¿Cómo mantener la paz? ¿Cómo dirigir el destino de todo un pueblo que siempre me mirará?”

El anciano le respondió: “En unas tierras donde la guerra acechaba un poeta tuvo que huir y perder su casa, su país, su lengua y su vida. Murió a los pocos años en la lejanía de su meseta a la que había cantado, y soñando con la infancia vivida en un patio sureño. Ese poeta dejó escritos para siempre unos versos en los que hablaba del futuro como un camino”.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

“Vamos a aprender algo sobre ese camino”, le propuso el filósofo al príncipe. Y llevó al joven a una pradera. Le pidió que se descalzase y que se pusiese en pie sobre la hierba.

El príncipe hizo el amago de empezar a caminar sobre la hierba, pero el filósofo se lo impidió. “No. No te muevas. Simplemente mantente en pie sobre la pradera y siente”.

Después le llevó a la plaza central de la ciudad y le hizo estar allí unos minutos inmóvil con los pies desnudos.

Poco después le llevó a una playa y le hizo permanecer de pie sobre la arena humedecida por el mar.

Finalmente le llevó a la cuenca llena de guijarros de un río seco y repitió esos minutos de impasibilidad.

Ya en palacio, el filósofo preguntó al joven: “¿Qué sentiste?”

“Primero el impulso instantáneo de andar”, contestó el príncipe. “Después pensé que era absurdo estar con los pies desnudos y quieto. Miré alrededor y vi una montaña inmensa. En su cumbre había una nieve blanca que se dibujaba en el azul de un cielo sin nubes. Más abajo estaban los campos verdes aún por la primavera. Un pequeño rebaño pastaba en la lejanía. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí la humedad bajo mis pies. Sentía como las gotitas de rocío se estremecían entre mis dedos. Algún pequeño insecto recorrió mi pulgar y la hierba que me circundaba cosquilleaba mis talones.

En la plaza me fijé en el monumento dedicado a las gestas bélicas de mis antepasados. Veía las ventanas del palacio que cada día recorría por dentro y sonó la campana de la catedral. Me fijé que pasaba la gente en un ir y venir continuo y casi frenético. Había rumor de niños; ancianos que caminaban más lentamente; gente que iba a sus quehaceres. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí el calor de un sol condensado en el asfalto del suelo. Era liso, duro, sin rugosidades. Quemaba las plantas de mis pies.

En la playa miré el mar. Ese mar inmenso que no tiene confines. Veía la tenue línea del horizonte donde el mar deja de ser mar y el cielo deja de ser cielo. Había algún pequeño barco pesquero faenando en la lejanía. Escuchaba el rumor de las olas que con estridencia acompasada llegaban hasta la playa. Sentí el frescor de una brisa que venía del océano. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí que me hundía. Mi peso hacia que la arena se estremeciese bajo mis pies y que como una masa que dejaba de ser uniforme me acogía en su interior. Sentía cómo la humedad salada salía de esa enorme esponja dorada que pisaba y mojaba las puntas de mis dedos y suavemente se deslizaba hacia el mar del que había nacido.

En el río me fijé en el bosque que lo circundaba. Los árboles gemían al compás de un viento que los bamboleaba. Se escuchaba el sonido de la vida de los animales entre la espesura y el verde llenaba mis ojos. Quise escuchar el sonido del agua que saltarina correría por el cauce pero no lo encontré. El río estaba seco. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí que las piedras redondeadas por el agua ahora inexistente se metían por entre mis dedos y masajeaban la planta de mis pies. Sentí cada una de esas piedras debajo de mí, individualizadas, hechas materias duras que el tiempo había limado.

“¿Comprendes lo que quería enseñarte?”, preguntó el anciano filósofo.

En el camino de la vida, solemos mirar hacia el horizonte, levantar la vista y buscar hacia dónde va nuestro camino y comprender todo el entorno que nos rodea con su belleza y su agonía.

Sin embargo, la sabiduría nos lleva a no andar por andar, sino a ser conscientes de ese pedazo de suelo que está bajo nuestros pies. Es siempre distinto y siempre igual. Puede ser húmedo o seco; puede ser acogedor o inquietante. Es el palmo de existencia que nos define y que debemos sentir como nuestro.

Sólo cuando hemos sido conscientes de que el camino empieza en el suelo donde están nuestros pies desnudos; sólo entonces, estamos preparados para alzar uno de nuestros pies del suelo de nuestra existencia y dar el primer paso de un camino que no existe, de un camino que se hace realidad desde la conciencia de nosotros mismos; desde la voluntad de tocar, sentir y hacerse de nuevo tierra un metro más adelante.

12.10.06

Y tú, ¿qué eliges?

Hace unas semanas un amigo me contó que quería cambiar de vida; que no le gustaba lo que veía y que quería sentir la libertad de renovarse de cara y cambiar tal vez de aires.

Es verdad que a veces vivimos presos de esa imagen que nos hemos creado y que tanto uno mismo como los que estamos al lado nos mantenemos en la etiqueta de aquello que siempre ha sido así.

Es verdad que a veces sorprendemos a los que están ahí y ves ojos que brillan de incredulidad ante una palabra, un gesto, una actitud o una omisión.

Mayor es la sorpresa de quien se sorprende a sí mismo y una mañana ve reflejado en el espejo unos ojos extraños que le miran y que profundizan en la pupila de quien es reflejo y reflejado a la vez.

Aquella conversación me hizo pensar. Me hizo volverme a mí mismo y a aquello que yo sentía y surgió rápidamente una pregunta: “Y tú, ¿qué eliges?”

¿La vida es elección?

Hace unos meses leí un libro en el que se hablaba de la monotonía y de la rutina como causa de infelicidad y de ruptura con la propia existencia. Otras veces he pensado, sin embargo, que la propia monotonía y la rutina nos marcan un hilo de historia que nos mantiene vivos.

Es curioso, pero a la vez aquello que nos hace sufrir nos mantiene vivos.

Inesperadamente surgió una idea que se la comenté a mi amigo: “Puedes hacer la maleta u ordenar el armario”.

Hacer la maleta supone coger lo indispensable porque todo no cabe en esos veinte kilos que te dejan llevar en avión si es que quieres ir lejos. Si tu elección es el autobús, te diré que hace poco vi cómo un autobús hacia Madrid estaba lleno de maletas por lo que alguna compañía ya sólo te deja llevar dos maletas… Hacer la maleta. Habría que elegir qué es lo indispensable y lo importante y qué debe permanecer. Además en esa maleta siempre habría que tener un espacio para los propios pesos que siempre nos acompañan vayamos donde vayamos.

Hacer la maleta y partir. Caminar hacia lo desconocido y volver al punto de inicio de este juego de la oca, pero ya con el cansancio de lo andado. Caminar en soledad y volver a tirar los dados de la vida.

Se puede ordenar el armario. ¿Quién no ha abierto el armario buscando una camisa y se ha encontrado con que las cosas en su habitual desorden no son encontradas? Lo que está en desorden ocupa el doble.

Ordenar el armario. Es una tarea de paciente constancia. Hay que doblar el pantalón del domingo; pero también el del lunes. Hay que deshacerse de la ropa vieja que nunca nos ponemos. Habrá que buscar el comprar nuevas cosas que tal vez nos falten.

Ordenar el armario es volverse a uno mismo y en silencio comenzar desde lo más pequeño (desde los calcetines) a buscar el propio equilibrio interno. Es volverse hacia la propia historia, resumirla y aceptarla, y sobre todo quererla. Es tener enfrente todo el presente y comenzar a trazar las líneas de cómo quiero que sea dibujado. Es tener delante el futuro y comenzar manos a la obra sin grandes estridencias.

Ordenar el armario costará más que hacer una maleta de veinte kilogramos. Tal vez sea instantáneamente más fácil cerrar la puerta de golpe y no mirar hacia atrás en ese miedo insensato de convertirnos en estatuas de sal. Pero caminar por el desierto es a la larga demasiado árido.

Ordenar el armario es lento y los frutos no se ven hasta pasado un tiempo. Pero no hay nada como poder invitar a aquellos a los que quieres a que pasen y vean tu habitación; esa habitación donde sueñas; y a que abran el armario de tu vida y en un vistazo puedan deleitarse con el espejo de tu propia vida.

Dime. Tú, ¿qué eliges?

10.10.06

Casualidad.

El viaje en tren por la meseta siempre resulta aburrido. La planicie lo domina todo y el traqueteo de estos trenes que parece que no avanzan resulta monótono.

Aquella mañana el vagón estaba vacío. Era temprano y los quehaceres no habían comenzado para casi nadie. Me senté en una de estas butacas incómodas y saqué de mi bolsa el último libro comprado esperando tener paciencia para aguantar unas páginas de lectura. Seguro que alguna idea me evadiría de aquella monotonía.

A los pocos minutos se sentó frente a mí alguien; un desconocido que por hechos de la buena cortesía me saludó.

Los primeros kilómetros transcurrieron en silencio. Las letras de mi libro bailaban en el bamboleo de este tren que se mecía entre sus raíles. Dejé el libro por el cansancio que me suponía encadenar las palabras y escudriñar las ideas. Las palabras, una vez leídas, seguían con su bamboleo en el interior de mi mente.

Con mi compañero de enfrente nació una conversación sobre gustos, lugares visitados, paisajes vistos, motivos de viaje. Poco a poco el grifo de las palabras se abría y el agua, rica y abundante, fluía a borbotones.

Me contó su historia. Me habló de sí mismo; de sus ilusiones; de sus temores; de las líneas transversales; de los raíles de su existencia. El desconocido dejo de serlo y ese “alguien” se concretó en el milagro de una existencia.

Pero él viajaba más lejos y en la estación siguiente tuve que abandonarle. Creo que no hubo ni un adiós, sino un “ya nos veremos”.

El día en aquella ciudad era gris y recuerdo que llovió y me mojé. Aquella mañana no había cogido el paraguas protector que mantiene seco el cabello.

Volví a mi casa. Pasaron semanas, meses y años. La rutina lo invadió todo pero aquella lluvia de aquella mañana me caló los huesos.

Cuando llueve, cada gota minúscula de agua invade el suelo seco y allí donde no hay asfalto penetra en la tierra, hace crecer la hierba y cambia el paisaje. Normalmente para cambiar una fotografía, vale más una lluvia constante que una torrencial tormenta.

Pasaron semanas, meses y años. Y el paisaje de mi vida se había convertido en algo más verde, algo más norteño debido a esa lluvia interior que constantemente caía en mi alma.

Una tarde de paseo, despistado andando entre la gente, alguien me saludó; pero ni siquiera volví la mirada. No me di cuenta de lo absorto que iba en mis pensamientos. Las historias pasan a nuestro lado y a veces tenemos los ojos en blanco y nuestras pupilas no son capaces de ver dos pasos más allá.

Hoy volvía a coger ese tren hacia la meseta. Un nuevo libro estaba entre mis manos dispuesto al intento de ser leído. Pero una sorpresa, ¿será casualidad?, me esperaba sentado en uno de esos butacones incómodos del vagón de nuevo casi vacío.

“Hombre, ¡cuánto tiempo sin verte!”, dije.

Me respondió: “Te vi el otro día y te saludé. ¿No te diste cuenta?”

El libro no fue abierto esa mañana. Pasamos de largo la ciudad donde yo solía descender del tren. Hoy mi estación estaba mucho más allá. En una pausa de nuestra conversación, miré por la ventana. No llovía. Lucía un espléndido sol otoñal.

6.10.06

Dime que sí.

Dime que sí. Sueña conmigo.
Vive la ilusión de un presente hecho realidad.
Dime que sí. Abre los ojos.
Saborea la sensación de una sorpresa que llama a tu puerta.

Dime que sí.
Pero no un “si” condicional de miedos y prejuicios.
“Si el sol iluminase más en este día gris oscuro…”
“Si la luna fuese llena y su luz blanquease la noche estrellada…”
Tilda ese “sí”. El miedo se volverá certeza.
Y la certeza explotará a tu alrededor en una sensación de color,
que suavemente trazará pinceladas nuevas en el lienzo de tu vida.

Dime que sí.
Parpadea tus ojos hasta que en la lejanía
escuches el latido de tu corazón.
Tilda ese “sí”. Transforma la condición en certeza.
Cambia el riesgo por ilusión.
Sueña. Vive. Bate las palmas y tararea la canción.

Dime que sí.
¿Por qué?, me preguntas.
Porque sí. Porque quieres. Porque sueñas.
Porque tu corazón ya ha escuchado el sí tembloroso,
pero sincero de mi corazón.

30.9.06

Un pensamiento.

Las prisas me hacían correr por entre las calles de la ciudad. En mi mente se agolpaban ordenándose todo aquello que debía hacer para sintetizarlo en la realidad del reloj del tiempo. Mis pasos acelerados desgastaban una vez más las baldosas viejas de estas mismas aceras de mi ciudad. La mente pensaba y el cuerpo, como autómata costumbrista, se movía ligero entre la gente, desdoblando esquinas, cruzando pasos de peatones y eligiendo una ruta establecida por la monotonía.

En la plaza ajardinada la gente transitaba. Los juegos infantiles estaban llenos de niños que subían y bajaban por las cuerdas, utilizaban los toboganes y buscaban la atención de los padres que esperaban controlando cada movimiento de sus pequeños a unos pasos de distancia.

Entonces la vi. Sentada en el banco de madera, con su chaqueta granate de entretiempo, agarrando cerca de su pecho una barra de pan seguramente todavía caliente. Me fijé en su rostro. Tenía una edad en la que el conteo se había perdido pero sus labios estaban encarnados de un rojo pintado; sus mejillas relucían sonrosadas y sus ojos brillaban escudriñando los juegos de los niños, la paciente espera de los padres y el ir y venir de la gente.

Ella, esta viejecita misteriosa, estaba dulcemente sentada en el banco de la plaza. Sus labios transmitían una ligera sonrisa giocondina; su pelo firme de un pulcro y esmero cuidado coloreaba de un blanco canoso su frente como corona la nieve lo alto de la cima de la montaña; su expresión dulce y casi cariñosa curioseaba el ambiente del tiempo que se movía a su alrededor.

Mi camino frenético de prisa me enfilaba a acercarme y pasar a su lado; y por un segundo sentí que me miraba.

Había pasado una vida.

Se agarraba a esos segundos de existencia como lo hacía con la barra de pan aún caliente que tenía entre sus manos.

Tal vez comería sola en casa aquella comida preparada para dos días, porque los años le habían hecho aprender a cocinar para dos y ahora en su viudedad le faltaba su segundo comensal; tal vez acudiría a casa de unos hijos que tras una mañana de trabajo llegarían con el tiempo justo a mediodía; tal vez, así saludaría a los nietos que juguetones, como aquellos niños del parque infantil, disfrutaban de los cuentos de la abuela…

Tal vez…

Pero en este segundo de la historia eterna ahí estaba, con su chaqueta roja de entretiempo, con las mejillas sonrosadas y los labios pintados, con su pelo canoso y meticulosamente peinado, con su mirada transparente y llena de historias; con esos ojos que se posaban ligeramente por entre los viandantes.

Pasé casi junto a ella y giré una esquina más de mi mañana.

Pero en mi mente, que había organizado mi vida para ese día, hubo un pensamiento para ella.

¡Qué relativo es el valor del tiempo! ¡Qué relativo es cada segundo, cada minuto, cada hora!

Yo, tal vez no llegase a hacer todo lo planificado. Llegaré tarde a casa. Y esta tierna señora, ya entrada en años, se levantará de su banco de madera y seguirá su rutina.
Nunca más nos cruzaremos. El reloj del tiempo marcará para cada uno su final. Y tal vez la muerte llame próximamente a su puerta. Y nunca sabrá, que en esta mañana de septiembre, alguien la miró, se fijó, pensó en ella y hasta puso en palabras esos pensamientos.

27.9.06

La luna.

De niño la luna me parecía un sol ingenioso; un sol misterioso que crecía y decrecía cada noche.

Su resplandor blanco insinuaba sus manchas azules y se disfrutaba en el manto estrellado de las noches de verano. No deslumbraba en poder, sino en belleza y sobre todo en magia.

¿Cómo saber si la luna era creciente o decreciente?

“La luna es una mentirosa”, me dijeron. “Cuando en el cielo ves escrita una “C” es porque está decreciendo; y cuando en el cielo la ves como una “D” es porque está creciendo paso a paso hasta llegar a ser luna llena”.

“La luna es una mentirosa”, me dijeron.

Pero hoy, de mayor, pasadas ya tantas lunas en el cielo de mi vida, vuelvo mis ojos hacia ese astro mágico. Pienso que es el contraste del firmamento.

Es capaz de ocultar el titubeo de las estrellas a su alrededor y sin embargo no tiene luz, sino que es un simple espejo del poder de un sol inexistente.

Es capaz de embrujar las noches cuando alguna nube inquieta se pasea ante su ojo blanco de un cristal tenuemente azulado.

Es inmensa y roja en noches especiales que irradian sueños de ilusiones y pasiones.

Es tremendamente ligera cuando casi es un borde finamente curvado nacido del compás fijado en el otro extremo del firmamento.

No hay cosa más inquietante que una luna llena, inmensa, bucólica, radiante y sonriente en el mar de estrellas que la acompañan en una noche clara.

“La luna es una mentirosa”, me dijeron. Y sin embargo hoy la reconozco como la verdad más evidente. No hay verdad más sincera que una luna nueva.

La luna nueva existe y no se ve; no ilumina pero colapsa el tiempo. La luna nueva está llena y vacía.

Llena de vida en potencia, de algo que comienza a nacer y a crecer. Llena de sencillez, de humildad, de riqueza oculta en el fondo de un corazón.

Vacía de resplandor, de alegría, de poder. Vacía de gloria y esplendor. Vacía de vanidad. Vacía de superficialidad e incongruencia.

La luna nueva es pura.

La luna nueva es el guiño de un ojo azul brillante que para saludarte desaparece momentáneamente tras el párpado de una mirada.

La luna nueva es la verdad.

De niño me asombraba una luna llena de inmensas tonalidades blancas. De niño me asustaba la “mentira” de una luna que crecía y decrecía casi por antojo.

Hoy, de grande, siento un asombro mayor, al buscar y no encontrar en el firmamento estrellado de una noche clara, una luna nueva. Y sin embargo ahí está, en su radiante verdad que ilumina mi alma y mi corazón.

Luna nueva; verdad que ciega con su luz inexistente mis ojos en esta noche de suspiros hondos hasta hacerme creer que lo que vale es aquello que nace desde la nada de esta luna nueva, muy nueva; tan nueva que es nada y a la vez lo es todo.

22.9.06

El tren de mi vida.

Hoy quiero escribir.

En otro relato hablé del bolígrafo que mancha con palabras el papel blanco de la vida. Hoy quiero escribir; y no es casualidad esta primera pincelada, esta primera palabra que ha trazado el blanco del papel de este momento.

Hoy.

Hoy hablaré de trenes; de viajes; de destinos; de llantos de despedidas; de abrazos de bienvenidas; de ilusiones…

Sentado en el banco leñoso de una estación cada vez más en desuso he visto pasar varios trenes de mercancías. Trenes cargados de bobinas, coches, materiales varios que recorren las distancias sin frenarse ante los ojos de los viajeros y sin llevar en sus vagones corazones que laten en sentimientos.

Pasa un tren veloz. Ahora lo llaman de “alta velocidad”. Es el futuro, según pregonan los diarios, y acortan las distancias entre las ciudades. Una vez he viajado en uno de ellos desde la madrileña Atocha hasta Córdoba la bella. No sientes la velocidad. El paisaje se desdibuja cual cuadro impresionista visto desde la cercanía de dos pasos. Y en un girar las agujas de mi reloj estaba ya pisando la andaluza Córdoba y olvidando la Madrid capitalina. Pasas por estaciones sin nombre; sientes bajo tus pies sutiles cambios de agujas, pero el vuelo es más rápido que las sensaciones.

He viajado de crío en aquel tren nocturno que venía desde el lejano París (vía Hendaya) y que se detenía pesadumbroso en mi estación a las puertas de Castilla. Recuerdo que sus vagones caminaban lentos hacia una tierra donde se estaba poniendo el sol y después todo era oscuridad. Oscuridad jalonada por luces que en la planicie castellana marcaban pueblos que como en una constelación jalonaban la meseta. Los cambios de aguja eran bruscos y el tren se detenía en poblaciones de nombres conocidos: Miranda, Briviesca, Burgos, Venta de Baños, Palencia, León, Astorga, Ponferrada…

Nacía un nuevo día junto al Sil y después el Miño. Llegaba Orense y los cien kilómetros escasos que separaban la capital orensana de Vigo se detenían en el tiempo. El tren cruzaba montes, rasgando perfiles de árboles que caían hacia un Miño tras el que reconocía Portugal. Veía vacas pastando en montañas escarpadas; gente que cruzaba caminos; ancianas enlutadas con grandes haces de mieses sobre sus cabezas…

El amanecer se tornaba en medio día y Redondela, como puerta a las Rías Bajas y a la ciudad de Vigo era mi destino.

Yo, el que escribe en metáforas, el que siempre aparca un pensamiento oculto tras las palabras, el niño mayor al que le gusta jugar al escondite, voy a desvelar mi intención al hablar precisamente hoy de estos trenes.

Lo he titulado el tren de mi vida; porque creo que la vida es como un viaje en tren. Puedes coger el tren de alta velocidad y dirigirte veloz a tu destino. Cruzas rápido el horizonte sin percibir lo que hay en medio y llegas puntual a la meta, tal vez incluso antes de tiempo. Pero mi sensación en ese caso es que al bajar las escaleras de ese tren me digo: “y ahora, ¿qué?”

Mis viajes en el lento tren destino Galicia, eran viajes de sueños; de atardeceres hacia los que caminaba; de noches estrelladas; de islas de luz en una meseta apagada; de cambios de agujas que me hacían bailar con su sonido peculiar y difícilmente imborrable de la memoria; de amaneceres nuevos; de ríos que se juntan; de orillas que se saludan; de bosques que te inundan; de rías que se convierten en mares eternos.

La vida no es una carrera veloz hacia un destino; es más bien un viaje lento donde se disfruta del paisaje; donde las estaciones intermedias tienen su sentido; donde cada latido es importante en un cambio de agujas en las vías del destino. Hay que vivir viajando y mirando por la ventana; y gozando del verde de los prados, del amarillo del trigo castellano; del azul de un río que tranquilo avanza hacia su final; y de unos árboles que acarician sus aguas. La vida no es un destino a alcanzar rápido y veloz en el estrés del tiempo; no es una cuenta atrás. La vida es el deleite de un segundo lento que golpea cariñoso cada una de las traviesas que sujetan los raíles paralelos que acarician las ruedas de nuestro tren elegido. Vida llena de anhelos, de sueños, de ilusiones y de realidades que sólo descubrimos al estar conscientemente sentados en nuestro, tal vez incómodo, sillón del compartimento, alzando la mirada de nuestra alma y asomándonos sorprendidos a la ventana del tren en el que vivimos.

19.9.06

Hoy era mañana.

Después de escribir el nanorrelato anterior recibí un mensaje en mi teléfono móvil que decía algo así como:

“Hoy” he leído tu nanorrelato número 69 y te quería dar las gracias Jorge porque me ha llenado. Aunque sé que “ayer” no existe, el otro día te ví un poco “ploff” y me quedé preocupado. Si te sirve de algo, te quería decir que me gustaría tomarme un café contigo “mañana” o cuando sea. Ya sé que me dirás que “mañana” tampoco existe…”

Os cuento este mensaje personal por un detalle. Lo recibí a las 23:59 minutos del “hoy” del nanorrelato 69 y no me pareció casualidad.

Fue un relámpago y se me iluminó, como con un rayo, mi alma.

En un minuto más el “hoy” del que hablaba en el nanorrelato 69 dejaba de existir y se convertía en ayer.

En un minuto más el “mañana” que no existía se convertía en un nuevo “hoy”.

Eran las doce de la noche. Era la línea de tránsito entre lo que es y pasa a ser lo que fue, y lo que no es y pasa a ser lo que es.

Hoy es un nuevo hoy; tal vez parecido al de ayer, pero sutilmente nuevo.
Hoy soy yo; y yo soy hoy. Hoy no me llamo Jorge, me llamo Hoy. Pero con la convicción de que ese hoy es algo distinto y Jorge, gracias a los cimientos del ayer, de la suma de muchos hoy que han sido vividos, sigue siendo el mismo.

18.9.06

Hoy.

Me gustaría escribir un cuento de princesas, de zapatos perdidos y reencontrados, de casas de chocolate y caperuzas rojas que recogen bayas en los bosques idílicos de Europa.

Me gustaría escribir un cuento de finales de boda y “vivieron felices y comieron perdices”; de alegrías de reencuentros; de besos apasionados; de Marco encontrando a su madre y de Heidi recorriendo curiosa las altas praderas de los Alpes.

Me gustaría contar las estrellas, y sentir el guiño de cada una de ellas.

Me gustaría abrir mi ventana hacia fuera y sentirme deslumbrado por ese sol maravilloso que cruza el horizonte.

Me gustaría ver las hojas que caen en este cada vez más cercano otoño y sentir la orquesta del viento que mece en la espesura de estos bosques cercanos.

Me gustaría sentir en mi cara esa pequeña lluvia pertinaz que deja en mi rostro la neblina en una noche blanca adelantada.

Me gustaría sentarme en Gaztelugatxe y contemplar el mar, y sentir su frescor salado en mi mejilla y gozar con el ruido de unas olas que chocan con el acantilado. Me gustaría ver el horizonte y pintar en mi alma los rayos rojos de ese sol de atardecer.

Me gustaría pisar Roma y gozar con el aire nostálgico de la ciudad eterna. Me gustaría saborear Firenze y ver junto con el sol del ocaso ese Ponte Vecchio duplicado en reflejos en las tranquilas aguas del Arno.

Me gustaría soñar. Me gustaría vivir de ilusiones. Me gustaría escuchar el sonido cantarín de un pájaro posado en el árbol que me cobija. Me gustaría sentir crecer ese árbol de mi vida. Me gustaría ser ese árbol; vivir y sentir la savia en mis venas; y emocionarme con el canto del pájaro de mis ilusiones posado en mis ramas.

Me gustaría que mis ojos brillasen. Me gustaría sonreír. Me gustaría llorar de alegría. Me gustaría sentirme inmensamente feliz y pensar en el mañana.

Me gustaría…

Y hoy; hoy es eterno. Hoy es lo único. Hoy es el segundo fijo en el reloj que marca mi ritmo. No existe ayer. No existe mañana. Sólo hoy.

Hoy me llena y me vacía. Hoy me inunda y me remueve. Hoy me tiende su mano y me abandona.

Hoy no suspiro, simplemente respiro. Hoy no hablo ni canto, simplemente musito. Hoy no me emociono, sólo tiemblo tiritando. Hoy no razono, tan sólo pienso.

Hoy esta aquí, en todas partes, en toda soledad y todo acompañamiento.


Me gustaría poder hablar de tantas cosas… y sin embargo parece que mi diccionario mental ha desaparecido y lo abra por donde lo abra aparece siempre la misma palabra: Hoy.


Hoy soy yo; y yo soy hoy. Hoy no me llamo jorge, me llamo Hoy.

3.9.06

El reloj de mi abuelo.

Cuenta la historia familiar que fue una herencia que recibió mi abuelo. Ya por entonces el reloj era viejo. Ha acompañado con su sonido la infancia de la generación de mi padre reposando en una de las paredes de la casa del pueblo.

De estrecho y esbelto cuerpo; su maquinaria descansa en una ancha cabeza que casi llega al techo. Su madera barnizada brilla aún en el esplendor de los años. Tras el cristal una esfera blanca numerada en romano es circundada por un dorado de hojalata que me recuerda al trigo maduro de estos campos de Castilla. En su interior cuelgan dos pesas que son izadas nuevamente cada dos días y que lentas se descuelgan gastando los segundos, los minutos y las horas.

Este reloj ha vivido los años de nuestra historia y tras la guerra fueron colgadas de cada una de las pesas dos balas de cañón tal vez abandonadas en los crueles campos de batalla. Hoy eran innecesarias y han vuelto a desaparecer del cuerpo de este antiguo reloj.

Viajó a Vitoria para marcar los últimos años de vida de mis abuelos y en el pasillo resonaba su tic-tac incesante. Recuerdo esas noches de cena con mis abuelos donde probaba las manzanas asadas; la leche condensada transformada en dulce de leche; y en las que miraba asombrado el balanceo del péndulo, oía su latido y las campanadas repetidas que nacían de su interior.

Murió una generación y con mi abuelo el reloj se detuvo. Durante años reposó silencioso y mudo en la pared del pasillo de ese piso de ciudad. Inerte esperó en el olvido. Un reloj no es un reloj si no se mece en el tiempo; si no siente el bamboleo a cada segundo; si no entona las “medias” y no canta su melodía a las “enteras” de cada hora.

Unas reformas en el piso de mis abuelos posibilitaron su vuelta a tierras castellanas, a aquella pared de donde había salido. Y me pregunté: ¿por qué no empujarle a andar?

El reloj perezoso tras el descanso de años en silencio andaba titubeante durante unos minutos pero finalmente moría otra vez en la quietud. Poco a poco la paciencia hizo que sus primeros cinco minutos se convirtiesen en veinte y después en una hora. Era como un niño que inquieto e incierto recomenzaba a dar sus primeros pasos.

Más difícil fue equilibrarlo en el tiempo y hacer que un segundo fuese precisamente un segundo; un minuto, un minuto; y una hora fuese una hora. Los retrasos y adelantos tenían que equilibrarse en el justo tiempo donde como decía Aristóteles está la virtud.

Ha vuelto a ser un reloj; el reloj de mi abuelo. Ese mismo que recibía la mirada curiosa de un niño que quería entender el movimiento de su péndulo, el bajar de las pesas y el sonido de sus horas.

Hoy sigue marcando cada segundo con su tic-tac; da su campanada rota cada media hora y suena estridente en esta calma del pueblo castellano gritando el paso del tiempo.

Reloj que es reloj. Reloj que ha visto varias generaciones y que sabe mejor que nadie el valor de cada instante que suspira en el presente que se hace eternidad.

Silencio. Son las doce. Este viejo reloj vuelve a marcar con su sonido un nuevo mediodía. Fuera despuntan los rayos de un sol tímido que hasta hace unos minutos se escondía tras el gris de las nubes. Parece un nuevo amanecer a mediodía.

Las campanadas contadas en mi mente dicen doce y de nuevo el mundo permanece en el silencio sólo roto por el latido, por el tic-tac, de ese péndulo en eterno movimiento.

28.8.06

Los Llanos.

En una curva de una carretera perdida entre los confines de dos tierras distintas nace un camino que se adentra en los inicios de unos árboles que unidos dan sus primeros pasos hacia la cumbre de la montaña.

El camino se alza en pendiente escondido en las sombras de esos árboles que protegen del sol de mediodía y de la lluvia del ocaso.

Los pasos de quien anda resuenan como un eco que rebota en las paredes de piedra de esa montaña que me acompaña. Avanzo entre esa tierra fina que se pega a mis pies.

Y ahí lo encuentro; ligeramente apartado del camino; entre los árboles que mecen sus hojas al compás de esta brisa que acaricia mis mejillas.

Sus piedras hendidas en la tierra forman una doble hilera que se tiende la mano mirándose mutuamente cara a cara. Es el destino doble de lo que pudo ser y no fue; y de lo que pudo no ser y fue. Todo se une en el círculo de la realidad. Todo nace del suelo que esconde las raíces del pasado; que despunta en un presente hecho realidad; y que tiende su mirada hacia el cielo infinito de un futuro incierto pero posible; temeroso pero desafiante; silencioso pero inquieto.

Me siento en una de sus piedras y mis pies casi tocan el suelo donde germinan las paredes pétreas de este dolmen megalítico.

Es el mismo suelo donde yacen enterradas las cenizas de aquellos que lo pensaron, lo construyeron y vieron su esplendor hoy perdido en el ocaso de los años. Allí en ese suelo rico de pasado reposan silenciosos los sueños de aquellos que soñaron; reposa para siempre la vida de aquellos que se atrevieron a vivir.

Es el mismo suelo que en su riqueza escondida da sabia a las cepas que germinan en uvas que en unas semanas serán machacadas para morir y renacer en el líquido de oro del mejor de los vinos que puede degustar nuestro paladar.

Cuando saboree ese caldo en mi boca, en mi mente, en mi alma y en mi corazón renacerá hecho vida ese sueño que escondido en la tierra reposaba junto a las paredes de piedra de mi dolmen.

El tiempo se transforma. El pasado se regenera. El presente es continuo. Y el futuro llama a la puerta. La lluvia pertinaz riega los campos. El sol hiriente caldea la tierra. La luna ilumina majestuosa las noches estrelladas. El viento siempre va y viene por los confines del horizonte infinito.

El segundero del reloj del tiempo marca la hora eterna donde los sueños escondidos y germinados bajo el silencio de la tierra renacen y brotan en frutos nuevos que macerados en néctar de vida degusta mi paladar.

Hoy entiendo más que nunca el milagro que nace de mi tierra; mientas mi cuerpo, mi alma, mi corazón, mis sueños y mi vida toman conciencia de sí junto a las piedras y a la tierra del dolmen de Los Llanos.

11.8.06

Apareces tú.

(Inspirado en el latido personal de una canción de La Oreja de Van Gogh)

Me prometí pedirme perdón por no haber mirado mi alma; prometí perdonar mi injusticia y el dictado cruel de mi mente.
Me confesé con mi corazón; y sentí su latido renacer en un tic tac titubeante que esparcía por las venas la sangre de mi vida.
Me enamoré del amor; me enamoré del reflejo de mis ojos en las pupilas que me miran desde el espejo de mi interior.

Sonreí a ese espejo y comencé a sentir la canción que tarareaba mi corazón. Dije que no al miedo y a los fantasmas que habitaban la mansión de mi indecisión.
Me miré a los ojos, sentí ese brillo. Sonreí; me gusté; y me amé tal y como soy.
El silencio de soledad se transformó en emoción. El hueco se rellenó de energía; y en este paso dejé marcada una huella en la playa húmeda de mi vida.

Comencé a soñar; comencé a vivir. Comencé a soñar que vivía; y comencé a vivir soñando.

Y entonces, de repente apareces tú. Susurras a mi oído. Siento en mi tímpano el impulso del aire de tu voz.

Me hago el dormido como quien teme despertar de este sueño. Sueño contigo. Sueño vivir. Sueño soñar.

Cada gesto lo acoges y lo abrazas. Cada secreto, cada verdad, cada silencio, cada palabra es absorbida por tu respiración y en tu interior se transforma en un nuevo impulso de voz que susurrante entra en el fondo de mi corazón.

Quiero soñar; quiero elegir; quiero sentir; quiero vivir. Mucho más que nunca, enamorado de la vida, me pido suplicante soñar y vivir; vivir y soñar; viviendo mis sueños en realidades; y soñando mi vida en ilusiones.

Hoy, como cada día, aunque no lo vea, también el sol infinito cruza la línea tenue del horizonte zambulléndose, como aquella tarde de hace dos meses, en el mar de Gaztelugatxe.
Apareces tú.

Me he prometido pedirme perdón,
Me he confesado con mi corazón.
Me he enamorado de todo mi amor;
Me permití decirle al miedo adiós.

Y de repente apareces tú,
Mientras me hablas hago que estoy dormida.
Te mentiría si negara hoy
Que desde entonces sólo sueño contigo.

Tú, entiendes mis silencios sólo tú,
Conoces mis secretos sólo tú,
Comprendes cada gesto sólo tú.

Me ha sonreído el espejo hoy,
Me he decidido a levantar la voz.
Me despedí de mis fantasmas hoy,
Y me he gustado tal y como soy.

Y de repente apareces tú,
Mientras me hablas hago que estoy dormida.
Te mentiría si negara hoy
Que desde entonces sólo sueño contigo.

Tú, entiendes mis silencios sólo tú,
Conoces mis secretos sólo tú,
Comprendes cada gesto sólo tú.

Y yo sólo quiero entregarme,
Comprenderte y cuidarte,
Darte mi corazón.
Quiero que llegues a ser
Mi alma y mi intención,
Mi vida y mi pasión,
Mi historia de amor.

Tú, entiendes mis silencios sólo tú,
Me subes hasta el cielo, sólo tú.
Eres mi alma y mi inspiración.

7.8.06

Lágrima salada.

Una lágrima se escapaba del ojo vidrioso. El marrón casi opaco de su iris quedaba brillante y traslúcido con el agua del sentimiento que se condensaba en la mirada. Y el sentimiento, como la nube evaporada del océano, se volvía denso hasta germinar y resbalar por la mejilla. Un segundo después caía sobre la arena en el mismo instante en que una ola cubría con su manto la orilla. La salazón de la amargura se diluía en la inmensidad de un mar eterno.

Se cerraba así un ciclo de una estación primaveral inesperada. Y el recuerdo nostálgico de lo que fue y de lo que pudo ser derramaba suspiros de sal sobre la arena que pasaban a ser eternidad tal y como los ríos desembocan tranquilos y quietos a la orilla del océano que late en olas acompasadas por el tiempo.

El reloj de arena de lo eterno había finalizado su deslizar por las estrechuras de lo imposible y lo que era futuro comenzaba en ese momento a ser pasado inerte.

Lucía, la de los ojos marrones opacos, la de los labios encarnados comenzaba a sentir sobre su cabello ondulante la brisa de un viento suave que soplaba desde los otros confines del mar. Sentada en la playa, acurrucada sobre sí misma, pegada a la arena mojada, era bañada por una ola de una marea que hacía decrecer el mundo comiendo metros a la vida.

Por su mente pasaban los últimos meses vividos entre la sorpresa y la ilusión; sorpresa por lo inesperado; ilusión por el sonido desacompasado de un corazón que todavía latía.

Era de noche, o casi de noche; ya que el sol se había puesto tras la línea sutil del horizonte; pero la luz todavía en esa penumbra mágica ganaba algún segundo a la noche, mientras el cielo pesadumbroso comenzaba a verse salpicado por las estrellas que titubeantes nacían de la nada.

Una nueva ola llegó a la orilla y golpeó la piel húmeda de Lucía haciéndole volver a la realidad. Un nuevo sentimiento se condensaba en sus ojos hasta deslizarse en otra lágrima salada para mezclarse con la infinitud de ese mar nostálgico.

27.7.06

El minuto.

Miro al reloj y el segundero rápido marca su latido constante girando en la esfera blanca numerada. Tic, tac, tic, tac.

Cada vuelta sobre sí mismo es un minuto de mi existencia. Un minuto que pasa. Un minuto que nunca vuelve. Un minuto que vivo. Un minuto que empieza, se desliza, se consume y se apaga.

Ha girado una vez más y me surgen preguntas.

¿Dura igual un minuto de alegría que un minuto de tristeza?

¿Es igual un minuto de conciencia que de inconsciencia?

¿Duran lo mismo un minuto de sueño que de vida?

¿Son iguales los minutos de día que de noche?

¿Dura igual un minuto de conversación que de silencio?

¿Un minuto de calor es igual que uno de gélido frío?

¿Son iguales los minutos de pensamiento que de acción?

¿Un minuto de inquietud y espera es igual a un minuto de prisa y agobio?

¿Un minuto de paz es tan largo como un minuto de tensión?

¿Es igual un minuto de soledad que uno de amor?

Preguntas sin respuestas; sensaciones contradictorias. Pero he aquí que el segundero ha seguido avanzando y una vez más ha girado sobre sí mismo.

Impasible, silencioso ha transcurrido otro minuto de mi existencia. Un minuto que he vivido, que he soñado, que he sentido. Un minuto que he gozado, que he sufrido, que he llorado, que he sonreído. Un minuto que era futuro, voló por el presente y es ahora pasado irretornable.

Ha pasado un minuto más de mi vida ante mis ojos, ante mi mente, ante mis manos, ante mi alma y ante mi corazón.

22.7.06

Espejo roto.

Hoy me levanté con prisas. El reloj comenzaba su rápida cuenta atrás. Y los quehaceres más cotidianos me esperaban a la puerta de mi habitación.

Pasé mis manos por mis mejillas en un ligero bostezo y sentí que mi piel raspaba por una barba de dos días que me pedía que me afeitase. No me gusta la cuchilla que araña mi piel haciéndole cortes que sangran, como supongo que no le gusta a la tierra ser arada.

Llené el lavabo de un agua clara y cogí un pequeño espejo entre mis manos. La cuchilla ya me esperaba. El reflejo de alguien que se despertaba apareció en el cristal reluciente de este espejo que me miraba.

No sé cómo. Será la torpeza. Será el despertar de la mañana. No sé cómo; pero el espejo se deslizó entre mis manos y cayó ruidoso contra el lavabo. Se rasgó y en mil añicos se rompió; manteniendo todavía su unidad por el marco de plástico.

Cogí de nuevo el espejo y algunos pedazos quedaron remansados en el fondo del agua del lavabo, haciendo que los reflejos de la luz brillasen cristalinos. Tenía de nuevo el espejo en mis manos; en las manos de donde nunca debería haber caído.

Pensé que era inservible y que su destino sería el cubo de la basura. Un espejo roto no vale nada. Un espejo roto ya no es capaz de ser mi otro rostro; ya no es capaz de devolverme mi mirada; ya no es capaz de proporcionarme esas pupilas que reflejan mi ser. Un espejo roto es nada.

Metí la mano en el agua para recoger alguno de los pedazos de cristal y sentí una punzada. Un cristal cortante me rasgó la yema del dedo y al punto la transparencia del agua se tiñó por un hilo rojo de sangre que nació de mi interior.

Decidí deshacerme del espejo roto. Era un peligro. Además era nada. Y cuando lo iba a tirar dentro de la bolsa de basura, instintivamente, como se hace con todo espejo, lo volví hacia mí.

Y allí, desde cada pedazo rasgado de un cristal roto que tímidamente se mantenía todavía engarzado en el marco de plástico, vi el reflejo de una parte de mí mismo; incompleto; a veces deformado; como en una unidad picassiana. Y donde antes existía un reflejo único de mi ser, nacían ahora diez, veinte, treinta reflejos de una parte de mi rostro, apenas perceptible; pero donde se distinguían unas pupilas que brillaban y unos labios entrecortados que sonreían.

Desde un espejo roto que era nada, cada una de mis perspectivas, menos realistas pero más intimistas, me saludaban.

20.7.06

Laguardia.

Cuando hace unos días contemplaba la desembocadura del Miño desde su estuario hasta la línea donde se fundía con el océano, tenía a mis pies la población pesquera de La Guardia. A Garda la llaman en la lengua gaélica sus habitantes. Es el guardián que ya desde los antiguos celtas miraba la inmensidad del mar, llevaba la vida humana hasta el “finisterra” y contemplaba a los moradores de la otra orilla.

El nombre me recordó esa otra ciudad, ésa ya de la tierra mía, que contempla el valle del Ebro y observa la Rioja Alavesa desde su atalaya. A los pies de las montañas de donde nace la tierra del vino brota también una colina donde se aposenta nuestra Laguardia.

Ciudad de estrechas calles y bodegas subterráneas que perforan sus entrañas, Laguardia muestra sus tejados desde la lejanía. Sus piedras huelen al mejor de los vinos, caldos con los que ya los dioses griegos saboreaban las alegrías.

A sus pies, como en aquella gallega, también se guardan las vidas de nuestros antepasados en el viejo poblado de La Hoya.

Y también como en tierras gallegas, al mirar a la cordillera se ve la techumbre de la nueva bodega de diseño que al recibir en sus placas onduladas de titanio los rayos de un sol de atardecer, me parece distinguir en ellas las olas de un océano hasta tal punto de sentir en mis mejillas la brisa salada de un mar infinito.

Laguardia reposa quieta, suspendida en el aire de un pasado remoto; en el aire de tradiciones mantenidas; en el aire de sabores que llevan el paladar a degustar aquel manjar que enloqueció a Baco.

Laguardia me saluda; me tiende su mano y desde la lejanía me invita a recorrer sus calles y a saborear el vino que nace de sus entrañas. Porque entiendo que Laguardia, la ciudad que esconde sus tesoros; la ciudad en la que sus secretos están engarzados en su interior es mucho más mía que La Guardia, la otra ciudad que contempla la furia del océano y el final del Miño.

16.7.06

La Guardia.

El viento sopla con fuerza y mitiga este calor veraniego que tuesta los campos. El agua salpica las rocas y se eleva en juguetones olas que descargan su fuerza en el final de la montaña. Se siente en las mejillas esa calma ruidosa de un mar que avanza con fuerza arañando la tierra.

Al fondo la bruma hace que la línea del horizonte entre mar y cielo no exista y todo es infinito.

Subo a la montaña y admiro el paisaje. Al otro lado de este río que finaliza se ven las tierras portuguesas; sus primeras ciudades; sus playas repletas de gente; y sobre el puente corren veloces los vehículos. La vida de ese otro país se mueve al mismo ritmo que a este lado del río.

El estuario majestuoso se agranda en esta parte del horizonte. Las aguas calmas serpentean tranquilas en un final ensanchado tras haber recorrido las tierras gallegas. Este Miño final recuerda su historia cuando nació en los confines del macizo galaico. Recibió las aguas del Sil; bañó Orense; nos enseñó la frontera portuguesa y delimitó Pontevedra hasta llegar hoy a ser estuario remansado que da sus últimos pasos hacia el océano Atlántico.

A mis espaldas, ese mar sin límites; ese océano donde en el pasado terminaba el fin de la tierra; bate con fuerza llegando a la costa rocosa. Más al norte su fuerza se interna en la tierra allí donde los ríos dejan de ser ríos y pasan a ser agua ganada a la sal marina. Es en esos brazos de mar donde nace la vida en las bateas; donde parten los barcos para su pesca; donde las ciudades hacen reverencia a un mar que más que en otro lugar en el mundo acaricia la tierra.

Pero mis ojos se vuelven a este río que finaliza su historia y sigo con la mirada sus pasos desde el estuario a ese estrecho donde Galicia y Portugal se dan la mano. Y veo sorprendido una lucha continua entre el océano y el Miño. Podría señalar con precisión el lugar exacto donde el río deja de ser río y comienza a ser mar.

Veo que una ola rompe como cuando lo hace en la playa. Rompe en medio del estrecho; sin tocar ninguna roca; sin llegar a tierra. Pero rompe espumosa al encontrarse con la corriente contraria de este río que muere. La ola avanza hasta morir en el agua dulce del Miño; y el río avanza hasta morir en la sal del Atlántico.

Tras de sí llega otra ola que se interna un poco más con fuerza renovada en el agua del río hasta romper en un blanco espumoso frente a la corriente del Miño.

Ante un límite humano; ante una frontera marcada por la historia de dos pueblos; veo con claridad un límite, una frontera querida por la naturaleza: el punto donde el río pasa a ser mar; el punto donde el océano pasa a ser río.

Y es allí, donde muere esa ola blanca espumosa sin llegar a acariciar la tierra; es allí donde el río finaliza su historia de dulce recorrido; es allí donde la sal se diluye en las aguas dulces. ¡Oh milagro natural!

¡Cuántas veces en nuestra vida sucede igual! Encontramos justo el punto donde la alegría de un río que corre encuentra ante sí la fuerza de una nostalgia triste de lágrimas saladas de un mar infinito. Dejamos atrás los árboles verdes que a nuestra vera mecían sus hojas hasta tocar nuestras aguas interiores. Y llegamos al infinito de un mar inmenso del que desconocemos sus confines.

Y en ese punto, en ese punto vital donde las olas saladas se rompen en un blanco espumoso sin tocar la tierra de nuestras entrañas; en ese punto donde la alegría vital llega remansada al estuario pacífico de un momento vivido en calma y serenidad. Es en ese punto mágico donde lo dulce y lo salado se mezclan. Y es ahí donde si lo reconocemos encontraremos el momento eterno de felicidad que nace de comprender que en ambas realidades, la dulce y la salada, hay peces que nadan llenos de vida.

Nuestra felicidad nace de saber vivir el transcurso gozoso del río de nuestra alegría y de recibir con delicadeza, como una caricia en nuestro corazón, la a veces nostálgica ola del mar salado de nuestras lágrimas.

Despierto de este momento de sueño y veo que allá abajo, el viejo poblado celta y las pequeñas casas de La Guardia me invitan a disfrutar y a entender este milagro del confín de los sentimientos.

14.7.06

Querer demostrándolo.

Algunas personas somos aparentemente frías. No demostramos nuestros sentimientos y nuestra voz no tiembla ante un sí o un no. Damos las cosas por supuestas y nos escudamos en el “eso ya lo sabes”.

Hablo en plural mayestático pero quien me conoce, sabe que yo soy así.

Y sin embargo, debajo de esta aparente caperuza, se esconde un corazón demasiado sensible para respirar el aire del mundo. Se esconde un alma contradictoria que llora, sufre y goza a partes casi iguales.

“Jorge no da besos”, me han dicho alguno de mis amigos. Y es verdad, simplemente pongo la mejilla sonrosada para recibirlos cuando no hay más remedio que hacerlo.

Una cosa es lo que hago o dejo de hacer, y otra aquello que me nace de dentro. La pasión a veces es tan grande que no caben gestos para poder demostrarla. No se han inventado los abrazos, las caricias, los gestos que puedan expresar lo que a veces mi corazón siente. No habría lágrimas suficientes en mis ojos para hacer realidad física mi alegría o mi tristeza.

No soy valiente. Pero temo que esta falta de valentía me impida compartir mi sonrisa ante la felicidad hecha materia. Y eso me hace a veces sentir el miedo de que el vaso de cristal se rompa en un instante sin haber derramado el agua fresca que pudo contener.

Una mañana cualquiera un hombre, llamémosle Gustavo, se levantó para ir a trabajar. Dejó a su mujer todavía en la cama y no quiso despertarla. Desayunó rápido y en el tren de cercanías se dirigió a la oficina. La mañana pasó veloz entre los asuntos cotidianos que siempre le envolvían. No tuvo tiempo ni para la pausa del café.

A mediodía Laura tras haber hecho las compras en el supermercado; tras preparar los últimos detalles de aquel viaje de fin de semana sorpresa a los Pirineos; pensó que acercarse a comer con su marido podía ser un detalle y un buen momento para regalarle esos dos días de un descanso que él tanto se merecía. Había sentido su beso en la mejilla esa mañana, pero se había hecho la dormida. Se preparó tranquilamente y bajó a la calle a buscar la estación del metro.

Gustavo salía media hora antes del trabajo. Se lo había ganado. Quería acercarse a casa a recoger unos documentos que se había olvidado por la mañana. Además así podría saludar a Laura e incluso comer fugazmente con ella. Bajaba las escaleras automáticas de la estación cuando recibió una llamada.

Era Laura. Quería decirle que le esperase a la salida de la oficina y que juntos comerían en un restaurante del centro.

“Cariño, casi no te escucho. No te entiendo. Lo siento, no tengo cobertura”.

El sonido de unos tonos rítmicos de una llamada interrumpida le hizo abandonar un posible segundo intento de rellamada. En breve estaría subido en el tren camino de casa.

Laura se quedó hablando sola: “Gustavo, espérame ahí; que ahora voy. Tengo una sorpresa para ti. Te quiero mucho.” Pero la llamada era inexistente medio minuto antes. También ella subía a un tren camino del centro.

Los minutos pasan deprisa en el metro que desde el centro sale hacia la periferia. Se mezclan las historias de todos los días. Rostros casi conocidos de verlos a diario aunque se mantengan como personas desconocidas. Se aprovecha a leer, se busca el sitio incluso a empujones… viajan las vidas.

De repente un ruido seco; golpes y bamboleos; la luz que se apaga y un fuerte olor a hierro. La gente grita. Hemos chocado. Se rompen ventanas. El que puede salta y busca la salida. Claustrofobia bajo tierra. Un andén. Unas escaleras. Más empujones y por fin la luz cegadora del día.

Gustavo se sienta en el bordillo de la acera mientras llegan las primeras asistencias. Busca en su bolsillo su teléfono. Marca el número de Laura.

“Bienvenido al buzón de voz. Puede dejar su mensaje tras la señal”, le dice una voz matemática.

“Hola cariño. Hola Laura. He tenido un accidente. Pero estoy bien. Perdóname por no decirte cada mañana que te quiero”.

Piensa que en un rato podrá abrazarla y besarla; podrá decirle aquello que cada mañana no se atrevió, no tuvo tiempo, o le pareció una tontería repetirlo.

Pero su mujer yace para siempre en el vagón inerte de la otra parte del choque. Ahí, bajo sus pies; en esa misma estación que los unió para siempre y los separó cruelmente.

Las sorpresas de la vida me demuestran que lo único que vale es querer. Y si consigo querer demostrándolo podré tener la tranquilidad del que vive sincero.

Porque sí; porque es verdad; por si acaso… aquellos que vivís junto a mí, escuchadme: “Os quiero”.

6.7.06

Café de aeropuerto.

Un vaso de cartón, una cucharilla que no es cuchara sino barra de plástico reciclable, un sobre de un azúcar medido y un café candente de dudoso gusto que todavía no se puede beber.

Una mesa que baila cojeante y dos sillas lo suficientemente incómodas para hacer que la espera se haga presente.

Una mañana recién nacida y el ajetreo continuo de historias que van y vienen, que pasean maletines de trabajo o grandes maletas llenas de sueños de vacaciones lejanas.

El cielo en el exterior es de un azul brillante. Es el mismo cielo que hace unos minutos surcaba desafiando la gravedad el pequeño avión que partió de la niebla tenue de Vitoria.

En minutos he visto desde lo alto el mar; ese mar que desde la lejanía no parecía tan azul, sino pintado de un gris mediocre. He visto las ondulaciones marcadas de las olas y algún barco que se movía lento en su inmensidad.

Tras un giro, se acerca la tierra, se agrandan las cosas hasta retomar su tamaño normal y tocamos tierra en un freno brusco que nos hace pasar de la velocidad que vuela a la calma quieta del que pone pie en el suelo.

Y ahora, con mi café aún candente en este vaso de cartón; con el azúcar ya disuelto; con el móvil que me saluda como cada mañana; con la música de mi mp3 en mis oídos; sentado en esta incómoda silla y manteniendo el equilibrio inestable de esta mesa que cojea escribo mis pensamientos.

Pensamientos alejados de mi realidad cotidiana. Echo de menos la monotonía de la rutina. Siento la falta de lo habitual. Y en este aeropuerto donde las historias de todas partes se cruzan en la indiferencia de un instante, agradezco la existencia, hoy un poco lejana, de esa historia cotidiana mía que he dejado tras el felpudo de la puerta de casa.

Esta mañana era todavía de noche cuando cerré la puerta de casa. Pero sé que mi felpudo me esperará para saludar mis pasos con otro “ongi etorri”, “bienvenido”. Mientras, el felpudo de mi entorno, de la casa de mi vida donde habitan mi familia, mis amigos, la gente a la que quiero, será el sonido de este teléfono que una vez más ha cantado como todos los días para saludarme y desearme “buenos días”.

Ese sonido cotidiano que cada día me despierta me trae el regalo de una sonrisa; porque, aquí solo, en esta silla incómoda, sobre esta mesa titubeante este café de aeropuerto en el vaso de cartón plastificado sabe milagrosamente a un recuerdo cotidiano que me hace abandonar Barcelona y regresar por un instante a mi mundo, que como el felpudo de mi casa me espera para decirme a mi vuelta “ongi etorri”, “bienvenido”.