Aquella tarde el sol era radiante. El bosque lucía su verdor nacido de las lluvias de la primavera. Pero el amarillo del estío ganaba terreno en la ladera de la montaña.
Los ruidos de la naturaleza cortaban el silencio. Y la brisa de un viento ágil golpeaba las mejillas.
El ojo veía la perfección hecha materia.
Una chispa saltada en algún descuido hizo crujir un pequeño montón de hierbas secas que retorciéndose sobre sí mismas se estremecían doloridas.
Nació una primera llama, pequeñita, saltimbanqui, que buscó la compañía de otras pequeñas llamas, creciendo en la espesura de la belleza; escondidas entre el juego de colores naturales.
Un pequeño hilo de humo blanco creció como un árbol más en la ladera de la montaña.
En pocos minutos se divisaban llamas enormes que recorrían las copas de los árboles confundiendo el verde y ocre del bosque con el oro del calor del fuego.
Un hidroavión desde la lejanía llegó y comenzó a descargar agua marina recogida en la bahía.
Sentí el choque entre el fuego y el agua. Y noté como el fuego dejaba de ser fuego cuando sentía dentro de sí el agua, y el agua dejaba de ser agua cuando tocaba el fuego.
Aquella tarde de incendio el bosque cambió. Y aunque a la mañana siguiente el paisaje era distinto; había sido transformado por el choque entre el fuego y el agua; tenía la certeza de que desde la nada volvería a renacer lentamente el verde de las hojas.
Nuestro bosque interior está sujeto a las mismas leyes de la naturaleza: el apagado invierno de la nieve; el resurgir de la primavera; el esplendor del verano; y el ocaso del otoño.
En él, una mañana en la que nuestro saludo desde el corazón ha sido el habitual, sin quererlo, surge una chispa y se provoca el incendio. Y entonces nace esa lucha entre el fuego y el agua.
El fuego es lo imprevisto, lo incontrolable, lo que como un saltimbanqui produce estremecimiento y dudas. El fuego quema la tranquilidad y demuestra que lo inmutable cambia. Cambia los principios, las ideas, las situaciones, las comodidades, lo bello de nosotros mismos…
Y entonces, es verdad, hay que hablar también con palabras de la otra cara: del dolor, de la nada, de las manos vacías, de la soledad… También las palabras deben contar nuestra parte oscura, lo negativo que en muchas ocasiones escondemos en la espesura del verdor de nuestro bosque…
Intentamos acudir a nuestra bahía personal, allí donde nos sentimos más nosotros mismos, allí donde cada uno ponemos nuestro corazón y recoger con nuestras manos el agua.
El agua que es vida, que es descanso, que es claridad, que es transparencia.
Y en esa lucha interior, al mezclar nuestro fuego con nuestra agua; el fuego deja de ser fuego, y el agua deja de ser agua.
Esa noche, tal vez lloremos, pero en nuestra despedida desde el mismo corazón, cuando el sol nos abandona y nace la primera estrella titubeante en el cielo, mirando la ceniza aún candente en nuestro interior, nos nace la esperanza de que a la mañana siguiente, con el frescor del rocío comenzará a germinar una nueva vida verde nacida del fuego que ya no es fuego y del agua que ya no es agua.
29.1.06
26.1.06
¿Por qué no?
Un día escuché una canción que movió mi corazón. Sentía que los años de la ilusión se acababan y que la utopía era irrealizable en todos los sentidos. Es lo que muchos llaman “dejar de ser joven y hacerte mayor”. Ves el mundo desde el realismo de la monotonía y te das cuenta que los ideales deben dejar paso a las realidades.
Escuchar de vez en cuando una música que suena distinto y que te cuestiona “por qué esto que es lo normal debe ser precisamente lo normal”… me hace pensar que todo puede ser como yo quiera que sea. En agradecimiento a ellos, a los que cantan y mueven el corazón y a la vez son concretos, he querido hacer la humilde versión relatada de lo que las notas cantan en armonía.
Escuchar de vez en cuando una música que suena distinto y que te cuestiona “por qué esto que es lo normal debe ser precisamente lo normal”… me hace pensar que todo puede ser como yo quiera que sea. En agradecimiento a ellos, a los que cantan y mueven el corazón y a la vez son concretos, he querido hacer la humilde versión relatada de lo que las notas cantan en armonía.
Gracias Mara-Mara.
Oigo una cadena de palabras cantadas: Recordar, olvidar, soñar, luchar, imaginar, realizar. Ahí van mis pensamientos encadenados.
Recuerdo haber estudiado Hiroshima y Auschwitz. Recuerdo las guerras que llenaban los libros de historia en octavo de EGB; y las otras guerras que vi por televisión. Recuerdo las torres caerse ante mis ojos en Nueva York. Recuerdo las luces mortales que recorrían zigzagueantes la noche de Bagdad. Recuerdo la noticia catastrófica que hoy invade la realidad de la primera página del periódico. Recuerdo lo que pasó ayer y antes de ayer.
Recuerdo miradas de odio; palabras acusadoras; silencios inhumanos de apatía, ignorancia e indiferencia.
Recuerdo que somos capaces de odiarnos por nuestro color. Recuerdo incomprensión a lo distinto. Recuerdo segregación de lo diverso. Recuerdo hechos y palabras cuya esencia es un “contra”.
Recuerdo ver con mis ojos injusticias del cada día; que gana el que más puede; que nos olvidamos unos de otros; que el egoísmo es más fuerte que el amor.
Recuerdo que alguna vez me dijeron “y a ti qué te importa”. Recuerdo haber dicho unas cuantas veces “a mí no me interesa”.
Son recuerdos que nos hacen perder la ilusión de unos ojos brillantes y limpios mirando el horizonte inmenso de un amanecer sobre el mar.
Quisiera olvidar los recuerdos.
Una noche olvidar que todo esto sucede; soñar con cosas nuevas y despertar habiendo olvidado todos los recuerdos. Olvidar borrando de la mente lo malo; y una mañana abrir la puerta de mi habitación a un mundo nuevo visto con ojos distintos llenos de inocencia e ilusión. Quisiera hasta olvidar el color de mis ojos para así descubrirlos como nuevos. Y poder con ellos, ver todo como nunca lo vi.
Esa mañana, quisiera comenzar a luchar por cambiar aquello que está a mí alrededor. Mirar y sonreír como si fuese una única cosa. Hablar y amar como si ello fuera unido. Escuchar y abrazar como si fuera un único acto.
Luchar hasta desfallecer de cansancio y sentir como único peso ese cansancio de la lucha ilusionada.
Imagino que un día seré capaz de olvidar el odio; que olvidaré miradas de acusación, de injusticias cotidianas. Imagino que un día lo normal será haber olvidado esto. Y que juntos todos miraremos al mismo sol que nos ilumina desde el cielo despejado.
Imagino una utopía realizada.
Algunos ven las cosas como son; ven esos recuerdos oscuros ante sus ojos y se preguntan “¿por qué?”. Yo prefiero soñar con mis utopías y decirme “¡por qué no!”.
Si piensas que mi sueño es sólo un sueño estúpido e irrealizable, no te voy a pedir que me entiendas o que apuestes por creértelo; simplemente te pido que, por favor, no hagas demasiado ruido al lado de mi cama, no vayas sin querer a despertarme.
Oigo una cadena de palabras cantadas: Recordar, olvidar, soñar, luchar, imaginar, realizar. Ahí van mis pensamientos encadenados.
Recuerdo haber estudiado Hiroshima y Auschwitz. Recuerdo las guerras que llenaban los libros de historia en octavo de EGB; y las otras guerras que vi por televisión. Recuerdo las torres caerse ante mis ojos en Nueva York. Recuerdo las luces mortales que recorrían zigzagueantes la noche de Bagdad. Recuerdo la noticia catastrófica que hoy invade la realidad de la primera página del periódico. Recuerdo lo que pasó ayer y antes de ayer.
Recuerdo miradas de odio; palabras acusadoras; silencios inhumanos de apatía, ignorancia e indiferencia.
Recuerdo que somos capaces de odiarnos por nuestro color. Recuerdo incomprensión a lo distinto. Recuerdo segregación de lo diverso. Recuerdo hechos y palabras cuya esencia es un “contra”.
Recuerdo ver con mis ojos injusticias del cada día; que gana el que más puede; que nos olvidamos unos de otros; que el egoísmo es más fuerte que el amor.
Recuerdo que alguna vez me dijeron “y a ti qué te importa”. Recuerdo haber dicho unas cuantas veces “a mí no me interesa”.
Son recuerdos que nos hacen perder la ilusión de unos ojos brillantes y limpios mirando el horizonte inmenso de un amanecer sobre el mar.
Quisiera olvidar los recuerdos.
Una noche olvidar que todo esto sucede; soñar con cosas nuevas y despertar habiendo olvidado todos los recuerdos. Olvidar borrando de la mente lo malo; y una mañana abrir la puerta de mi habitación a un mundo nuevo visto con ojos distintos llenos de inocencia e ilusión. Quisiera hasta olvidar el color de mis ojos para así descubrirlos como nuevos. Y poder con ellos, ver todo como nunca lo vi.
Esa mañana, quisiera comenzar a luchar por cambiar aquello que está a mí alrededor. Mirar y sonreír como si fuese una única cosa. Hablar y amar como si ello fuera unido. Escuchar y abrazar como si fuera un único acto.
Luchar hasta desfallecer de cansancio y sentir como único peso ese cansancio de la lucha ilusionada.
Imagino que un día seré capaz de olvidar el odio; que olvidaré miradas de acusación, de injusticias cotidianas. Imagino que un día lo normal será haber olvidado esto. Y que juntos todos miraremos al mismo sol que nos ilumina desde el cielo despejado.
Imagino una utopía realizada.
Algunos ven las cosas como son; ven esos recuerdos oscuros ante sus ojos y se preguntan “¿por qué?”. Yo prefiero soñar con mis utopías y decirme “¡por qué no!”.
Si piensas que mi sueño es sólo un sueño estúpido e irrealizable, no te voy a pedir que me entiendas o que apuestes por creértelo; simplemente te pido que, por favor, no hagas demasiado ruido al lado de mi cama, no vayas sin querer a despertarme.
22.1.06
Treinta kilómetros.


Esta mañana de domingo el tiempo parece que da un poco de tregua y la lluvia abandona nuestra monotonía. Hay que aprovechar los pocos rayos de sol que el invie
rno nos brinda; y aunque hace frío merece la pena salir de casa y recorrer algún camino que me saque del ruido incesante de la ciudad.Cojo el coche y en tres minutos las calles y semáforos abandonan mi camino dejándome delante una carretera estrecha que cruza pequeños pueblos periféricos. En apenas diez minutos he dejado la ciudad y me encuentro delante del muro de piedra de la presa. La carretera se eleva rápida hasta llegar a la altura del borde y puedo ver el brillo del agua que refleja los rayos del sol.
Un ciclista asciende con esfuerzo por la carretera y me cruzo con gente que pasea por la senda que bordea el pantano.

Diez minutos más tarde he recorrido los diez kilómetros que circundan las aguas, atravesando algún pequeño puente, alguna población que se funde con el agua y alguna masa forestal que despliega el aire invernal desde su corazón.
Los árboles sin hojas, casi inertes, son abrazados por enredaderas verdes que trepan por su tronco buscando la luz del sol. Así el árbol mantiene su imagen viva.
Los prados, verdes por la humedad del invierno, son mascados por un par de vacas que con un pelaje espeso soportan el frío de la noche y el hielo de la mañana.
El suelo está arañado por la sequedad y la suciedad de hojas otoñales que crujen cuando caminas sobre él. Y a la orilla del pantano, el agua en su ligero ir y venir salpica las piedras rocosas que nacen de la tierra.
Veo a mi izquierda los molinos de viento de Elguea. Alguno gira acariciando las nubes; otros permanecen inertes dibujando el perfil de la montaña. Un poco más allá, la cumbre blanqueada por la nieve brilla como un espejo en el horizonte.
Cruzo los badenes de la carretera y giro a la izquierda internándome en la fría llanada alavesa. A mi izquierda los montes que predicen el confín guipuzcoano, al fondo a la derecha el comienzo de la sierra de Urbasa; y en medio el pasillo que conduce hasta Navarra.
Los campos están baldíos; han dado ya su fruto y esperan ser arañados por el arado para remover sus entrañas y prepararse para el nuevo ciclo de siembra.
Doy media vuelta y a lo lejos, acercándose rápidamente vuelve el perfil urbano de la ciudad. Han sido treinta kilómetros perdido en la cercanía de lo lejano.

19.1.06
El puzzle.
Las personas vienen definidas por sus ideas, por la gente de la que se rodea y por sus aficiones o gustos. “Yo soy yo y mis circunstancias”, decía Ortega y Gasset.
Las ideas se van plasmando en hechos y palabras; la gente que nos rodea es nuestra mayor ocasión para ser uno mismo. Pero hoy voy a descubrir uno de mis gustos o aficiones.
Todos tenemos preferencias, favoritos: color, sabor, espacio para ocupar tu tiempo…
Uno de mis “gustos secretos” es el puzzle. Comenzó hace unos años como afición. Era una manera de llevar mi creatividad más allá de los límites humanos. Yo, que de artista plástico tengo poco, era como crear un cuadro ya creado, pero que necesitaba de mí para lucir su belleza.
Con el puzzle aprendí a motivar mi paciencia, a dominar mi genio y a saber esperar el momento adecuado. Porque el final no es visible y a veces hasta poco intuíble. Los frutos no se esperan, se construyen.
Las piezas del puzzle cuesta encajarlas. Cada una tiene una función y con esfuerzo y paciencia se consiguen entrelazar. Poco a poco van dibujando formas.
Al final cada una existe en relación con las otras… Y la suma de todas forma una cosa nueva que transciende cada pieza.
Yo soy yo y mis circunstancias. Yo soy un puzzle. No un rompecabezas; sino un puzzle.
El rompecabezas es un quebradero, una tensión emocional, algo que se desmorona y que no tiene sentido, algo que se destruye, algo que no alcanza entidad.
Sin embargo, un puzzle es una construcción, a veces complicada e incomprensible hasta que se ve en su conjunto. Es una suma entrelazada de experiencias, vivencias, opiniones que cumplen su sentido desde la mirada intacta de la esencia.
Yo soy un puzzle; mi puzzle que construyo cada día. Hay veces en las que me doy cuenta que tengo que quitar ciertas piezas porque me equivoqué al ponerlas… No es la equivocación de usar piezas falsas, sino de haberlas puesto en el lugar equivocado. Al final, tarde o temprano, incluso éstas encontrarán su sitio adecuado.
Mi esencia, esa magia que sustenta el fondo de cada pieza, de la suma de todas ellas, da consistencia a todo el entrelazado. Y el día en el que todo esté acabado, será belleza realizada.
Hoy, casi sin quererlo, pretendiendo hablar de gustos, ideas y gentes… he desvelado parte de mi esencia, y sin proponérmelo he acabado poniendo en su sitio, entrelazando, otra pieza más de mi puzzle.
Las ideas se van plasmando en hechos y palabras; la gente que nos rodea es nuestra mayor ocasión para ser uno mismo. Pero hoy voy a descubrir uno de mis gustos o aficiones.
Todos tenemos preferencias, favoritos: color, sabor, espacio para ocupar tu tiempo…
Uno de mis “gustos secretos” es el puzzle. Comenzó hace unos años como afición. Era una manera de llevar mi creatividad más allá de los límites humanos. Yo, que de artista plástico tengo poco, era como crear un cuadro ya creado, pero que necesitaba de mí para lucir su belleza.
Con el puzzle aprendí a motivar mi paciencia, a dominar mi genio y a saber esperar el momento adecuado. Porque el final no es visible y a veces hasta poco intuíble. Los frutos no se esperan, se construyen.
Las piezas del puzzle cuesta encajarlas. Cada una tiene una función y con esfuerzo y paciencia se consiguen entrelazar. Poco a poco van dibujando formas.
Al final cada una existe en relación con las otras… Y la suma de todas forma una cosa nueva que transciende cada pieza.
Yo soy yo y mis circunstancias. Yo soy un puzzle. No un rompecabezas; sino un puzzle.
El rompecabezas es un quebradero, una tensión emocional, algo que se desmorona y que no tiene sentido, algo que se destruye, algo que no alcanza entidad.
Sin embargo, un puzzle es una construcción, a veces complicada e incomprensible hasta que se ve en su conjunto. Es una suma entrelazada de experiencias, vivencias, opiniones que cumplen su sentido desde la mirada intacta de la esencia.
Yo soy un puzzle; mi puzzle que construyo cada día. Hay veces en las que me doy cuenta que tengo que quitar ciertas piezas porque me equivoqué al ponerlas… No es la equivocación de usar piezas falsas, sino de haberlas puesto en el lugar equivocado. Al final, tarde o temprano, incluso éstas encontrarán su sitio adecuado.
Mi esencia, esa magia que sustenta el fondo de cada pieza, de la suma de todas ellas, da consistencia a todo el entrelazado. Y el día en el que todo esté acabado, será belleza realizada.
Hoy, casi sin quererlo, pretendiendo hablar de gustos, ideas y gentes… he desvelado parte de mi esencia, y sin proponérmelo he acabado poniendo en su sitio, entrelazando, otra pieza más de mi puzzle.
16.1.06
Mirar alto.
En la meseta había un pueblo tranquilo de veinte casas de adobes. Estaba enclavado en el centro de una llanura rodeada por una cordillera de altos montes.
El sol surgía cada mañana detrás de la montañas e iluminaba la planicie: unas veces abrasaba, otras temblaba de frío; siguiendo el curso de las estaciones.
La tierra se movía a ese ritmo monótono en el que el giro del sol marcaba el horario, los quehaceres y los trabajos. Todo variaba lentamente en la curva de este círculo vital.
Las novedades eran pequeñas, y siempre cíclicas. La tranquilidad invadía las vidas de los aldeanos. Todo giraba bajo el mismo plan vital: y sólo la novedad de una lluvia, de una ventisca o la visita de algún viajero cambiaba sutilmente el ritmo de cada día.
En la aldea había un campesino que se dedicaba a cultivar sus fincas. Conocía las llanuras como la palma de su mano y cada árbol que nacía en sus tierras era recorrido con su mirada desde el germinar hasta su madurez pasados los años. Nada se escapaba a su mirada.
Pero habitualmente soñaba con lugares extraños, horizontes inmensos y vivencias nuevas. Cada mañana se levantaba y al observar los campos miraba en lo alto la grandeza de la montaña lejana. En el invierno la veía coronada de nieve blanca; en el verano resplandecía el brillo plateado de las piedras al recibir los rayos del sol.
Una mañana se dijo que aquella montaña lejana y alta que miraba debía ser conquistada para ver aquella grandeza de cerca.
Caminó durante dos días y lo que parecía cerca era lejos. El pico que se alzaba frente a él parecía alejarse agrandándose en su mirar, hasta que a un cierto punto desapareció de su vista. Aquello que pretendía conquistar era cada vez más inalcanzable.
Sintió cansancio, impotencia, y ganas de volver a la llanura que veía cada vez más a sus pies. El pueblo se había hecho un punto en la inmensidad de aquella planicie que quedaba a su espalda.
Dudó por un momento en avanzar o retroceder a la seguridad de lo conocido. Se sentó en una roca bajo uno de los últimos árboles que había en la montaña y descansó. Miró al cielo y vio un águila que sobrevolaba por encima de su cabeza en un círculo concéntrico que le recordó su monotonía diaria. El águila siempre miraba hacia abajo, como hacia ahora él que veía en la llanura a sus pies todos los campos que cada día trabajaba; por eso su movimiento era circular como los ciclos concéntricos de la vida. Y recordó que él desde abajo siempre había aspirado a mirar hacia arriba, a la cumbre de la montaña. En este pensamiento decidió continuar su camino a fe ciega.
Siguió media hora más; una hora; tres horas… y a la vuelta de una roca apareció el vacío. Estaba en el punto más alto. Ya no se podía mirar hacia arriba sin encontrar otra cosa que cielo. Y desde allí vio la llanura, que ya no era tan inmensa, y el pueblo pequeñito en la lejanía. Miró hacia el otro horizonte y se encontró con lo inimaginable.
El sol surgía cada mañana detrás de la montañas e iluminaba la planicie: unas veces abrasaba, otras temblaba de frío; siguiendo el curso de las estaciones.
La tierra se movía a ese ritmo monótono en el que el giro del sol marcaba el horario, los quehaceres y los trabajos. Todo variaba lentamente en la curva de este círculo vital.
Las novedades eran pequeñas, y siempre cíclicas. La tranquilidad invadía las vidas de los aldeanos. Todo giraba bajo el mismo plan vital: y sólo la novedad de una lluvia, de una ventisca o la visita de algún viajero cambiaba sutilmente el ritmo de cada día.
En la aldea había un campesino que se dedicaba a cultivar sus fincas. Conocía las llanuras como la palma de su mano y cada árbol que nacía en sus tierras era recorrido con su mirada desde el germinar hasta su madurez pasados los años. Nada se escapaba a su mirada.
Pero habitualmente soñaba con lugares extraños, horizontes inmensos y vivencias nuevas. Cada mañana se levantaba y al observar los campos miraba en lo alto la grandeza de la montaña lejana. En el invierno la veía coronada de nieve blanca; en el verano resplandecía el brillo plateado de las piedras al recibir los rayos del sol.
Una mañana se dijo que aquella montaña lejana y alta que miraba debía ser conquistada para ver aquella grandeza de cerca.
Caminó durante dos días y lo que parecía cerca era lejos. El pico que se alzaba frente a él parecía alejarse agrandándose en su mirar, hasta que a un cierto punto desapareció de su vista. Aquello que pretendía conquistar era cada vez más inalcanzable.
Sintió cansancio, impotencia, y ganas de volver a la llanura que veía cada vez más a sus pies. El pueblo se había hecho un punto en la inmensidad de aquella planicie que quedaba a su espalda.
Dudó por un momento en avanzar o retroceder a la seguridad de lo conocido. Se sentó en una roca bajo uno de los últimos árboles que había en la montaña y descansó. Miró al cielo y vio un águila que sobrevolaba por encima de su cabeza en un círculo concéntrico que le recordó su monotonía diaria. El águila siempre miraba hacia abajo, como hacia ahora él que veía en la llanura a sus pies todos los campos que cada día trabajaba; por eso su movimiento era circular como los ciclos concéntricos de la vida. Y recordó que él desde abajo siempre había aspirado a mirar hacia arriba, a la cumbre de la montaña. En este pensamiento decidió continuar su camino a fe ciega.
Siguió media hora más; una hora; tres horas… y a la vuelta de una roca apareció el vacío. Estaba en el punto más alto. Ya no se podía mirar hacia arriba sin encontrar otra cosa que cielo. Y desde allí vio la llanura, que ya no era tan inmensa, y el pueblo pequeñito en la lejanía. Miró hacia el otro horizonte y se encontró con lo inimaginable.
El cielo infinito lo dominaba todo y se mezclaba con otra masa inmensamente azul. El cielo se desdoblaba en un único horizonte donde la tierra no existía. Sintió en su cara una brisa fresca que golpeándole la mejilla le susurró suavemente: “por mirar arriba y tener la voluntad de ir más allá; ahí tienes lo más inmenso. Ante tus ojos se mezcla el cielo que veías todos los días con la inmensidad del mar”.
12.1.06
Las Palabras mágicas.
Hay palabras que su sonido me evocan historias, personas, situaciones. Otras me recuerdan ideas, emociones, ilusiones. Y otras simplemente me traen a la mente otros pensamientos, no sé si por asociación o por el propio sonido de esa fusión entre consonantes y vocales. Yo les llamo las palabras mágicas del lenguaje.
Aprendiendo el italiano, encontré varias de estas palabras. Son mis palabras amigas de la península itálica. Son unas cuantas pero os voy a presentar un par de ellas.
“Farfalle”. La primera vez que oí esta palabra estaba delante de un plato de pasta. ¿Hay algo más típicamente italiano que la pasta? Cada forma tiene un nombre. Hay una pasta en forma de pajarita a la que llaman “farfalle”. Pero literalmente significa “mariposa”. Desde entonces miro el volar de las mariposas de manera diferente. Ya no hace falta encontrar una mariposa para verla; porque cierro los ojos y mentalmente me digo: “farfalle”. La repetición del sonido “f” me trae la imagen de ese batir de alas en el que las mariposas despliegan toda su energía transformada en color.
La otra palabra mágica es “ricominciare”. Nosotros lo traducimos por “volver a empezar” y nos recuerda esa película oscarizada de hace unos años. La Real Academia admite el “recomenzar”, pero casi, casi no lo usamos.
Cuando pienso en “ricominciare” pienso en la oportunidad mágica que me da la vida cada día de equivocarme porque la equivocación termina. Pienso además en la humildad de las cosas bien hechas, porque también el orgullo acaba. Todo acaba y nace un nuevo volver a empezar.
Sueño con la vida diaria como si fuese la preparación de una caja donde al atardecer meto dentro los acontecimientos de ese día: los buenos, los malos; las personas que he encontrado, las personas a las que no he visto; lo que he conseguido, lo que no conseguí; la ilusión, la apatía; la sonrisa, la lágrima… Y todo ello, metido en esa caja del día que marca la agenda, es envuelto en papel celofán; un papel bonito de regalo. A la caja embalada le ato unos globos de colores llenos de helio y asciende hasta perderse tras las nubes. Allí finaliza todo.
A la mañana siguiente despierto recordando ese sueño y encuentro a los pies de mi cama, una nueva caja abierta que rellenar. La miro, sonrío… y recuerdo: ¡Ah! Volver a empezar. “Ricominciare”.
Aprendiendo el italiano, encontré varias de estas palabras. Son mis palabras amigas de la península itálica. Son unas cuantas pero os voy a presentar un par de ellas.
“Farfalle”. La primera vez que oí esta palabra estaba delante de un plato de pasta. ¿Hay algo más típicamente italiano que la pasta? Cada forma tiene un nombre. Hay una pasta en forma de pajarita a la que llaman “farfalle”. Pero literalmente significa “mariposa”. Desde entonces miro el volar de las mariposas de manera diferente. Ya no hace falta encontrar una mariposa para verla; porque cierro los ojos y mentalmente me digo: “farfalle”. La repetición del sonido “f” me trae la imagen de ese batir de alas en el que las mariposas despliegan toda su energía transformada en color.
La otra palabra mágica es “ricominciare”. Nosotros lo traducimos por “volver a empezar” y nos recuerda esa película oscarizada de hace unos años. La Real Academia admite el “recomenzar”, pero casi, casi no lo usamos.
Cuando pienso en “ricominciare” pienso en la oportunidad mágica que me da la vida cada día de equivocarme porque la equivocación termina. Pienso además en la humildad de las cosas bien hechas, porque también el orgullo acaba. Todo acaba y nace un nuevo volver a empezar.
Sueño con la vida diaria como si fuese la preparación de una caja donde al atardecer meto dentro los acontecimientos de ese día: los buenos, los malos; las personas que he encontrado, las personas a las que no he visto; lo que he conseguido, lo que no conseguí; la ilusión, la apatía; la sonrisa, la lágrima… Y todo ello, metido en esa caja del día que marca la agenda, es envuelto en papel celofán; un papel bonito de regalo. A la caja embalada le ato unos globos de colores llenos de helio y asciende hasta perderse tras las nubes. Allí finaliza todo.
A la mañana siguiente despierto recordando ese sueño y encuentro a los pies de mi cama, una nueva caja abierta que rellenar. La miro, sonrío… y recuerdo: ¡Ah! Volver a empezar. “Ricominciare”.
9.1.06
La mirada verdadera.
Un poeta romántico decía hace un par de siglos que todo era “según el color del cristal con que se mira”. Espronceda marcaba así con la mirada la sutil importancia relativa de la verdad.
El orgullo nos hace a veces pensar en la vital importancia esencial de la verdad. Y, ¡qué tristeza nos produce ver a la gente confundida en el error!
Siempre me ha impresionado una escena de una historia que he oído contar varias veces.
Hace ya muchos siglos, justo cuando la historia giraba sobre sí misma en el punto cero de un antes y un después, había una remota tierra alejada de Roma. Un gobernador había sido destinado allí para dominar un pueblo peculiar en sus ideas y sus formas. A su llegada puso unos emblemas del emperador en las calles y todo el pueblo se levantó en protesta. Quiso establecer su verdad romana y se encontró con el levantamiento popular.
Poco tiempo después, los dirigentes de ese pueblo le trajeron un preso para ser juzgado según la ley verdadera del imperio. El gobernador quiso interrogarlo a solas y tuvieron un diálogo sobre las acusaciones de conspirador que le imputaban al reo.
El preso le afirmó que su destino era hablar de la verdad y que todo el que comprende la verdad escuchaba su voz.
El gobernador al oírle le preguntó: “pero, ¿qué es la verdad?”
En los juicios se busca la verdad de los hechos para declarar a los acusados culpables o inocentes. La verdad es la base de la justicia. Al preguntarle aquello, el gobernador asumía que en la verdad estaba la salvación o la condena de ese hombre.
Fueron unos segundos increíblemente largos y de miradas cruzadas.
El preso no contestó; simplemente su voz permaneció muda. El silencio de aquella respuesta fue el punto donde la historia cambió.
El reo fue condenado y murió; el gobernador no quiso hacerlo; pero lo hizo. Buscó en el agua la salida que justificaba la falta de respuesta.
“¿Qué es la verdad?”
La historia giró sobre sí misma, y hubo un antes y un después.
El reo se llamaba Jesús; el gobernador Pilatos. Esa pregunta cambió la historia de la humanidad.
Hoy todavía, muchas veces nos encontramos esa pregunta: “¿qué es la verdad?”
Cuando nos la hacen, buscamos la respuesta en nosotros mismos y con osadía la damos rápidamente, casi sin pensar.
Cuando la hacemos, a veces, sólo a veces, en la profundidad de la sabiduría, encontramos como respuesta el silencio.
Es en ese momento cuando el cielo se cruza con la tierra, y se abre la única posibilidad de un nuevo pliegue de la historia.
El orgullo nos hace a veces pensar en la vital importancia esencial de la verdad. Y, ¡qué tristeza nos produce ver a la gente confundida en el error!
Siempre me ha impresionado una escena de una historia que he oído contar varias veces.
Hace ya muchos siglos, justo cuando la historia giraba sobre sí misma en el punto cero de un antes y un después, había una remota tierra alejada de Roma. Un gobernador había sido destinado allí para dominar un pueblo peculiar en sus ideas y sus formas. A su llegada puso unos emblemas del emperador en las calles y todo el pueblo se levantó en protesta. Quiso establecer su verdad romana y se encontró con el levantamiento popular.
Poco tiempo después, los dirigentes de ese pueblo le trajeron un preso para ser juzgado según la ley verdadera del imperio. El gobernador quiso interrogarlo a solas y tuvieron un diálogo sobre las acusaciones de conspirador que le imputaban al reo.
El preso le afirmó que su destino era hablar de la verdad y que todo el que comprende la verdad escuchaba su voz.
El gobernador al oírle le preguntó: “pero, ¿qué es la verdad?”
En los juicios se busca la verdad de los hechos para declarar a los acusados culpables o inocentes. La verdad es la base de la justicia. Al preguntarle aquello, el gobernador asumía que en la verdad estaba la salvación o la condena de ese hombre.
Fueron unos segundos increíblemente largos y de miradas cruzadas.
El preso no contestó; simplemente su voz permaneció muda. El silencio de aquella respuesta fue el punto donde la historia cambió.
El reo fue condenado y murió; el gobernador no quiso hacerlo; pero lo hizo. Buscó en el agua la salida que justificaba la falta de respuesta.
“¿Qué es la verdad?”
La historia giró sobre sí misma, y hubo un antes y un después.
El reo se llamaba Jesús; el gobernador Pilatos. Esa pregunta cambió la historia de la humanidad.
Hoy todavía, muchas veces nos encontramos esa pregunta: “¿qué es la verdad?”
Cuando nos la hacen, buscamos la respuesta en nosotros mismos y con osadía la damos rápidamente, casi sin pensar.
Cuando la hacemos, a veces, sólo a veces, en la profundidad de la sabiduría, encontramos como respuesta el silencio.
Es en ese momento cuando el cielo se cruza con la tierra, y se abre la única posibilidad de un nuevo pliegue de la historia.
5.1.06
El Danubio azul.
El primer día del año. Ése que es tan raro que no debería de aparecer en el calendario. Ése en el que la noche se alarga y el día es breve. Ese primer día es el de los propósitos, las ilusiones, los compromisos y los pequeños pasos.
En ese día suenan las tradiciones de un concierto de año nuevo vienés lleno de valses y polcas de la familia Strauss.
Y me recuerda aquel invierno en el que una noche atravesé el Danubio. No era un Danubio azul sino blanco en sus bordes y oscuro en sus profundidades.
El puente era largo y silencioso; y en su parte peatonal había un enrejado. Era un enrejado para permitir que la nieve no se asentase en la pasarela. Literalmente bajo mis pies corría el agua rompiendo el silencio nevado de la noche austriaca.
En la orilla derecha la nieve llegaba hasta las aguas. En el horizonte de la orilla izquierda asomaba el campanario iluminado de una iglesia blanqueada hasta la espadaña.
A medida que avanzaba en el puente dejaba atrás una orilla y permanecía suspendido totalmente sobre las aguas frías del Danubio. Y suspendido sobre la nada; oyendo y percibiendo la velocidad del agua que corría bajo mis pies sentí la música de Strauss; su Danubio Azul.
No era la música idílica que nos representamos de cisnes cruzando el agua cálida de un río que parece un lago; ni la música tranquila de un día iluminado por un sol radiante que refleja las bellezas cuasinarcisistas de Austria en el agua de su espejo azul.
Era un sonido gélido que traía el viento de las montañas nevadas y que discurría sobrevolando las aguas que corrían surcando el horizonte apagado. Y las notas del agua bajo mis pies me recordaban la inmensidad de los momentos que fulgurantes se reflejaban como pupilas encendidas en las orillas de este río majestuoso que no detenía su pensamiento ni en la oscuridad de la noche.
Y allí, en esa “soledad acompañada”, sintiendo la lejanía de las orillas de la vida; percibiendo el transcurso de mi historia; notando cómo debajo de mis pies, a unos metros bajo mi ser susurraba el sonido de mi eternidad; en medio de ese paraíso de montañas nevadas que acarician el cielo, ciudades llenas de un espíritu de cuento, en medio de ese río imperial que domina todo; sentí nostalgia por mi tierra. Era diciembre; hacía frío; era 1998. Y allí estaba yo, “an der shönen blauen Donau”, “sobre el maravilloso Danubio azul”.
En ese día suenan las tradiciones de un concierto de año nuevo vienés lleno de valses y polcas de la familia Strauss.
Y me recuerda aquel invierno en el que una noche atravesé el Danubio. No era un Danubio azul sino blanco en sus bordes y oscuro en sus profundidades.
El puente era largo y silencioso; y en su parte peatonal había un enrejado. Era un enrejado para permitir que la nieve no se asentase en la pasarela. Literalmente bajo mis pies corría el agua rompiendo el silencio nevado de la noche austriaca.
En la orilla derecha la nieve llegaba hasta las aguas. En el horizonte de la orilla izquierda asomaba el campanario iluminado de una iglesia blanqueada hasta la espadaña.
A medida que avanzaba en el puente dejaba atrás una orilla y permanecía suspendido totalmente sobre las aguas frías del Danubio. Y suspendido sobre la nada; oyendo y percibiendo la velocidad del agua que corría bajo mis pies sentí la música de Strauss; su Danubio Azul.
No era la música idílica que nos representamos de cisnes cruzando el agua cálida de un río que parece un lago; ni la música tranquila de un día iluminado por un sol radiante que refleja las bellezas cuasinarcisistas de Austria en el agua de su espejo azul.
Era un sonido gélido que traía el viento de las montañas nevadas y que discurría sobrevolando las aguas que corrían surcando el horizonte apagado. Y las notas del agua bajo mis pies me recordaban la inmensidad de los momentos que fulgurantes se reflejaban como pupilas encendidas en las orillas de este río majestuoso que no detenía su pensamiento ni en la oscuridad de la noche.
Y allí, en esa “soledad acompañada”, sintiendo la lejanía de las orillas de la vida; percibiendo el transcurso de mi historia; notando cómo debajo de mis pies, a unos metros bajo mi ser susurraba el sonido de mi eternidad; en medio de ese paraíso de montañas nevadas que acarician el cielo, ciudades llenas de un espíritu de cuento, en medio de ese río imperial que domina todo; sentí nostalgia por mi tierra. Era diciembre; hacía frío; era 1998. Y allí estaba yo, “an der shönen blauen Donau”, “sobre el maravilloso Danubio azul”.
2.1.06
La cortina blanca.
Llevo dos días enteros casi sin ver el sol. Por la mañana cuando me levanto y miro tras la ventana veo una cortina blanca que no me deja ver más allá.
Salgo de casa y esa cortina me empapa de un sudor húmedo y frío que cala hasta los huesos. Siento la humedad dentro de mí, y la cortina me envuelve.
La niebla vence al calor de un sol que no consigue atravesarla.
El paisaje no es que cambie; desaparece. Y nuestra perspectiva queda encerrada en los cinco primeros pasos. Todo existe pero está escondido bajo la cortina blanca de la niebla. Y a medida que avanzo en el caminar veo cómo de la niebla densa van surgiendo figuras, contornos y realidades a medida que me acerco a ellas.
Nace en el corazón la melancolía; y como el cuerpo, también se encoge ante la humedad y el frío. Son los días de morriña y embrujado misterio. Todo es nuevo.
Al mediodía, el sol tenue comienza a brillar y la cortina se atenúa en una bruma que distorsiona la realidad, pero en pocas horas vuelve a hacerse densa y acaba por aprisionarlo todo.
Esta cortina blanca de niebla a veces inunda nuestra vida y hace que nuestra mirada al futuro no exista más allá de los cinco primeros pasos. Si nos volvemos al pasado encontramos una perspectiva blanca. Y sólo nos deja centrarnos en este presente; en este hoy que misterioso y apasionante está coloreado de una inundación blanca que aprisiona todo empapándolo de su húmeda realidad.
Y la niebla me demuestra que aunque en un día radiante miramos el horizonte futuro o pasado viendo amaneceres o atardeceres de una belleza infinita; un día de cortina blanca me enseña la belleza misteriosa del hoy, porque al no poder levantar la vista y no existir el horizonte, mis ojos se centran en el punto donde vivo y siento en mí la humedad que me inunda hasta dentro.
Una vez más, una cortina blanca me ha enseñado que lo más apasionante y bello es el presente: real, misterioso y verdadero. Y sintiendo esas gotitas blancas en mi cara beso esta cortina eligiendo envolverme de la realidad del hoy.
Salgo de casa y esa cortina me empapa de un sudor húmedo y frío que cala hasta los huesos. Siento la humedad dentro de mí, y la cortina me envuelve.
La niebla vence al calor de un sol que no consigue atravesarla.
El paisaje no es que cambie; desaparece. Y nuestra perspectiva queda encerrada en los cinco primeros pasos. Todo existe pero está escondido bajo la cortina blanca de la niebla. Y a medida que avanzo en el caminar veo cómo de la niebla densa van surgiendo figuras, contornos y realidades a medida que me acerco a ellas.
Nace en el corazón la melancolía; y como el cuerpo, también se encoge ante la humedad y el frío. Son los días de morriña y embrujado misterio. Todo es nuevo.
Al mediodía, el sol tenue comienza a brillar y la cortina se atenúa en una bruma que distorsiona la realidad, pero en pocas horas vuelve a hacerse densa y acaba por aprisionarlo todo.
Esta cortina blanca de niebla a veces inunda nuestra vida y hace que nuestra mirada al futuro no exista más allá de los cinco primeros pasos. Si nos volvemos al pasado encontramos una perspectiva blanca. Y sólo nos deja centrarnos en este presente; en este hoy que misterioso y apasionante está coloreado de una inundación blanca que aprisiona todo empapándolo de su húmeda realidad.
Y la niebla me demuestra que aunque en un día radiante miramos el horizonte futuro o pasado viendo amaneceres o atardeceres de una belleza infinita; un día de cortina blanca me enseña la belleza misteriosa del hoy, porque al no poder levantar la vista y no existir el horizonte, mis ojos se centran en el punto donde vivo y siento en mí la humedad que me inunda hasta dentro.
Una vez más, una cortina blanca me ha enseñado que lo más apasionante y bello es el presente: real, misterioso y verdadero. Y sintiendo esas gotitas blancas en mi cara beso esta cortina eligiendo envolverme de la realidad del hoy.
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