5.1.06

El Danubio azul.

El primer día del año. Ése que es tan raro que no debería de aparecer en el calendario. Ése en el que la noche se alarga y el día es breve. Ese primer día es el de los propósitos, las ilusiones, los compromisos y los pequeños pasos.

En ese día suenan las tradiciones de un concierto de año nuevo vienés lleno de valses y polcas de la familia Strauss.

Y me recuerda aquel invierno en el que una noche atravesé el Danubio. No era un Danubio azul sino blanco en sus bordes y oscuro en sus profundidades.

El puente era largo y silencioso; y en su parte peatonal había un enrejado. Era un enrejado para permitir que la nieve no se asentase en la pasarela. Literalmente bajo mis pies corría el agua rompiendo el silencio nevado de la noche austriaca.

En la orilla derecha la nieve llegaba hasta las aguas. En el horizonte de la orilla izquierda asomaba el campanario iluminado de una iglesia blanqueada hasta la espadaña.

A medida que avanzaba en el puente dejaba atrás una orilla y permanecía suspendido totalmente sobre las aguas frías del Danubio. Y suspendido sobre la nada; oyendo y percibiendo la velocidad del agua que corría bajo mis pies sentí la música de Strauss; su Danubio Azul.

No era la música idílica que nos representamos de cisnes cruzando el agua cálida de un río que parece un lago; ni la música tranquila de un día iluminado por un sol radiante que refleja las bellezas cuasinarcisistas de Austria en el agua de su espejo azul.

Era un sonido gélido que traía el viento de las montañas nevadas y que discurría sobrevolando las aguas que corrían surcando el horizonte apagado. Y las notas del agua bajo mis pies me recordaban la inmensidad de los momentos que fulgurantes se reflejaban como pupilas encendidas en las orillas de este río majestuoso que no detenía su pensamiento ni en la oscuridad de la noche.

Y allí, en esa “soledad acompañada”, sintiendo la lejanía de las orillas de la vida; percibiendo el transcurso de mi historia; notando cómo debajo de mis pies, a unos metros bajo mi ser susurraba el sonido de mi eternidad; en medio de ese paraíso de montañas nevadas que acarician el cielo, ciudades llenas de un espíritu de cuento, en medio de ese río imperial que domina todo; sentí nostalgia por mi tierra. Era diciembre; hacía frío; era 1998. Y allí estaba yo, “an der shönen blauen Donau”, “sobre el maravilloso Danubio azul”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola jorge, soy damian el hijo de norma de castelli espero que te acuerdes de nosotros ya que nosostros si, fueron muy amabls con nosotros y la verad que se estraña la gratacompania , me encanto tu pagina , ojala pudiera tener una donde comoentar mis puntos de vista sobre el mundo, saludos damian hijo de norma de castelli que es la hija asubes de marina dearriba

Fer dijo...

Llámalo leyenda para turistas, pero en Budapest nos contaron que, si alguien no veía azul el inmenso Danubio, se debía a que no estaba enamorado. Y yo, en los estertores de una relación hoy agotada, me mordí el labio al encontrar un río marrón.
Como quiera que el mundo gira y que esas aguas del río nunca serán las mismas, hoy tengo por novia a quien, como amiga, me acompañaba cuando nos asomábamos por el Bastión de los Pescadores, la misma chica que allí aprendió a quererme sin saber lo que el tiempo nos depararía.
Hoy, definitivamente, sé que ella vio azul ese río. Lo vio por ella y por mí, y se lo sigo agradeciendo.