29.1.06

El fuego y el agua.

Aquella tarde el sol era radiante. El bosque lucía su verdor nacido de las lluvias de la primavera. Pero el amarillo del estío ganaba terreno en la ladera de la montaña.

Los ruidos de la naturaleza cortaban el silencio. Y la brisa de un viento ágil golpeaba las mejillas.

El ojo veía la perfección hecha materia.

Una chispa saltada en algún descuido hizo crujir un pequeño montón de hierbas secas que retorciéndose sobre sí mismas se estremecían doloridas.

Nació una primera llama, pequeñita, saltimbanqui, que buscó la compañía de otras pequeñas llamas, creciendo en la espesura de la belleza; escondidas entre el juego de colores naturales.

Un pequeño hilo de humo blanco creció como un árbol más en la ladera de la montaña.

En pocos minutos se divisaban llamas enormes que recorrían las copas de los árboles confundiendo el verde y ocre del bosque con el oro del calor del fuego.

Un hidroavión desde la lejanía llegó y comenzó a descargar agua marina recogida en la bahía.

Sentí el choque entre el fuego y el agua. Y noté como el fuego dejaba de ser fuego cuando sentía dentro de sí el agua, y el agua dejaba de ser agua cuando tocaba el fuego.

Aquella tarde de incendio el bosque cambió. Y aunque a la mañana siguiente el paisaje era distinto; había sido transformado por el choque entre el fuego y el agua; tenía la certeza de que desde la nada volvería a renacer lentamente el verde de las hojas.

Nuestro bosque interior está sujeto a las mismas leyes de la naturaleza: el apagado invierno de la nieve; el resurgir de la primavera; el esplendor del verano; y el ocaso del otoño.

En él, una mañana en la que nuestro saludo desde el corazón ha sido el habitual, sin quererlo, surge una chispa y se provoca el incendio. Y entonces nace esa lucha entre el fuego y el agua.

El fuego es lo imprevisto, lo incontrolable, lo que como un saltimbanqui produce estremecimiento y dudas. El fuego quema la tranquilidad y demuestra que lo inmutable cambia. Cambia los principios, las ideas, las situaciones, las comodidades, lo bello de nosotros mismos…

Y entonces, es verdad, hay que hablar también con palabras de la otra cara: del dolor, de la nada, de las manos vacías, de la soledad… También las palabras deben contar nuestra parte oscura, lo negativo que en muchas ocasiones escondemos en la espesura del verdor de nuestro bosque…

Intentamos acudir a nuestra bahía personal, allí donde nos sentimos más nosotros mismos, allí donde cada uno ponemos nuestro corazón y recoger con nuestras manos el agua.

El agua que es vida, que es descanso, que es claridad, que es transparencia.

Y en esa lucha interior, al mezclar nuestro fuego con nuestra agua; el fuego deja de ser fuego, y el agua deja de ser agua.

Esa noche, tal vez lloremos, pero en nuestra despedida desde el mismo corazón, cuando el sol nos abandona y nace la primera estrella titubeante en el cielo, mirando la ceniza aún candente en nuestro interior, nos nace la esperanza de que a la mañana siguiente, con el frescor del rocío comenzará a germinar una nueva vida verde nacida del fuego que ya no es fuego y del agua que ya no es agua.

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