Llevo dos días enteros casi sin ver el sol. Por la mañana cuando me levanto y miro tras la ventana veo una cortina blanca que no me deja ver más allá.
Salgo de casa y esa cortina me empapa de un sudor húmedo y frío que cala hasta los huesos. Siento la humedad dentro de mí, y la cortina me envuelve.
La niebla vence al calor de un sol que no consigue atravesarla.
El paisaje no es que cambie; desaparece. Y nuestra perspectiva queda encerrada en los cinco primeros pasos. Todo existe pero está escondido bajo la cortina blanca de la niebla. Y a medida que avanzo en el caminar veo cómo de la niebla densa van surgiendo figuras, contornos y realidades a medida que me acerco a ellas.
Nace en el corazón la melancolía; y como el cuerpo, también se encoge ante la humedad y el frío. Son los días de morriña y embrujado misterio. Todo es nuevo.
Al mediodía, el sol tenue comienza a brillar y la cortina se atenúa en una bruma que distorsiona la realidad, pero en pocas horas vuelve a hacerse densa y acaba por aprisionarlo todo.
Esta cortina blanca de niebla a veces inunda nuestra vida y hace que nuestra mirada al futuro no exista más allá de los cinco primeros pasos. Si nos volvemos al pasado encontramos una perspectiva blanca. Y sólo nos deja centrarnos en este presente; en este hoy que misterioso y apasionante está coloreado de una inundación blanca que aprisiona todo empapándolo de su húmeda realidad.
Y la niebla me demuestra que aunque en un día radiante miramos el horizonte futuro o pasado viendo amaneceres o atardeceres de una belleza infinita; un día de cortina blanca me enseña la belleza misteriosa del hoy, porque al no poder levantar la vista y no existir el horizonte, mis ojos se centran en el punto donde vivo y siento en mí la humedad que me inunda hasta dentro.
Una vez más, una cortina blanca me ha enseñado que lo más apasionante y bello es el presente: real, misterioso y verdadero. Y sintiendo esas gotitas blancas en mi cara beso esta cortina eligiendo envolverme de la realidad del hoy.
Salgo de casa y esa cortina me empapa de un sudor húmedo y frío que cala hasta los huesos. Siento la humedad dentro de mí, y la cortina me envuelve.
La niebla vence al calor de un sol que no consigue atravesarla.
El paisaje no es que cambie; desaparece. Y nuestra perspectiva queda encerrada en los cinco primeros pasos. Todo existe pero está escondido bajo la cortina blanca de la niebla. Y a medida que avanzo en el caminar veo cómo de la niebla densa van surgiendo figuras, contornos y realidades a medida que me acerco a ellas.
Nace en el corazón la melancolía; y como el cuerpo, también se encoge ante la humedad y el frío. Son los días de morriña y embrujado misterio. Todo es nuevo.
Al mediodía, el sol tenue comienza a brillar y la cortina se atenúa en una bruma que distorsiona la realidad, pero en pocas horas vuelve a hacerse densa y acaba por aprisionarlo todo.
Esta cortina blanca de niebla a veces inunda nuestra vida y hace que nuestra mirada al futuro no exista más allá de los cinco primeros pasos. Si nos volvemos al pasado encontramos una perspectiva blanca. Y sólo nos deja centrarnos en este presente; en este hoy que misterioso y apasionante está coloreado de una inundación blanca que aprisiona todo empapándolo de su húmeda realidad.
Y la niebla me demuestra que aunque en un día radiante miramos el horizonte futuro o pasado viendo amaneceres o atardeceres de una belleza infinita; un día de cortina blanca me enseña la belleza misteriosa del hoy, porque al no poder levantar la vista y no existir el horizonte, mis ojos se centran en el punto donde vivo y siento en mí la humedad que me inunda hasta dentro.
Una vez más, una cortina blanca me ha enseñado que lo más apasionante y bello es el presente: real, misterioso y verdadero. Y sintiendo esas gotitas blancas en mi cara beso esta cortina eligiendo envolverme de la realidad del hoy.
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