16.1.06

Mirar alto.

En la meseta había un pueblo tranquilo de veinte casas de adobes. Estaba enclavado en el centro de una llanura rodeada por una cordillera de altos montes.

El sol surgía cada mañana detrás de la montañas e iluminaba la planicie: unas veces abrasaba, otras temblaba de frío; siguiendo el curso de las estaciones.

La tierra se movía a ese ritmo monótono en el que el giro del sol marcaba el horario, los quehaceres y los trabajos. Todo variaba lentamente en la curva de este círculo vital.

Las novedades eran pequeñas, y siempre cíclicas. La tranquilidad invadía las vidas de los aldeanos. Todo giraba bajo el mismo plan vital: y sólo la novedad de una lluvia, de una ventisca o la visita de algún viajero cambiaba sutilmente el ritmo de cada día.

En la aldea había un campesino que se dedicaba a cultivar sus fincas. Conocía las llanuras como la palma de su mano y cada árbol que nacía en sus tierras era recorrido con su mirada desde el germinar hasta su madurez pasados los años. Nada se escapaba a su mirada.

Pero habitualmente soñaba con lugares extraños, horizontes inmensos y vivencias nuevas. Cada mañana se levantaba y al observar los campos miraba en lo alto la grandeza de la montaña lejana. En el invierno la veía coronada de nieve blanca; en el verano resplandecía el brillo plateado de las piedras al recibir los rayos del sol.

Una mañana se dijo que aquella montaña lejana y alta que miraba debía ser conquistada para ver aquella grandeza de cerca.

Caminó durante dos días y lo que parecía cerca era lejos. El pico que se alzaba frente a él parecía alejarse agrandándose en su mirar, hasta que a un cierto punto desapareció de su vista. Aquello que pretendía conquistar era cada vez más inalcanzable.

Sintió cansancio, impotencia, y ganas de volver a la llanura que veía cada vez más a sus pies. El pueblo se había hecho un punto en la inmensidad de aquella planicie que quedaba a su espalda.

Dudó por un momento en avanzar o retroceder a la seguridad de lo conocido. Se sentó en una roca bajo uno de los últimos árboles que había en la montaña y descansó. Miró al cielo y vio un águila que sobrevolaba por encima de su cabeza en un círculo concéntrico que le recordó su monotonía diaria. El águila siempre miraba hacia abajo, como hacia ahora él que veía en la llanura a sus pies todos los campos que cada día trabajaba; por eso su movimiento era circular como los ciclos concéntricos de la vida. Y recordó que él desde abajo siempre había aspirado a mirar hacia arriba, a la cumbre de la montaña. En este pensamiento decidió continuar su camino a fe ciega.

Siguió media hora más; una hora; tres horas… y a la vuelta de una roca apareció el vacío. Estaba en el punto más alto. Ya no se podía mirar hacia arriba sin encontrar otra cosa que cielo. Y desde allí vio la llanura, que ya no era tan inmensa, y el pueblo pequeñito en la lejanía. Miró hacia el otro horizonte y se encontró con lo inimaginable.

El cielo infinito lo dominaba todo y se mezclaba con otra masa inmensamente azul. El cielo se desdoblaba en un único horizonte donde la tierra no existía. Sintió en su cara una brisa fresca que golpeándole la mejilla le susurró suavemente: “por mirar arriba y tener la voluntad de ir más allá; ahí tienes lo más inmenso. Ante tus ojos se mezcla el cielo que veías todos los días con la inmensidad del mar”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola, Jorge:
soy txemi. Me han gustado tus relatos,de verdad y sin sobornos. Me han parecido hondos, auténticos; invitan a la reflexión y son de buen gusto literario. Cuando hay algo que decir se encuentra cómo decirlo.
Muchas gracias por compartir tus inspiraciones. Te animo a seguir escribiendo; y nosotros.. que podamos verlo.
Una brazo.
Txemi