

Esta mañana de domingo el tiempo parece que da un poco de tregua y la lluvia abandona nuestra monotonía. Hay que aprovechar los pocos rayos de sol que el invie
rno nos brinda; y aunque hace frío merece la pena salir de casa y recorrer algún camino que me saque del ruido incesante de la ciudad.Cojo el coche y en tres minutos las calles y semáforos abandonan mi camino dejándome delante una carretera estrecha que cruza pequeños pueblos periféricos. En apenas diez minutos he dejado la ciudad y me encuentro delante del muro de piedra de la presa. La carretera se eleva rápida hasta llegar a la altura del borde y puedo ver el brillo del agua que refleja los rayos del sol.
Un ciclista asciende con esfuerzo por la carretera y me cruzo con gente que pasea por la senda que bordea el pantano.

Diez minutos más tarde he recorrido los diez kilómetros que circundan las aguas, atravesando algún pequeño puente, alguna población que se funde con el agua y alguna masa forestal que despliega el aire invernal desde su corazón.
Los árboles sin hojas, casi inertes, son abrazados por enredaderas verdes que trepan por su tronco buscando la luz del sol. Así el árbol mantiene su imagen viva.
Los prados, verdes por la humedad del invierno, son mascados por un par de vacas que con un pelaje espeso soportan el frío de la noche y el hielo de la mañana.
El suelo está arañado por la sequedad y la suciedad de hojas otoñales que crujen cuando caminas sobre él. Y a la orilla del pantano, el agua en su ligero ir y venir salpica las piedras rocosas que nacen de la tierra.
Veo a mi izquierda los molinos de viento de Elguea. Alguno gira acariciando las nubes; otros permanecen inertes dibujando el perfil de la montaña. Un poco más allá, la cumbre blanqueada por la nieve brilla como un espejo en el horizonte.
Cruzo los badenes de la carretera y giro a la izquierda internándome en la fría llanada alavesa. A mi izquierda los montes que predicen el confín guipuzcoano, al fondo a la derecha el comienzo de la sierra de Urbasa; y en medio el pasillo que conduce hasta Navarra.
Los campos están baldíos; han dado ya su fruto y esperan ser arañados por el arado para remover sus entrañas y prepararse para el nuevo ciclo de siembra.
Doy media vuelta y a lo lejos, acercándose rápidamente vuelve el perfil urbano de la ciudad. Han sido treinta kilómetros perdido en la cercanía de lo lejano.

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