“Maestro, he probado a conocerme a mí mismo y a encontrar en los ojos de los demás el reflejo de mi felicidad, pero, ¿es esto lo que me hace grande?”
El maestro se sentó en una piedra y mientras la gente pasaba delante le dijo al discípulo: “Haz este ejercicio, siéntate en una piedra y mira a todo el mundo que pasa; así encontrarás tú grandeza”.
El maestro se alejó en el horizonte dejando al discípulo al borde del camino sentado en la piedra donde había estado el sabio.
El primero que pasó fue un niño saltando y correteando. Se paró ante el discípulo y le sonrió límpidamente. “Este niño tiene la ingenuidad que yo ya perdí hace tiempo; tiene la alegría de la inocencia y las energías concentradas de los primeros años. No me parezco a él”.
Después pasó una anciana. Se apoyaba en una vara de leña y sus pasos eran cortos y pesados. No se detuvo ante el desconocido y con lentitud se alejó en la lejanía. “Esta anciana tiene en sus espaldas el peso de su historia, por eso avanza lentamente. No le sorprenden los extraños, porque en su vida ya ha vivido todo. Y tiene en sus ojos la experiencia de la edad. Yo no me parezco a ella”.
Después pasaron dos jóvenes hablando entre sí. Llevaban paso ligero y apenas intercambiaron un saludo escueto con el desconocido que sentando en la piedra les miraba. “Van aprisa porque las ocupaciones son muchas. Aprovechan a hablar en el camino de aquello que les preocupa. Y tienen claro su destino. Yo no me parezco a ellos”.
Más tarde pasó un extranjero. Era de otro color y al pasar a su altura le saludó en una lengua extraña. “Este hombre dejó su tierra, su cultura y se adentró en un mundo nuevo y desconocido por un deseo. Y aunque sepa que no le entiendo es capaz de saludarme porque se esfuerza no en partir de su orilla sino en llegar a la mía. Yo no me parezco a él”.
En la lejanía vio acercarse al maestro y pensó: “Quisiera ser como él. Pero él posee la sabiduría y yo la ignorancia; él la respuesta y yo la pregunta. Yo no soy cómo él”.
El maestro le preguntó por lo que había visto y pensado y el discípulo le contó sus leves encuentros en el camino.
El anciano maestro, se sentó en otra piedra que había en el camino y le dijo: “Alégrate, amigo mío, porque has descubierto tu propia grandeza. Cuando yo me fui te sentaste en mi piedra, cuando tenías que haber buscado la tuya. Para encontrar tu grandeza, no te busques en la comparación con los demás: sé tú mismo”.
27.2.06
23.2.06
Conócete a ti mismo.
Una tarde, paseando por las laderas de la Acrópolis, el discípulo le preguntó al maestro sobre la razón de la felicidad.
El maestro con serenidad le miró a los ojos y le dijo: “Amado discípulo, siempre me preguntas sobre las cuestiones transcendentales de la vida. Te diré que son preguntas fundamentales. Pero lo importante es encontrar las respuestas en uno mismo.”
“Conócete a ti mismo”.
Y el discípulo se retiró a su casa, buscando el silencio interior en el que conocerse por dentro y descubrir en el fondo del corazón la fuente de la felicidad.
A los pocos días, en el reencuentro con el maestro, éste le preguntó por la experiencia hecha y el discípulo con cierta nostalgia le respondió:
“Maestro, lo intenté, pero al poco tiempo, llegó a mi casa un compañero y me pidió consejo sobre una elección, y estuve hablando con él toda la tarde”.
“A la mañana siguiente, me disponía a entrar en silencio, cuando tuve que ir al mercado a ayudar en la instalación de un puesto de vasijas de barro”
“Por la tarde fui al puerto a despedir a un familiar que embarcaba”.
“Así que no he podido entrar en el silencio de mi interior para conocerme”.
El maestro sonrió y, dando unos golpes en la espalda a su discípulo, le dijo cariñosamente: “te has conocido más de lo que tú te crees. No por silenciar todo a tu alrededor y esquivar el mundo que te rodea te vas a conocer. Tú eres acto; y acto realizado; y es en ese acto realizado donde puedes llegar a intuirte”.
“Aprende una cosa, querido amigo: cuando quieras ver tu corazón, mírate reflejado en las pupilas de quien tengas a tu lado”.
El maestro con serenidad le miró a los ojos y le dijo: “Amado discípulo, siempre me preguntas sobre las cuestiones transcendentales de la vida. Te diré que son preguntas fundamentales. Pero lo importante es encontrar las respuestas en uno mismo.”
“Conócete a ti mismo”.
Y el discípulo se retiró a su casa, buscando el silencio interior en el que conocerse por dentro y descubrir en el fondo del corazón la fuente de la felicidad.
A los pocos días, en el reencuentro con el maestro, éste le preguntó por la experiencia hecha y el discípulo con cierta nostalgia le respondió:
“Maestro, lo intenté, pero al poco tiempo, llegó a mi casa un compañero y me pidió consejo sobre una elección, y estuve hablando con él toda la tarde”.
“A la mañana siguiente, me disponía a entrar en silencio, cuando tuve que ir al mercado a ayudar en la instalación de un puesto de vasijas de barro”
“Por la tarde fui al puerto a despedir a un familiar que embarcaba”.
“Así que no he podido entrar en el silencio de mi interior para conocerme”.
El maestro sonrió y, dando unos golpes en la espalda a su discípulo, le dijo cariñosamente: “te has conocido más de lo que tú te crees. No por silenciar todo a tu alrededor y esquivar el mundo que te rodea te vas a conocer. Tú eres acto; y acto realizado; y es en ese acto realizado donde puedes llegar a intuirte”.
“Aprende una cosa, querido amigo: cuando quieras ver tu corazón, mírate reflejado en las pupilas de quien tengas a tu lado”.
20.2.06
La gota de agua.
El montañero bajaba de la cumbre en la que había visto el horizonte inmenso de la llanura. En la cima soplaba el viento y un águila sobrevolaba las alturas. Abajo, en la llanura se veía la ciudad germinada con pequeñas poblaciones a su alrededor. Y cruzando la meseta el río que giraba contorneándose en calma y paz.
El sol calentaba y la sed se sentía en la boca. Bajando el montañero pensaba en el manantial que nacía entre unas rocas en la ladera sur de la colina.
A pasos acelerados buscó el agua que le saciaría la sed del camino. En pocos minutos encontró la fuente que manaba del corazón de la montaña palpitando borbotoneante entre dos pequeñas rocas. Salía el agua constante pero con ligeros impulsos. El montañero acercó su boca sedienta y calmó sus ansias en la fría agua límpida que nacía de entre la tierra.
El agua caprichosa saltaba entre unas rocas y tras tomar el suelo se deslizaba veloz ladera abajo; seguramente unida a otros muchos manantiales formaría un cauce de un arroyo que encontraría la paz definitiva en el diluirse en el tranquilo y ancho río de la meseta.
El caminante quiso encontrar el origen del agua, pero no había un más allá de aquel resurgir a borbotones entre las dos piedras.
Pero en la pared rocosa de la montaña encontró una pequeña hondonada en la que surgía la oscuridad. Dentro de la oscuridad estaba el silencio roto por un sonido acompasado de agua que chocaba contra la piedra.
Descubrió que allí en el borde se acumulaba una cierta humedad y que esa humedad se agrandaba hasta formar una gota de agua que pesada se soltaba de la pared y venía a caer al suelo rocoso.
Sonó el compás de la gota que dejaba de existir en su choque contra la piedra.
Y de nuevo la humedad se condensaba en una gota que pesante se volvió a deslizar hasta dejar de existir en un nuevo choque contra la piedra.
Era un ritmo perfectamente marcado de creación, desliz, choque y dejar de existir.
Por tercera vez vio hasta escuchar todo el ciclo completo del agua y pensó que qué efímera era la existencia de esa gota que se creaba en la humedad para dejar de existir poco después en la dureza de la roca.
Sin embargo algo le llamó la atención en la planicie de la roca. Había una hendidura en la que cabía su dedo índice hasta casi hacerlo desaparecer. “Curioso capricho de la naturaleza. ¿Quién habrá tenido la fuerza para romper la forma dura de la roca?”
En ese instante sintió en su mano la caída libre de una nueva gota. Apartó la mano y se dio cuenta que las gotas en su efímera existencia caían precisamente en ese agujero que tenía la roca. Miró para arriba y una nueva humedad condensada hacía que una nueva gota se precipitara ruidosa y rítmica hacia la roca que se había rendido a la constancia de aquello que aparentaba ser efímero.
El sol calentaba y la sed se sentía en la boca. Bajando el montañero pensaba en el manantial que nacía entre unas rocas en la ladera sur de la colina.
A pasos acelerados buscó el agua que le saciaría la sed del camino. En pocos minutos encontró la fuente que manaba del corazón de la montaña palpitando borbotoneante entre dos pequeñas rocas. Salía el agua constante pero con ligeros impulsos. El montañero acercó su boca sedienta y calmó sus ansias en la fría agua límpida que nacía de entre la tierra.
El agua caprichosa saltaba entre unas rocas y tras tomar el suelo se deslizaba veloz ladera abajo; seguramente unida a otros muchos manantiales formaría un cauce de un arroyo que encontraría la paz definitiva en el diluirse en el tranquilo y ancho río de la meseta.
El caminante quiso encontrar el origen del agua, pero no había un más allá de aquel resurgir a borbotones entre las dos piedras.
Pero en la pared rocosa de la montaña encontró una pequeña hondonada en la que surgía la oscuridad. Dentro de la oscuridad estaba el silencio roto por un sonido acompasado de agua que chocaba contra la piedra.
Descubrió que allí en el borde se acumulaba una cierta humedad y que esa humedad se agrandaba hasta formar una gota de agua que pesada se soltaba de la pared y venía a caer al suelo rocoso.
Sonó el compás de la gota que dejaba de existir en su choque contra la piedra.
Y de nuevo la humedad se condensaba en una gota que pesante se volvió a deslizar hasta dejar de existir en un nuevo choque contra la piedra.
Era un ritmo perfectamente marcado de creación, desliz, choque y dejar de existir.
Por tercera vez vio hasta escuchar todo el ciclo completo del agua y pensó que qué efímera era la existencia de esa gota que se creaba en la humedad para dejar de existir poco después en la dureza de la roca.
Sin embargo algo le llamó la atención en la planicie de la roca. Había una hendidura en la que cabía su dedo índice hasta casi hacerlo desaparecer. “Curioso capricho de la naturaleza. ¿Quién habrá tenido la fuerza para romper la forma dura de la roca?”
En ese instante sintió en su mano la caída libre de una nueva gota. Apartó la mano y se dio cuenta que las gotas en su efímera existencia caían precisamente en ese agujero que tenía la roca. Miró para arriba y una nueva humedad condensada hacía que una nueva gota se precipitara ruidosa y rítmica hacia la roca que se había rendido a la constancia de aquello que aparentaba ser efímero.
17.2.06
Los dos centímetros más grandes.
Cuando pasas unos días en Roma, no puedes dejar de gozar con ciertas maravillas que sólo la ciudad maravillosamente eterna puede hacerte gustar.
Una de esas maravillas es la capilla Sixtina. Famosa y conocida en todo el mundo, no deja nunca de sorprenderme. Vista por fuera es un edificio más dentro de los imponentes palacios vaticanos; y ciertamente pasa desapercibido ante la majestuosidad de la Basílica de San Pedro.
Pero cuando entras en su interior y por su pequeña puerta del altar accedes a esa nave, te quedas maravillado ante tal inmensidad de belleza. Miguel Ángel plasmó en los muros la belleza realizada en pintura.
El altar mayor con la escena del juicio siempre impresiona y sobrecoge a unos ojos inquietados por la tensión del acto.
Y la bóveda diseñada con escenas bíblicas te hace sentir inmensamente pequeño ante tal milagro de la mano humana.
Pero, siempre que entro en ese recinto abarrotado de personas siento la sensación de soledad y diálogo trascendente. Es la soledad acompañada en la que nada de tu entorno te molesta y entras en un silencio interior mezcla de sobrecogimiento, respeto, alegría y felicidad.
Y entre todas las escenas, mis ojos buscan en las alturas el momento en el que Miguel Ángel plasmó la creación. Y cada vez que veo esas paredes manchadas por la sabiduría me encuentro con el misterio del dedo de Dios.
Es magnífica la manera en el que el artista florentino plasmó la relación entre lo divino y lo humano. La mano de Dios que en tensión se acerca a la mano flácida pero llena de esperanza del hombre. Y en ese momento de relación de lo imposible, se encuentra el secreto de la vida humana.
“Dios formó al hombre con barro del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y así el hombre se convirtió en un ser viviente”. (Gn 2, 7)
Dios Creador hace brotar de la nada el algo; y de lo inerte hace nacer la vida; y de la vida hace nacer al hombre. Y en ese gesto de acercar su dedo índice hacia la mano inerte del ser humano transmite el poder de la vida y da el “aliento” vital. Toda su tensión creadora es transmitida al hombre para que siga su tarea en la naturaleza.
Pero hay todavía un secreto que me asombra. El dedo de Dios transmite toda su fuerza a aquello que es “su imagen y semejanza”, pero no lo toca, porque en esos dos centímetros de pintura que separan el dedo de Dios del dedo de Adán se abre el abismo que separa lo divino y lo humano, lo infinito y lo finito, lo perenne y lo caduco.
Son los dos centímetros de piedra que Miguel Ángel, en su genialidad, dedicó al misterio más grande que posibilita la libertad del hombre para reconocer a su creador como el Dios de su vida o ignorarlo.
Son los dos centímetros de vacío que Dios quiso en la creación.
Una de esas maravillas es la capilla Sixtina. Famosa y conocida en todo el mundo, no deja nunca de sorprenderme. Vista por fuera es un edificio más dentro de los imponentes palacios vaticanos; y ciertamente pasa desapercibido ante la majestuosidad de la Basílica de San Pedro.
Pero cuando entras en su interior y por su pequeña puerta del altar accedes a esa nave, te quedas maravillado ante tal inmensidad de belleza. Miguel Ángel plasmó en los muros la belleza realizada en pintura.
El altar mayor con la escena del juicio siempre impresiona y sobrecoge a unos ojos inquietados por la tensión del acto.
Y la bóveda diseñada con escenas bíblicas te hace sentir inmensamente pequeño ante tal milagro de la mano humana.
Pero, siempre que entro en ese recinto abarrotado de personas siento la sensación de soledad y diálogo trascendente. Es la soledad acompañada en la que nada de tu entorno te molesta y entras en un silencio interior mezcla de sobrecogimiento, respeto, alegría y felicidad.
Y entre todas las escenas, mis ojos buscan en las alturas el momento en el que Miguel Ángel plasmó la creación. Y cada vez que veo esas paredes manchadas por la sabiduría me encuentro con el misterio del dedo de Dios.
Es magnífica la manera en el que el artista florentino plasmó la relación entre lo divino y lo humano. La mano de Dios que en tensión se acerca a la mano flácida pero llena de esperanza del hombre. Y en ese momento de relación de lo imposible, se encuentra el secreto de la vida humana.
“Dios formó al hombre con barro del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y así el hombre se convirtió en un ser viviente”. (Gn 2, 7)
Dios Creador hace brotar de la nada el algo; y de lo inerte hace nacer la vida; y de la vida hace nacer al hombre. Y en ese gesto de acercar su dedo índice hacia la mano inerte del ser humano transmite el poder de la vida y da el “aliento” vital. Toda su tensión creadora es transmitida al hombre para que siga su tarea en la naturaleza.
Pero hay todavía un secreto que me asombra. El dedo de Dios transmite toda su fuerza a aquello que es “su imagen y semejanza”, pero no lo toca, porque en esos dos centímetros de pintura que separan el dedo de Dios del dedo de Adán se abre el abismo que separa lo divino y lo humano, lo infinito y lo finito, lo perenne y lo caduco.
Son los dos centímetros de piedra que Miguel Ángel, en su genialidad, dedicó al misterio más grande que posibilita la libertad del hombre para reconocer a su creador como el Dios de su vida o ignorarlo.
Son los dos centímetros de vacío que Dios quiso en la creación.
13.2.06
Los reflejos de la belleza.
En esta semana de calma y descanso, pero a la vez de emociones intensas, he vivido dos momentos curiosos que me han traído a la mente mi concepto de belleza.
Me doy cuenta que la belleza me emociona y me extasía. Y encuentro esa belleza en la naturaleza que caprichosa es tocada por el dedo de Dios en puntos concretos de lo existente.
Basta encontrar esos puntos y estar con los ojos abiertos para descubrir ese hilo que une lo imperfecto con lo perfecto; lo finito con lo infinito y lo increíble con lo creíble.
Una de estas tardes, paseando por la eterna Roma, con los ojos llenos de la grandeza construida por el hombre a través de los siglos, crucé un puente sobre el Tíber. El cielo italiano oscurece antes que el nuestro y los colores cambian a otro ritmo. Levanté la mirada para observar el río y descubrí en la lejanía la imponente cúpula blanquecina de San Pedro. El perfil del río era bordeado por árboles que dibujaban el camino a mis ojos hasta el castillo de San Ángel. El cielo oscurecía y los colores cambiaban desde el azul celeste del día hasta el anaranjado y apagado del atardecer. Y todo el conjunto, reflejado en las tranquilas aguas del Tíber hacían realidad material la belleza.
Algún día más tarde estaba en Florencia y desde la plaza de Miguel Ángel disfruté de otro atardecer en el que el sol manchaba la silueta de la ciudad que estaba a mis pies. La cúpula roja de la catedral florentina se desdibujaba con los colores del ocaso; el palacio de la Señoría era como una lanza que se hundía en un cielo que cambiaba a cada instante; el Puente Viejo acariciaba un sol que sangraba en el horizonte. Y junto a todo ello, otro río, el Arno, serpenteante, reflejaba los sentimientos de color.
Recuerdo la historia del niño que pregunta al padre el por qué de lo rojizo de un sol de atardecer. El padre le contesta que la razón de todo ello es porque existe la belleza. Yo esta semana, disfrutando de esta belleza realizada del mismo sol rojo en dos atardeceres distintos pensé: “La belleza cuando se refleja en el agua de nuestra alma es más belleza”.
Me doy cuenta que la belleza me emociona y me extasía. Y encuentro esa belleza en la naturaleza que caprichosa es tocada por el dedo de Dios en puntos concretos de lo existente.
Basta encontrar esos puntos y estar con los ojos abiertos para descubrir ese hilo que une lo imperfecto con lo perfecto; lo finito con lo infinito y lo increíble con lo creíble.
Una de estas tardes, paseando por la eterna Roma, con los ojos llenos de la grandeza construida por el hombre a través de los siglos, crucé un puente sobre el Tíber. El cielo italiano oscurece antes que el nuestro y los colores cambian a otro ritmo. Levanté la mirada para observar el río y descubrí en la lejanía la imponente cúpula blanquecina de San Pedro. El perfil del río era bordeado por árboles que dibujaban el camino a mis ojos hasta el castillo de San Ángel. El cielo oscurecía y los colores cambiaban desde el azul celeste del día hasta el anaranjado y apagado del atardecer. Y todo el conjunto, reflejado en las tranquilas aguas del Tíber hacían realidad material la belleza.
Algún día más tarde estaba en Florencia y desde la plaza de Miguel Ángel disfruté de otro atardecer en el que el sol manchaba la silueta de la ciudad que estaba a mis pies. La cúpula roja de la catedral florentina se desdibujaba con los colores del ocaso; el palacio de la Señoría era como una lanza que se hundía en un cielo que cambiaba a cada instante; el Puente Viejo acariciaba un sol que sangraba en el horizonte. Y junto a todo ello, otro río, el Arno, serpenteante, reflejaba los sentimientos de color.
Recuerdo la historia del niño que pregunta al padre el por qué de lo rojizo de un sol de atardecer. El padre le contesta que la razón de todo ello es porque existe la belleza. Yo esta semana, disfrutando de esta belleza realizada del mismo sol rojo en dos atardeceres distintos pensé: “La belleza cuando se refleja en el agua de nuestra alma es más belleza”.
6.2.06
Scendi dentro / Desciende dentro.
(pensamiento desde una canción)
Questione di un attimo, un salto nel vuoto!
La piccola scintilla può accendere un gran fuoco,
lo sguardo tagliente già vuol dire lotta,
un saluto semplice ti apre ogni porta.
Es sólo un momento, un salto en el vacío.
Una pequeña llama puede encender un gran fuego.
La mirada cortante te llama a la lucha.
Un saludo transparente te abre cada puerta.
Un giro di pagina, un lampo di tempo!
Un solo passo avanti e voli con il vento,
un solo tramonto riflessi infiniti,
una lacrima ti dà una pioggia di sorrisi.
Un giro de página, un rayo de tiempo.
Un solo paso adelante y vuelas con el viento.
Un solo ocaso, reflejos infinitos.
Una lágrima te da una lluvia de sonrisas.
Scendi dentro la tua libertà,
sciogli i nodi che la legano,
cendi dentro in profondità:
quest’attimo è una perla stretta fra le dita.
Desciende dentro de tu libertad.
Desata los nudos que la atan.
Desciende dentro de la profundidad.
Este instante es una perla cogida entre los dedos.
Scendi dentro la tua libertà,
sciogli i nodi che la legano,
scendi dentro in profondità:
regala un soffio d’aria pura alla tua vita.
Desciende dentro de tu libertad.
Desata los nudos que la atan.
Desciende dentro de la profundidad.
Regala a tu vida un soplo de aire limpio.
Un battito d’occhio, un guizzo solare!
Un sorso d’acqua pura può spalancarti il mare,
un chicco nel solco distese di grano,
una voce sveglierà mille echi da lontano.
Un abrir y cerrar de ojos, un guiño solar.
Un sorbo de agua pura puede hacerte degustar el mar.
Un grano de trigo se deshará en el surco.
Una voz despertará mil ecos desde la lejanía.
Las pequeñas cosas son cosas grandes. Los contrastes son siempre realidades.
Es sólo un instante pero a la vez un inmenso salto en el vacío. Es sólo una pequeña llama pero un incendio en potencia. La diferencia entre la guerra, la indiferencia o un corazón abierto es una mirada cortante o un simple saludo amable.
Cuando la vida cambia es un giro en la historia; pero a la vez ha sido un solo relámpago de luz, un instante de tiempo. Los pequeños pasos me hacen volar como el viento. Miro el sol ocultándose en el mar y me extasío en un atardecer, y ese instante fugaz de sólo unos minutos es a la vez un cúmulo de reflejos infinitos.
Un abrir y cerrar de ojos, un guiño que hace el sol. Un hilo de agua que baja entre las piedras pero que acabará convirtiéndose en la inmensidad del mar. Un grito fugaz provoca ecos que llegan desde la pared lejana de la montaña.
En los pequeños instantes de soledad intento descender profundamente a mi interior. Y allí me encuentro libre; sin ataduras; sin fachadas. Los nudos de lo marcado se han deshecho y soy yo mismo. En ese momento siento el aire puro que acaricia mi alma, y siento mi sangre llenando mi corazón que late. Y vivo el momento precioso, esa perla que tengo en mis manos, brillando entre mis dedos.
El vuelo.
Hoy es lunes. Pero no es un lunes cualquiera. Es mi primer lunes vacío del año, en el que la obligación no existe. Mi vida fluye rápida en las ocupaciones, y la llegada de las vacaciones es una ruptura de la monotonía.
De las aves, se suele hablar de su vuelo en libertad. Nosotros, hombres sin alas, siempre hemos mirado al cielo intentando conquistar esa misma libertad.
Hoy es lunes. Y cuando el sol esté en lo más alto del mediodía, volaré dejando abajo la tierra pequeñita y cruzaré las nubes que como algodones milagrosamente se sujetan en las alturas.
Y curiosamente, tras esa primera barrera de nubes, el cielo es siempre azul.
Hoy es lunes y volaré.
Y en ese escándalo maravilloso de la técnica sobrevolaré y veré desde lo alto mi tierra. Admiraré su belleza desde otra perspectiva. Sentiré que mi mundo monótono y habitual es un puntito más en la inmensidad de la tierra.
Todavía recuerdo la última vez en la que desde la misma perspectiva vi abajo el mar que baña la bahía donostiarra, los valles guipuzcoanos y la llanada alavesa. Todo en una misma y única mirada desde lo alto.
En un par de horas todo será distinto, porque volveré a tomar perspectiva de nueva tierra; otra costa, otras montañas que nacen desde el mar. Seguramente encontraré en la inmensidad del paisaje la montaña volcánica de Castelgandolfo que guarda en lo alto su pequeño espejo de agua. Y la ciudad que llaman eterna se acercará hasta que la toque con mis pies y con mis manos. Respiraré el mismo aire de siempre, pero mis oídos escucharán otra lengua.
Miraré lugares ya vistos y sentiré recuerdos lejanos pero presentes en mi memoria y en mi corazón.
Tal vez me emocione. Pero sentir en mi cara el aire romano, beber el agua en sus calles, oír el rumor de la gente y el tráfico, oler su peculiar mezcla de olores, ver su colorido de piedras manchadas por el tiempo… me hará revivir aquello que un día viví.
Hoy es lunes; pero este lunes no sonará a lunes, sino que su música es la de un día especial, perché oggi saró a Roma.
De las aves, se suele hablar de su vuelo en libertad. Nosotros, hombres sin alas, siempre hemos mirado al cielo intentando conquistar esa misma libertad.
Hoy es lunes. Y cuando el sol esté en lo más alto del mediodía, volaré dejando abajo la tierra pequeñita y cruzaré las nubes que como algodones milagrosamente se sujetan en las alturas.
Y curiosamente, tras esa primera barrera de nubes, el cielo es siempre azul.
Hoy es lunes y volaré.
Y en ese escándalo maravilloso de la técnica sobrevolaré y veré desde lo alto mi tierra. Admiraré su belleza desde otra perspectiva. Sentiré que mi mundo monótono y habitual es un puntito más en la inmensidad de la tierra.
Todavía recuerdo la última vez en la que desde la misma perspectiva vi abajo el mar que baña la bahía donostiarra, los valles guipuzcoanos y la llanada alavesa. Todo en una misma y única mirada desde lo alto.
En un par de horas todo será distinto, porque volveré a tomar perspectiva de nueva tierra; otra costa, otras montañas que nacen desde el mar. Seguramente encontraré en la inmensidad del paisaje la montaña volcánica de Castelgandolfo que guarda en lo alto su pequeño espejo de agua. Y la ciudad que llaman eterna se acercará hasta que la toque con mis pies y con mis manos. Respiraré el mismo aire de siempre, pero mis oídos escucharán otra lengua.
Miraré lugares ya vistos y sentiré recuerdos lejanos pero presentes en mi memoria y en mi corazón.
Tal vez me emocione. Pero sentir en mi cara el aire romano, beber el agua en sus calles, oír el rumor de la gente y el tráfico, oler su peculiar mezcla de olores, ver su colorido de piedras manchadas por el tiempo… me hará revivir aquello que un día viví.
Hoy es lunes; pero este lunes no sonará a lunes, sino que su música es la de un día especial, perché oggi saró a Roma.
2.2.06
La ventana.
Esta mañana cuando me desperté, casi impulsivamente, fui a abrir la ventana. Me di cuenta del frío que entraba en la habitación; como una bocanada de aire nuevo que había recorrido el mundo en la noche.
Pero mis ojos se fijaron en una pregunta: ¿hacia dónde abren las ventanas?
Comencé a recordar mis ventanas habituales y conseguí reflejar en mi mente el movimiento instintivo que hago al abrirlas. Siempre hacia dentro.
Siempre cojo las hojas y las arrastro al interior, acompañándome. Decididamente mis ventanas abren siempre hacia dentro.
El cristal invade el interior de mi habitación y deja entrar el aire del exterior. Entra también la luz iluminando el interior.
La ventana está hecha pensando desde dentro.
Y sin embargo, me gustan las ventanas que abren hacia fuera. Me gustan esas ventanas con contraventana de madera antigua que tienes que esforzarte para empujarlas hacia fuera y que con cierta dificultad anclas a la pared exterior con unas abrazaderas que las sujetan al muro para que no las cierre el viento.
Normalmente son ventanas antiguas, en casas antiguas. Ventanas de colores que se abren al exterior e inundan la perspectiva vista desde fuera, y en las que la propia ventana una vez abierta desaparece desde la mirada interior. Entonces te asomas y ves únicamente la belleza exterior.
Esas son ventanas hechas pensando desde fuera. Y sinceramente me gustan más que las habituales.
Una ventana que se abre hacia dentro empuja a vivir dentro, a sentir esa invasión exterior desde dentro, a permanecer en la vida de dentro controlando lo que nos viene de fuera.
Una ventana que se abre hacia fuera empuja a salir, a lanzarse hacia el exterior, olvidar lo de dentro y abrazar esa luz que brilla fuera.
Nuestras ventanas personales deberían abrir hacia fuera, aunque normalmente abren hacia dentro.
Después están también las ventanas que permanecen siempre cerradas; las ventanas que viven soportando un enrejado terrible. ¡Qué falsedad! ¡Ventanas inútiles!
Y últimamente se imponen las ventanas correderas. Ventanas de diseño y comodidad. Las que no abren ni para adentro ni para afuera. Es lógico; también, como en otras muchas cosas, ¡han nacido las ventanas mediocres e insustanciales!
Hoy, al despertar y hacer ese acto reflejo de abrir mi ventana, me pregunto sintiendo el frío en la cara: ¿qué ventana quiero que tenga mi habitación?
Pero mis ojos se fijaron en una pregunta: ¿hacia dónde abren las ventanas?
Comencé a recordar mis ventanas habituales y conseguí reflejar en mi mente el movimiento instintivo que hago al abrirlas. Siempre hacia dentro.
Siempre cojo las hojas y las arrastro al interior, acompañándome. Decididamente mis ventanas abren siempre hacia dentro.
El cristal invade el interior de mi habitación y deja entrar el aire del exterior. Entra también la luz iluminando el interior.
La ventana está hecha pensando desde dentro.
Y sin embargo, me gustan las ventanas que abren hacia fuera. Me gustan esas ventanas con contraventana de madera antigua que tienes que esforzarte para empujarlas hacia fuera y que con cierta dificultad anclas a la pared exterior con unas abrazaderas que las sujetan al muro para que no las cierre el viento.
Normalmente son ventanas antiguas, en casas antiguas. Ventanas de colores que se abren al exterior e inundan la perspectiva vista desde fuera, y en las que la propia ventana una vez abierta desaparece desde la mirada interior. Entonces te asomas y ves únicamente la belleza exterior.
Esas son ventanas hechas pensando desde fuera. Y sinceramente me gustan más que las habituales.
Una ventana que se abre hacia dentro empuja a vivir dentro, a sentir esa invasión exterior desde dentro, a permanecer en la vida de dentro controlando lo que nos viene de fuera.
Una ventana que se abre hacia fuera empuja a salir, a lanzarse hacia el exterior, olvidar lo de dentro y abrazar esa luz que brilla fuera.
Nuestras ventanas personales deberían abrir hacia fuera, aunque normalmente abren hacia dentro.
Después están también las ventanas que permanecen siempre cerradas; las ventanas que viven soportando un enrejado terrible. ¡Qué falsedad! ¡Ventanas inútiles!
Y últimamente se imponen las ventanas correderas. Ventanas de diseño y comodidad. Las que no abren ni para adentro ni para afuera. Es lógico; también, como en otras muchas cosas, ¡han nacido las ventanas mediocres e insustanciales!
Hoy, al despertar y hacer ese acto reflejo de abrir mi ventana, me pregunto sintiendo el frío en la cara: ¿qué ventana quiero que tenga mi habitación?
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