Una tarde, paseando por las laderas de la Acrópolis, el discípulo le preguntó al maestro sobre la razón de la felicidad.
El maestro con serenidad le miró a los ojos y le dijo: “Amado discípulo, siempre me preguntas sobre las cuestiones transcendentales de la vida. Te diré que son preguntas fundamentales. Pero lo importante es encontrar las respuestas en uno mismo.”
“Conócete a ti mismo”.
Y el discípulo se retiró a su casa, buscando el silencio interior en el que conocerse por dentro y descubrir en el fondo del corazón la fuente de la felicidad.
A los pocos días, en el reencuentro con el maestro, éste le preguntó por la experiencia hecha y el discípulo con cierta nostalgia le respondió:
“Maestro, lo intenté, pero al poco tiempo, llegó a mi casa un compañero y me pidió consejo sobre una elección, y estuve hablando con él toda la tarde”.
“A la mañana siguiente, me disponía a entrar en silencio, cuando tuve que ir al mercado a ayudar en la instalación de un puesto de vasijas de barro”
“Por la tarde fui al puerto a despedir a un familiar que embarcaba”.
“Así que no he podido entrar en el silencio de mi interior para conocerme”.
El maestro sonrió y, dando unos golpes en la espalda a su discípulo, le dijo cariñosamente: “te has conocido más de lo que tú te crees. No por silenciar todo a tu alrededor y esquivar el mundo que te rodea te vas a conocer. Tú eres acto; y acto realizado; y es en ese acto realizado donde puedes llegar a intuirte”.
“Aprende una cosa, querido amigo: cuando quieras ver tu corazón, mírate reflejado en las pupilas de quien tengas a tu lado”.
23.2.06
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