20.2.06

La gota de agua.

El montañero bajaba de la cumbre en la que había visto el horizonte inmenso de la llanura. En la cima soplaba el viento y un águila sobrevolaba las alturas. Abajo, en la llanura se veía la ciudad germinada con pequeñas poblaciones a su alrededor. Y cruzando la meseta el río que giraba contorneándose en calma y paz.

El sol calentaba y la sed se sentía en la boca. Bajando el montañero pensaba en el manantial que nacía entre unas rocas en la ladera sur de la colina.

A pasos acelerados buscó el agua que le saciaría la sed del camino. En pocos minutos encontró la fuente que manaba del corazón de la montaña palpitando borbotoneante entre dos pequeñas rocas. Salía el agua constante pero con ligeros impulsos. El montañero acercó su boca sedienta y calmó sus ansias en la fría agua límpida que nacía de entre la tierra.

El agua caprichosa saltaba entre unas rocas y tras tomar el suelo se deslizaba veloz ladera abajo; seguramente unida a otros muchos manantiales formaría un cauce de un arroyo que encontraría la paz definitiva en el diluirse en el tranquilo y ancho río de la meseta.

El caminante quiso encontrar el origen del agua, pero no había un más allá de aquel resurgir a borbotones entre las dos piedras.

Pero en la pared rocosa de la montaña encontró una pequeña hondonada en la que surgía la oscuridad. Dentro de la oscuridad estaba el silencio roto por un sonido acompasado de agua que chocaba contra la piedra.
Descubrió que allí en el borde se acumulaba una cierta humedad y que esa humedad se agrandaba hasta formar una gota de agua que pesada se soltaba de la pared y venía a caer al suelo rocoso.

Sonó el compás de la gota que dejaba de existir en su choque contra la piedra.

Y de nuevo la humedad se condensaba en una gota que pesante se volvió a deslizar hasta dejar de existir en un nuevo choque contra la piedra.

Era un ritmo perfectamente marcado de creación, desliz, choque y dejar de existir.

Por tercera vez vio hasta escuchar todo el ciclo completo del agua y pensó que qué efímera era la existencia de esa gota que se creaba en la humedad para dejar de existir poco después en la dureza de la roca.

Sin embargo algo le llamó la atención en la planicie de la roca. Había una hendidura en la que cabía su dedo índice hasta casi hacerlo desaparecer. “Curioso capricho de la naturaleza. ¿Quién habrá tenido la fuerza para romper la forma dura de la roca?”

En ese instante sintió en su mano la caída libre de una nueva gota. Apartó la mano y se dio cuenta que las gotas en su efímera existencia caían precisamente en ese agujero que tenía la roca. Miró para arriba y una nueva humedad condensada hacía que una nueva gota se precipitara ruidosa y rítmica hacia la roca que se había rendido a la constancia de aquello que aparentaba ser efímero.

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