Esta mañana cuando me desperté, casi impulsivamente, fui a abrir la ventana. Me di cuenta del frío que entraba en la habitación; como una bocanada de aire nuevo que había recorrido el mundo en la noche.
Pero mis ojos se fijaron en una pregunta: ¿hacia dónde abren las ventanas?
Comencé a recordar mis ventanas habituales y conseguí reflejar en mi mente el movimiento instintivo que hago al abrirlas. Siempre hacia dentro.
Siempre cojo las hojas y las arrastro al interior, acompañándome. Decididamente mis ventanas abren siempre hacia dentro.
El cristal invade el interior de mi habitación y deja entrar el aire del exterior. Entra también la luz iluminando el interior.
La ventana está hecha pensando desde dentro.
Y sin embargo, me gustan las ventanas que abren hacia fuera. Me gustan esas ventanas con contraventana de madera antigua que tienes que esforzarte para empujarlas hacia fuera y que con cierta dificultad anclas a la pared exterior con unas abrazaderas que las sujetan al muro para que no las cierre el viento.
Normalmente son ventanas antiguas, en casas antiguas. Ventanas de colores que se abren al exterior e inundan la perspectiva vista desde fuera, y en las que la propia ventana una vez abierta desaparece desde la mirada interior. Entonces te asomas y ves únicamente la belleza exterior.
Esas son ventanas hechas pensando desde fuera. Y sinceramente me gustan más que las habituales.
Una ventana que se abre hacia dentro empuja a vivir dentro, a sentir esa invasión exterior desde dentro, a permanecer en la vida de dentro controlando lo que nos viene de fuera.
Una ventana que se abre hacia fuera empuja a salir, a lanzarse hacia el exterior, olvidar lo de dentro y abrazar esa luz que brilla fuera.
Nuestras ventanas personales deberían abrir hacia fuera, aunque normalmente abren hacia dentro.
Después están también las ventanas que permanecen siempre cerradas; las ventanas que viven soportando un enrejado terrible. ¡Qué falsedad! ¡Ventanas inútiles!
Y últimamente se imponen las ventanas correderas. Ventanas de diseño y comodidad. Las que no abren ni para adentro ni para afuera. Es lógico; también, como en otras muchas cosas, ¡han nacido las ventanas mediocres e insustanciales!
Hoy, al despertar y hacer ese acto reflejo de abrir mi ventana, me pregunto sintiendo el frío en la cara: ¿qué ventana quiero que tenga mi habitación?
2.2.06
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