Cuando pasas unos días en Roma, no puedes dejar de gozar con ciertas maravillas que sólo la ciudad maravillosamente eterna puede hacerte gustar.
Una de esas maravillas es la capilla Sixtina. Famosa y conocida en todo el mundo, no deja nunca de sorprenderme. Vista por fuera es un edificio más dentro de los imponentes palacios vaticanos; y ciertamente pasa desapercibido ante la majestuosidad de la Basílica de San Pedro.
Pero cuando entras en su interior y por su pequeña puerta del altar accedes a esa nave, te quedas maravillado ante tal inmensidad de belleza. Miguel Ángel plasmó en los muros la belleza realizada en pintura.
El altar mayor con la escena del juicio siempre impresiona y sobrecoge a unos ojos inquietados por la tensión del acto.
Y la bóveda diseñada con escenas bíblicas te hace sentir inmensamente pequeño ante tal milagro de la mano humana.
Pero, siempre que entro en ese recinto abarrotado de personas siento la sensación de soledad y diálogo trascendente. Es la soledad acompañada en la que nada de tu entorno te molesta y entras en un silencio interior mezcla de sobrecogimiento, respeto, alegría y felicidad.
Y entre todas las escenas, mis ojos buscan en las alturas el momento en el que Miguel Ángel plasmó la creación. Y cada vez que veo esas paredes manchadas por la sabiduría me encuentro con el misterio del dedo de Dios.
Es magnífica la manera en el que el artista florentino plasmó la relación entre lo divino y lo humano. La mano de Dios que en tensión se acerca a la mano flácida pero llena de esperanza del hombre. Y en ese momento de relación de lo imposible, se encuentra el secreto de la vida humana.
“Dios formó al hombre con barro del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y así el hombre se convirtió en un ser viviente”. (Gn 2, 7)
Dios Creador hace brotar de la nada el algo; y de lo inerte hace nacer la vida; y de la vida hace nacer al hombre. Y en ese gesto de acercar su dedo índice hacia la mano inerte del ser humano transmite el poder de la vida y da el “aliento” vital. Toda su tensión creadora es transmitida al hombre para que siga su tarea en la naturaleza.
Pero hay todavía un secreto que me asombra. El dedo de Dios transmite toda su fuerza a aquello que es “su imagen y semejanza”, pero no lo toca, porque en esos dos centímetros de pintura que separan el dedo de Dios del dedo de Adán se abre el abismo que separa lo divino y lo humano, lo infinito y lo finito, lo perenne y lo caduco.
Son los dos centímetros de piedra que Miguel Ángel, en su genialidad, dedicó al misterio más grande que posibilita la libertad del hombre para reconocer a su creador como el Dios de su vida o ignorarlo.
Son los dos centímetros de vacío que Dios quiso en la creación.
17.2.06
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