Me doy cuenta que la belleza me emociona y me extasía. Y encuentro esa belleza en la naturaleza que caprichosa es tocada por el dedo de Dios en puntos concretos de lo existente.
Basta encontrar esos puntos y estar con los ojos abiertos para descubrir ese hilo que une lo imperfecto con lo perfecto; lo finito con lo infinito y lo increíble con lo creíble.
Una de estas tardes, paseando por la eterna Roma, con los ojos llenos de la grandeza construida por el hombre a través de los siglos, crucé un puente sobre el Tíber. El cielo italiano oscurece antes que el nuestro y los colores cambian a otro ritmo. Levanté la mirada para observar el río y descubrí en la lejanía la imponente cúpula blanquecina de San Pedro. El perfil del río era bordeado por árboles que dibujaban el camino a mis ojos hasta el castillo de San Ángel. El cielo oscurecía y los colores cambiaban desde el azul celeste del día hasta el anaranjado y apagado del atardecer. Y todo el conjunto, reflejado en las tranquilas aguas del Tíber hacían realidad material la belleza.
Algún día más tarde estaba en Florencia y desde la plaza de Miguel Ángel disfruté de otro atardecer en el que el sol manchaba la silueta de la ciudad que estaba a mis pies. La cúpula roja de la catedral florentina se desdibujaba con los colores del ocaso; el palacio de la Señoría era como una lanza que se hundía en un cielo que cambiaba a cada instante; el Puente Viejo acariciaba un sol que sangraba en el horizonte. Y junto a todo ello, otro río, el Arno, serpenteante, reflejaba los sentimientos de color.
Recuerdo la historia del niño que pregunta al padre el por qué de lo rojizo de un sol de atardecer. El padre le contesta que la razón de todo ello es porque existe la belleza. Yo esta semana, disfrutando de esta belleza realizada del mismo sol rojo en dos atardeceres distintos pensé: “La belleza cuando se refleja en el agua de nuestra alma es más belleza”.
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