27.2.06

Sé tú mismo.

“Maestro, he probado a conocerme a mí mismo y a encontrar en los ojos de los demás el reflejo de mi felicidad, pero, ¿es esto lo que me hace grande?”

El maestro se sentó en una piedra y mientras la gente pasaba delante le dijo al discípulo: “Haz este ejercicio, siéntate en una piedra y mira a todo el mundo que pasa; así encontrarás tú grandeza”.

El maestro se alejó en el horizonte dejando al discípulo al borde del camino sentado en la piedra donde había estado el sabio.

El primero que pasó fue un niño saltando y correteando. Se paró ante el discípulo y le sonrió límpidamente. “Este niño tiene la ingenuidad que yo ya perdí hace tiempo; tiene la alegría de la inocencia y las energías concentradas de los primeros años. No me parezco a él”.

Después pasó una anciana. Se apoyaba en una vara de leña y sus pasos eran cortos y pesados. No se detuvo ante el desconocido y con lentitud se alejó en la lejanía. “Esta anciana tiene en sus espaldas el peso de su historia, por eso avanza lentamente. No le sorprenden los extraños, porque en su vida ya ha vivido todo. Y tiene en sus ojos la experiencia de la edad. Yo no me parezco a ella”.

Después pasaron dos jóvenes hablando entre sí. Llevaban paso ligero y apenas intercambiaron un saludo escueto con el desconocido que sentando en la piedra les miraba. “Van aprisa porque las ocupaciones son muchas. Aprovechan a hablar en el camino de aquello que les preocupa. Y tienen claro su destino. Yo no me parezco a ellos”.

Más tarde pasó un extranjero. Era de otro color y al pasar a su altura le saludó en una lengua extraña. “Este hombre dejó su tierra, su cultura y se adentró en un mundo nuevo y desconocido por un deseo. Y aunque sepa que no le entiendo es capaz de saludarme porque se esfuerza no en partir de su orilla sino en llegar a la mía. Yo no me parezco a él”.

En la lejanía vio acercarse al maestro y pensó: “Quisiera ser como él. Pero él posee la sabiduría y yo la ignorancia; él la respuesta y yo la pregunta. Yo no soy cómo él”.

El maestro le preguntó por lo que había visto y pensado y el discípulo le contó sus leves encuentros en el camino.

El anciano maestro, se sentó en otra piedra que había en el camino y le dijo: “Alégrate, amigo mío, porque has descubierto tu propia grandeza. Cuando yo me fui te sentaste en mi piedra, cuando tenías que haber buscado la tuya. Para encontrar tu grandeza, no te busques en la comparación con los demás: sé tú mismo”.

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