Hay cosas que siempre vemos y que nunca admiramos. En esta tierra norteña donde el sol calienta poco y la lluvia pertinaz colorea de verde las montañas, no estamos habituados a gozar con una noche clara salpicada de estrellas en su manto.
La vida urbana con su luz omnipresente refleja en nuestras pupilas un destello incesante de una burbuja de colores. Metidos bajo este arco de luz no podemos percibir los puntitos brillantes que existen en el horizonte negro de la noche.
Y sin embargo ahí están, siempre, en su mayoría de veces ocultas, pero no por ello inexistentes.
Son lejanas, medidas a distancias de años luz; medidas a distancias de sí mismas. La luz se mide en distancias de luz. Y armoniosamente bailan titubeantes en la soledad nocturna de una noche sin luna.
Hoy he hecho la prueba y alejándome del ruido, de la luz que nos fabricamos, he buscado la tranquilidad de un paisaje inexistente. En vez de mirar al oscuro fondo he alzado la vista y encorvando hasta el límite la concavidad de mis pupilas he comenzado a verlas. Una, dos, cientos, mil. ¿Quién puede contarlas? Ahí están mis estrellas, todas con un nombre, todas con una historia, todas con una existencia perdida en los confines infinitos del universo.
Dicen que son grandes pero brillan menos que el sol que nos inunda a mediodía. Dicen que tienen un gran fuego ardiente pero no siento su calor en el frío de la noche.
Y sin embargo, tiemblan titubeantes en ritmos acompasados como un árbol de navidad. Parecen pequeños reflejos de color que me hacen sentirlas más intensas, de otro color al transparente. Se apagan por un momento y en un instante renacen en un brillo espectacular que salpica el negro del cielo.
¿Por qué tiemblan las estrellas? Tal vez se saben indefensas ante el frío de la noche. Tal vez lloran por la efímera existencia de un mundo que ven desde lo alto de la eternidad. Tal vez suplican una llamada de atención para ser la estrella especial que sobresale del cúmulo de pequeñas luces.
¿Tiemblan por ellas o por nosotros?
De repente, una estrella perdida en el más allá me saluda con un pequeño estremecimiento en su luz. Me guiña un ojo y me tiende una mirada de matices. Es mi compañera; es el reflejo de mi existencia. Mañana cuando la busque no podré diferenciarla del resto. Y sin embargo sabré que está ahí; siempre persistente, mi estrella amiga.
Emborrachado de estos pensamientos deslizo mi coche por la carretera. Tras la colina, un reflejo de luz mancha el cielo borrando las estrellas. Ahí está la ciudad. El negro se vuelve del gris brillante que emerge de nuestro mundo. En su horizonte no hay estrellas temblorosas. En pocos minutos la luz de un semáforo rojo cierra el paso a mi libertad.
30.3.06
26.3.06
Lo que aprendimos primero.
“Maestro, hoy me siento triste y no quiero demostrarlo a mi alrededor. ¿Cómo puedo hacerlo?”
Los ojos del discípulo reflejaban algún dolor reciente. Brillaban casi en la oscuridad y se volvían vidriosos. Su voz temblaba y no era firme y sus manos no sabían donde descansar tranquilas. Algo le dolía.
El maestro le dijo:
“A veces nos mostramos fríos como el hielo, pero por dentro nos desbordan los sentimientos. Las personas que demuestran abiertamente lo que sienten las calificamos de blandengues y excesivamente pasionales”.
“Quisiéramos controlarnos a nosotros mismos para que los demás no descubran nuestras preocupaciones. Pero eso es como dominar un caballo salvaje. Y aunque a veces encontramos la técnica de maquillar nuestro rostro, el fondo de nuestros ojos siempre transmite el reflejo de nuestro corazón”.
“Las costumbres humanas, las reglas de la ciudad, nos piden que nos amoldemos a patrones hechos en los que los sentimientos están muchas veces prohibidos”.
“Fíjate en los niños. Cómo corretean; cómo saltan, ríen y lloran; cómo se emocionan con las cosas más ínfimas del universo. Son así, porque son transparentes”.
“Más tarde, cuando crecen dejan sus juegos de niños y se amoldan a las tradiciones”.
“Una de esas tradiciones dice que llorar no es de hombres y que la rudeza del guerrero se basa en su gélida frialdad”.
“Pero recuérdalo bien, lo primero que aprendiste en este mundo fue a llorar”.
Una lágrima asomaba temblorosa en la pupila del discípulo y derramándose con paciencia limpió su rostro dejando tras de sí un reguero de paz salada.
Los ojos del discípulo reflejaban algún dolor reciente. Brillaban casi en la oscuridad y se volvían vidriosos. Su voz temblaba y no era firme y sus manos no sabían donde descansar tranquilas. Algo le dolía.
El maestro le dijo:
“A veces nos mostramos fríos como el hielo, pero por dentro nos desbordan los sentimientos. Las personas que demuestran abiertamente lo que sienten las calificamos de blandengues y excesivamente pasionales”.
“Quisiéramos controlarnos a nosotros mismos para que los demás no descubran nuestras preocupaciones. Pero eso es como dominar un caballo salvaje. Y aunque a veces encontramos la técnica de maquillar nuestro rostro, el fondo de nuestros ojos siempre transmite el reflejo de nuestro corazón”.
“Las costumbres humanas, las reglas de la ciudad, nos piden que nos amoldemos a patrones hechos en los que los sentimientos están muchas veces prohibidos”.
“Fíjate en los niños. Cómo corretean; cómo saltan, ríen y lloran; cómo se emocionan con las cosas más ínfimas del universo. Son así, porque son transparentes”.
“Más tarde, cuando crecen dejan sus juegos de niños y se amoldan a las tradiciones”.
“Una de esas tradiciones dice que llorar no es de hombres y que la rudeza del guerrero se basa en su gélida frialdad”.
“Pero recuérdalo bien, lo primero que aprendiste en este mundo fue a llorar”.
Una lágrima asomaba temblorosa en la pupila del discípulo y derramándose con paciencia limpió su rostro dejando tras de sí un reguero de paz salada.
23.3.06
Mi sueño. Mi vida.
Hay noches en las que me despierto soñando; soñando sueños que no sé cuáles son. Sueño viviendo y vivo soñando. Sueño mi vida de miedos y soledades. Y cuando me despierto y viviendo miro a mi alrededor siento más patente la dificultad de vivir, la dificultad de soñar.
Sueño con una vida real, de ilusiones y sensaciones; de valores y alegrías. Vivo sintiendo lo volátil de mis sueños y pensando que son fantasías inexistentes.
Sueño lugares irreales. Vivo en mundos inexistentes. Giro alrededor y siento el dolor. Siento el dolor que no me deja dormir; sólo me deja vivir y soñar. Y en esa hora intempestiva donde lo real y lo ficticio se mezclan, suplico para no caer más en el mundo que no existe.
Sueño pasados. Recuerdos momentos que cruzaron mi alrededor pincelando mi historia y marcando mi camino.
Sueño presentes. Vivo pasiones e inquietudes que renacen como el agua que escondida en la roca brota a borbotones mojando el suelo áspero del camino. E intento calmar mi sed infinita bebiendo en la fuente que surge en cada paso a la vera de mi senda.
Sueño futuros. Vivo ilusiones cercanas o lejanas. A veces tiemblo de inquietud, de miedo; a veces respiro hondo profundizando en el más allá; a veces gozo con la realidad del infinito horizonte.
Pienso que el presente ayer era futuro; y que mi pasado alguna vez fue sueño lejano. Y me doy cuenta de la diversidad entre mi sueño y mi vida.
Vivo en mi otro mundo, y a menudo no me encuentro en él. Quisiera rodearlo para reencontrarme de nuevo a la vuelta de la esquina. Conozco un mundo de sueños y vivo un mundo de realidades.
Sueño y vivo que el verdadero mundo es el que está en mis manos. En mis manos que cansadas o apasionadas trazan una historia de fuerza y de color; de miedos e indecisiones. Mis manos en mis sueños y en mis vivencias trazan pinceladas en el lienzo que me pertenece dejando improntas que existen ante mis ojos y ante mi alma.
Mis mundos sólo existen si existo yo; si existen mis manos manchadas; si existen mis ojos centelleantes; si existen mis sueños interiores; si existen mis ganas por vivir. Sólo existen si vivo dentro de mí. Y me pido suplicante soñar y vivir; vivir y soñar; viviendo mis sueños en realidades; y soñando mi vida en ilusiones.
Entonces, el pasado será futuro y el futuro será presente; porque todo serán líneas de color en la pintura que existe ante mis ojos: ante mis ojos que titubeantes lloran lágrimas de sal; y ante mis ojos del alma que centelleantes suspiran en lo profundo de mi corazón.
Sueño con una vida real, de ilusiones y sensaciones; de valores y alegrías. Vivo sintiendo lo volátil de mis sueños y pensando que son fantasías inexistentes.
Sueño lugares irreales. Vivo en mundos inexistentes. Giro alrededor y siento el dolor. Siento el dolor que no me deja dormir; sólo me deja vivir y soñar. Y en esa hora intempestiva donde lo real y lo ficticio se mezclan, suplico para no caer más en el mundo que no existe.
Sueño pasados. Recuerdos momentos que cruzaron mi alrededor pincelando mi historia y marcando mi camino.
Sueño presentes. Vivo pasiones e inquietudes que renacen como el agua que escondida en la roca brota a borbotones mojando el suelo áspero del camino. E intento calmar mi sed infinita bebiendo en la fuente que surge en cada paso a la vera de mi senda.
Sueño futuros. Vivo ilusiones cercanas o lejanas. A veces tiemblo de inquietud, de miedo; a veces respiro hondo profundizando en el más allá; a veces gozo con la realidad del infinito horizonte.
Pienso que el presente ayer era futuro; y que mi pasado alguna vez fue sueño lejano. Y me doy cuenta de la diversidad entre mi sueño y mi vida.
Vivo en mi otro mundo, y a menudo no me encuentro en él. Quisiera rodearlo para reencontrarme de nuevo a la vuelta de la esquina. Conozco un mundo de sueños y vivo un mundo de realidades.
Sueño y vivo que el verdadero mundo es el que está en mis manos. En mis manos que cansadas o apasionadas trazan una historia de fuerza y de color; de miedos e indecisiones. Mis manos en mis sueños y en mis vivencias trazan pinceladas en el lienzo que me pertenece dejando improntas que existen ante mis ojos y ante mi alma.
Mis mundos sólo existen si existo yo; si existen mis manos manchadas; si existen mis ojos centelleantes; si existen mis sueños interiores; si existen mis ganas por vivir. Sólo existen si vivo dentro de mí. Y me pido suplicante soñar y vivir; vivir y soñar; viviendo mis sueños en realidades; y soñando mi vida en ilusiones.
Entonces, el pasado será futuro y el futuro será presente; porque todo serán líneas de color en la pintura que existe ante mis ojos: ante mis ojos que titubeantes lloran lágrimas de sal; y ante mis ojos del alma que centelleantes suspiran en lo profundo de mi corazón.
19.3.06
La montaña.
El cielo hoy está en calma. La brisa casi sofocada trae un olor que penetra en el interior de mi mente trayendo recuerdos. El sol refleja en las nubes colores singulares que hacen de este firmamento un gran espejo en el que flotan algodones de un blanco inmaculado. Y en la lejanía un avión cruza la línea del horizonte dejando una estela que se difumina.
¡Cuántas mañanas había sentido estas mismas sensaciones, en soledad y en compañía!
Recuerdo cómo de niño correteaba en la ladera y me deslizaba en el prado manchándome con la hierba verde mojada por el rocío de la mañana. A lo lejos, la cumbre recibía el viento impetuoso sobre su cruz de piedra.
En mi juventud se hacían habituales los paseos con un libro entre las manos en los atardeceres tranquilos. Y dejaba la lectura a un lado para detenerme ante la línea increíblemente bella del ocaso. ¿Hay mejor poesía que el sol muriendo en el horizonte entrecortado de las montañas?
También fue en la montaña donde mi corazón tembló ante la persona a la que quise. Sus ojos reflejaban el brillo del vuelo de unos pájaros que ivan y venían planeando, empujados por el viento que soplaba desde la lejanía. Sus cabellos ondeaban en la brisa absorbiendo el olor a prado que se elevaba desde la ladera. Su sonrisa marcaba un destello de ese sol que lento caía hacía el horizonte infinito de la vida.
Un avión cruzaba la línea lejana, lento y distante, monótono y silencioso, pero constante y persistente.
Hubo días de tormenta, de inquietudes, de rayos y relámpagos en los que la lluvia salpicaba el bosque embravecido que ruidoso rugía como león herido. Las rocas gemían en la cumbre y el viento golpeaba mi cara con violencia. En soledad grité que no; que no quería aquello; que dudaba y que prefería la soledad tranquila del mediodía. El sol se ocultó inexistente y el tiempo se eternizó.
Hoy, con el cielo en calma, con esta brisa casi sofocada en su olor a verde, con el sol brillando y reflejando en las nubes de algodones un blanco polar, pienso que aquella noche no fui valiente, que no creí en la fuerza del corazón. Y pienso en los momentos en los que pude volver mi paso atrás y sentarme en la piedra del sí que estaba junto al camino.
El sol desapareció en el ocaso en un bello atardecer. El día acababa. Corrí hacia la cumbre y caí tropezando con una piedra. Sonó una campana en el pueblo y cansado dormí tumbado en la hierba. Soñé sueños que no me atrevía a elegir.
Un rayo del sol de la mañana me despertó y sintiéndome desubicado me pregunté dónde estaba. Me vi en la cumbre, sentí el olor y la humedad de la montaña. Busqué con mi mano y allí estaba. Nunca un abrazo fue tan sincero. Miré al cielo y una lágrima se escapó desde el brillo de mis ojos. El día comenzaba.
En la lejanía un avión cruzaba la línea del horizonte.
18.3.06
El mar
El mar hoy está en calma. La brisa casi sofocada trae un olor a sal que penetra en el interior de mi mente trayendo recuerdos. El sol brillando en el cielo refleja en las aguas brillos espumosos que hacen de esta llanura un gran diamante de innumerables tonos diversos. Y en la lejanía un pesquero cruza la línea del horizonte.
¡Cuántas mañanas había sentido estas mismas sensaciones, en soledad y en compañía!
Recuerdo cómo de niño correteaba por la playa manchándome de arena mojada escapando del ir y venir de las olas que rompían ruidosas sobre esta tierra deshecha en granos. A lo lejos, el acantilado recibía el viento impetuoso sobre su muro de piedra.
En mi juventud se hacían habituales los paseos con un libro entre las manos en los atardeceres tranquilos. Y dejaba la lectura a un lado para detenerme ante la línea increíblemente bella del ocaso. ¿Hay mejor poesía que el sol muriendo en el horizonte infinito del mar?
También fue junto al mar donde mi corazón tembló ante la persona a la que quise. Sus ojos reflejaban el brillo marino del agua que sonreía en su ir y venir continuamente empujada por el viento que soplaba desde la lejanía. Sus cabellos ondeaban en la brisa absorbiendo la sal que se elevaba en el choque de la ola en tierra. Su sonrisa marcaba un destello de ese sol que lento caía hacía el horizonte infinito de la vida.
Un pesquero cruzaba la línea lejana, lento y distante, monótono y silencioso, pero constante y persistente.
Hubo días de tormenta, de inquietudes, de tempestades en las que la lluvia salpicaba el mar embravecido que ruidoso rugía como león herido. Las rocas gemían en el acantilado y el viento golpeaba mi cara con violencia. En soledad grité que no; que no quería aquello; que dudaba y que prefería la soledad tranquila del mediodía. El sol se ocultó inexistente y el tiempo se eternizó.
Hoy, con el mar en calma, con esta brisa casi sofocada en su olor a sal, con el sol brillando en el cielo y reflejado en las aguas del diamante de reflejos de color, pienso que aquella noche no fui valiente, que no creí en la fuerza del corazón y que dije que no. Y pienso en los momentos en los que pude volver mi paso atrás y sentarme en la piedra del sí que estaba junto al camino; pero no lo hice. Hoy me doy cuenta que hubo un momento en el que la indecisión se volvió decisión y en el que el sol desapareció en el ocaso en un bello atardecer. Ese día acabó, y el presente se rasgó en el horizonte convirtiéndose en ayer. Sonó una campana en el pueblo y cansado dormí tumbado en la arena. Soñé sueños que había elegido no vivir. A la mañana siguiente cuando desperté miré al mar con la tristeza en el brillo de mis ojos.
En la lejanía un pesquero cruzaba la línea del horizonte.
16.3.06
El santa santorum.
Cuando me miro al espejo veo en ese reflejo algo que el resto del mundo no ve. Es ese reflejo en el iris de mis ojos que me abre a la profundidad de mi alma y que entra en aquel terreno prohibido para el resto de la humanidad.
La esencia de uno mismo siempre se mantiene en ese lugar sagrado del que nadie ha oído hablar y que marca la raíz última de la existencia. Es el santa santorum de mi alma.
En mi vida de todos los días ni tan siquiera lo piso; aunque vivo precisamente de él. Es lo que me hace ser más yo mismo y lo que marca todo mi crecimiento y desarrollo humano. Es el motivo de lo que digo y hablo, de lo que escucho y callo, de lo que hago y elijo.
Sólo a través de la profundidad de los ojos se puede intuir su existencia; tal vez porque los ojos además de reflejar hacia dentro, proyectan hacia fuera.
Los sentimientos nacidos desde ese lugar santo del interior de mí mismo, muchas veces no ven la luz. Tal vez porque no son necesarios, tal vez porque son demasiado transcendentales para recibir el aire exterior del viento.
Pero a veces, en el ocaso de un día, sentado en la soledad del momento, vuelco mis ojos hacia mi interior, corro las cortinas y en la oscuridad de la luz cegadora bebo del agua que me hace ser precisamente yo mismo.
Y tras un momento de embriaguez, vuelvo a la realidad de desdoblarme hacia el exterior y continuar, en mi libre coherencia elegida viviendo la realidad del presente.
Entonces, en esa mezcla del orgullo del círculo cerrado pero en expansión, sonrío y me digo a mí mismo en voz alta: “continuemos caminando”.
La esencia de uno mismo siempre se mantiene en ese lugar sagrado del que nadie ha oído hablar y que marca la raíz última de la existencia. Es el santa santorum de mi alma.
En mi vida de todos los días ni tan siquiera lo piso; aunque vivo precisamente de él. Es lo que me hace ser más yo mismo y lo que marca todo mi crecimiento y desarrollo humano. Es el motivo de lo que digo y hablo, de lo que escucho y callo, de lo que hago y elijo.
Sólo a través de la profundidad de los ojos se puede intuir su existencia; tal vez porque los ojos además de reflejar hacia dentro, proyectan hacia fuera.
Los sentimientos nacidos desde ese lugar santo del interior de mí mismo, muchas veces no ven la luz. Tal vez porque no son necesarios, tal vez porque son demasiado transcendentales para recibir el aire exterior del viento.
Pero a veces, en el ocaso de un día, sentado en la soledad del momento, vuelco mis ojos hacia mi interior, corro las cortinas y en la oscuridad de la luz cegadora bebo del agua que me hace ser precisamente yo mismo.
Y tras un momento de embriaguez, vuelvo a la realidad de desdoblarme hacia el exterior y continuar, en mi libre coherencia elegida viviendo la realidad del presente.
Entonces, en esa mezcla del orgullo del círculo cerrado pero en expansión, sonrío y me digo a mí mismo en voz alta: “continuemos caminando”.
13.3.06
Los gemelos.
El destino es caprichoso y rebuscado.
Nacieron unos gemelos que nunca tuvieron que nacer. Y por estirpe eran llamados a ocupar el trono que un tirano había conseguido usurpar manchándose las manos con la sangre de su familia. Por ello la madre de los niños nada más nacer los depositó en el río en un canastillo.
El río estaba crecido y el cesto empujado por la corriente encalló en una de las orillas. Los gemelos morirían de inanición. El destino una vez más marcaba su muerte.
Una loba sedienta tras el parto se acercó a la orilla del Tíber para refrescarse la boca y escuchó el llanto de los pequeños y su instinto animal de madre le hizo amamantarlos.
Días después un pastor que recorría los márgenes del río encontró a los niños y los llevó a su casa. Al verlos tan pequeños e iguales los llamó Rómulo y Remo.
En su juventud, los gemelos conocieron su estirpe y se sintieron llamados por el destino a ser reyes de una ciudad fundada por ellos. Era el destino del primogénito. Para ello buscaron el origen de la muralla en el punto donde la loba los había amantado en la orilla del Tíber.
Pero al ser gemelos nadie sabía quién había sido el mayor; quién era el primogénito y por tanto el llamado por el destino a ser el rey de la nueva ciudad.
Hicieron un pacto: buscarían la ayuda de los dioses. Cada hermano subió a una colina donde esperarían la señal divina. Remo se colocó en el Adventino y Rómulo en el Palatino.
Esperaron durante horas y días. Una mañana una bandada de seis buitres sobrevolaron la cabeza de Remo coronándolo por el destino como el rey de la nueva ciudad.
Remo acudió al encuentro de su hermano para que asumiera el presagio y se pusiera a su servicio. Pero en el momento en el que le contaba la historia, una nueva bandada de doce buitres sobrevoló la cabeza de Rómulo.
Nació entre los hermanos la disputa de qué era lo importante. La señal había aparecido primero sobre Remo; pero esa misma señal era superior en cantidad sobre Rómulo.
Rómulo, creyéndose el ganador, cogió un arado y comenzó a trazar los límites de la muralla de lo que sería su ciudad. Remo le miraba desafiante indicándole que él era el llamado por los dioses a ser el rey. Y en un acto instintivo saltó el pequeño muro hecho por Rómulo marcando los límites de la urbe. Rómulo se abalanzó sobre su hermano y le hirió de muerte con la espada diciendo: “este es el castigo para quien osa saltar los muros sagrados de mi ciudad”.
Remo cayó muerto en el surco arañado a la tierra por Rómulo y su sangre fundó la ciudad de Roma. Corría el año de los saltimbanquis impares, el 753 antes de nuestra era.
El destino de Rómulo y Remo era la constante salvación casual de la muerte; hasta que Rómulo decidió separar su destino del de su hermano Remo.
Nacieron unos gemelos que nunca tuvieron que nacer. Y por estirpe eran llamados a ocupar el trono que un tirano había conseguido usurpar manchándose las manos con la sangre de su familia. Por ello la madre de los niños nada más nacer los depositó en el río en un canastillo.
El río estaba crecido y el cesto empujado por la corriente encalló en una de las orillas. Los gemelos morirían de inanición. El destino una vez más marcaba su muerte.
Una loba sedienta tras el parto se acercó a la orilla del Tíber para refrescarse la boca y escuchó el llanto de los pequeños y su instinto animal de madre le hizo amamantarlos.
Días después un pastor que recorría los márgenes del río encontró a los niños y los llevó a su casa. Al verlos tan pequeños e iguales los llamó Rómulo y Remo.
En su juventud, los gemelos conocieron su estirpe y se sintieron llamados por el destino a ser reyes de una ciudad fundada por ellos. Era el destino del primogénito. Para ello buscaron el origen de la muralla en el punto donde la loba los había amantado en la orilla del Tíber.
Pero al ser gemelos nadie sabía quién había sido el mayor; quién era el primogénito y por tanto el llamado por el destino a ser el rey de la nueva ciudad.
Hicieron un pacto: buscarían la ayuda de los dioses. Cada hermano subió a una colina donde esperarían la señal divina. Remo se colocó en el Adventino y Rómulo en el Palatino.
Esperaron durante horas y días. Una mañana una bandada de seis buitres sobrevolaron la cabeza de Remo coronándolo por el destino como el rey de la nueva ciudad.
Remo acudió al encuentro de su hermano para que asumiera el presagio y se pusiera a su servicio. Pero en el momento en el que le contaba la historia, una nueva bandada de doce buitres sobrevoló la cabeza de Rómulo.
Nació entre los hermanos la disputa de qué era lo importante. La señal había aparecido primero sobre Remo; pero esa misma señal era superior en cantidad sobre Rómulo.
Rómulo, creyéndose el ganador, cogió un arado y comenzó a trazar los límites de la muralla de lo que sería su ciudad. Remo le miraba desafiante indicándole que él era el llamado por los dioses a ser el rey. Y en un acto instintivo saltó el pequeño muro hecho por Rómulo marcando los límites de la urbe. Rómulo se abalanzó sobre su hermano y le hirió de muerte con la espada diciendo: “este es el castigo para quien osa saltar los muros sagrados de mi ciudad”.
Remo cayó muerto en el surco arañado a la tierra por Rómulo y su sangre fundó la ciudad de Roma. Corría el año de los saltimbanquis impares, el 753 antes de nuestra era.
El destino de Rómulo y Remo era la constante salvación casual de la muerte; hasta que Rómulo decidió separar su destino del de su hermano Remo.
9.3.06
El invierno.
Estamos ya a marzo y los días comienzan a alargar. Pero el frío sigue sintiéndose en las mejillas. Es el mes del cambio, porque en su final comenzará el germinar de las flores y nacerá la primavera en esa eclosión que imaginó Botticelli en el renacimiento con su “triunfo de la primavera”.
Pero todavía es invierno y el frío sigue sintiéndose en las mejillas.
En la escuela, seguramente como iniciación, escuchábamos las cuatro estaciones de Vivaldi como expresión musical de los sentimientos. Hoy en día, siento mayor admiración por Bach, pero el músico italiano me hizo aprender que detrás de un sonido nacen mil sensaciones interiores.
En su invierno casi olvidado por la fama de la primavera, se transmite toda la expectación que fluye como un río tranquilo en la búsqueda de la cascada primaveral que removerá sus aguas.
Su concierto comienza con un allegro que parece imposible en el concepto de lo invernal. Pero los ritmos rápidos y acompasados que van creciendo en instrumentos me llevan hacia lo gélido a pasos agigantados. Después el viento en sus primeras ráfagas de un violín solitario golpea las mejillas con el primer frío. Más tarde el viento ya no es ráfaga sino huracán en la inmensidad de las cuerdas. Y comienza una fina pero persistente lluvia que riega veloz la tierra. Todo ello está marcado por los golpes de un clavicordio que marca los segundos de este ocaso.
El adagio central es una muerte hacia la preparación del resurgir que como el ave fénix sucederá en la primavera. Las gotas de nieve caen rítmicas mientras la melodía principal en un girar y girar sobre sí misma intenta resurgir de la tierra fría. Es la vida que se esconde tras la capa blanca pero que quiere resurgir desde la tranquilidad del silencio.
Y el tercer movimiento, algo más vivo, es un camino en el que la mezcla del sonido y del silencio lleva a la muerte. Pero en una ruptura impactante todo comienza a devenir rápido hacia una cascada de sonidos imparables que anticipan la llegada del renacer.
Aún así, todavía es invierno, y el frío sigue sintiéndose en las mejillas, tal y como el tímpano vibrante ha bailado ante el sonido mágico, casi pesadumbroso, pero a la vez expectante y esperanzado de la genialidad veneciana barroca de Vivaldi.
Pero todavía es invierno y el frío sigue sintiéndose en las mejillas.
En la escuela, seguramente como iniciación, escuchábamos las cuatro estaciones de Vivaldi como expresión musical de los sentimientos. Hoy en día, siento mayor admiración por Bach, pero el músico italiano me hizo aprender que detrás de un sonido nacen mil sensaciones interiores.
En su invierno casi olvidado por la fama de la primavera, se transmite toda la expectación que fluye como un río tranquilo en la búsqueda de la cascada primaveral que removerá sus aguas.
Su concierto comienza con un allegro que parece imposible en el concepto de lo invernal. Pero los ritmos rápidos y acompasados que van creciendo en instrumentos me llevan hacia lo gélido a pasos agigantados. Después el viento en sus primeras ráfagas de un violín solitario golpea las mejillas con el primer frío. Más tarde el viento ya no es ráfaga sino huracán en la inmensidad de las cuerdas. Y comienza una fina pero persistente lluvia que riega veloz la tierra. Todo ello está marcado por los golpes de un clavicordio que marca los segundos de este ocaso.
El adagio central es una muerte hacia la preparación del resurgir que como el ave fénix sucederá en la primavera. Las gotas de nieve caen rítmicas mientras la melodía principal en un girar y girar sobre sí misma intenta resurgir de la tierra fría. Es la vida que se esconde tras la capa blanca pero que quiere resurgir desde la tranquilidad del silencio.
Y el tercer movimiento, algo más vivo, es un camino en el que la mezcla del sonido y del silencio lleva a la muerte. Pero en una ruptura impactante todo comienza a devenir rápido hacia una cascada de sonidos imparables que anticipan la llegada del renacer.
Aún así, todavía es invierno, y el frío sigue sintiéndose en las mejillas, tal y como el tímpano vibrante ha bailado ante el sonido mágico, casi pesadumbroso, pero a la vez expectante y esperanzado de la genialidad veneciana barroca de Vivaldi.
5.3.06
Una fría mañana de domingo.
Era domingo, y el frío persistente helaba la llanada. Las montañas que nos rodean habían desaparecido bajo una capa fina blanca de nieve. Y el cielo gris encapotado ocultaba un sol que lejano y tiritante no se hacía presente.
Todo el ambiente se llenaba de monotonía y el devenir de un día fuera de toda norma discurría lento en su desgaste de segundos, minutos y horas.
El domingo pasaría de puntillas por mi vida, casi sin notarlo, como quien silencioso atraviesa un pasillo en la noche. En pocas horas sería historia, no ya pasada, sino inexistente.
En este vacío de lo mágico y en esta paz de lo sin nombre, asumía la tranquilidad del devenir de una fecha más que me alejaba de febrero y me acercaba a marzo.
Sin embargo un destello en el firmamento, un fugaz relámpago, un sutil rayo de luz, atravesó las nubes y sorprendió mi mirada, mi mente y mi corazón.
Lo inesperado de ese haz de luz hizo abrir mis pupilas de manera instantánea y atrajo mi atención. Ya no existían en mis ojos ni las montañas nevadas, ni el cielo encapotado; ni en mi mente se sentía el frío gélido que helaba la llanada.
El rayo de luz, tras atravesar la capa densa de nubes se ensanchó en una explosión iluminada de lo transparente. Pero en su caída en el horizonte de este inmenso gris invernal, chocó con las gotas de un rocío helador y se desdibujó en un arco iris de geniales tonos diversos. La luz se transformaba en color.
La variación cromática inundaba el espacio y el tiempo, y su diversidad bañaba cada cosa con su manto colorido. Ya no era el brillo explosivo de una luz blanca que cegaba la incredulidad, sino un manto de una variación de sutiles colores que dejaban ver el resto del horizonte bajo esa nueva perspectiva apasionante.
Y el domingo, ese domingo cualquiera, ese domingo silencioso que de puntillas pasaba por mi vida comenzó a hacerse sentir como único, irrepetible y especial.
El viento frío ya no helaba; el gris encapotado era un marco de esa belleza de luz colorida; y la nieve en las montañas era la primera pincelada blanca sobre la que se sujetaba la cortina de color que había sorprendido mi mirada, mi mente y mi corazón.
Todo el ambiente se llenaba de monotonía y el devenir de un día fuera de toda norma discurría lento en su desgaste de segundos, minutos y horas.
El domingo pasaría de puntillas por mi vida, casi sin notarlo, como quien silencioso atraviesa un pasillo en la noche. En pocas horas sería historia, no ya pasada, sino inexistente.
En este vacío de lo mágico y en esta paz de lo sin nombre, asumía la tranquilidad del devenir de una fecha más que me alejaba de febrero y me acercaba a marzo.
Sin embargo un destello en el firmamento, un fugaz relámpago, un sutil rayo de luz, atravesó las nubes y sorprendió mi mirada, mi mente y mi corazón.
Lo inesperado de ese haz de luz hizo abrir mis pupilas de manera instantánea y atrajo mi atención. Ya no existían en mis ojos ni las montañas nevadas, ni el cielo encapotado; ni en mi mente se sentía el frío gélido que helaba la llanada.
El rayo de luz, tras atravesar la capa densa de nubes se ensanchó en una explosión iluminada de lo transparente. Pero en su caída en el horizonte de este inmenso gris invernal, chocó con las gotas de un rocío helador y se desdibujó en un arco iris de geniales tonos diversos. La luz se transformaba en color.
La variación cromática inundaba el espacio y el tiempo, y su diversidad bañaba cada cosa con su manto colorido. Ya no era el brillo explosivo de una luz blanca que cegaba la incredulidad, sino un manto de una variación de sutiles colores que dejaban ver el resto del horizonte bajo esa nueva perspectiva apasionante.
Y el domingo, ese domingo cualquiera, ese domingo silencioso que de puntillas pasaba por mi vida comenzó a hacerse sentir como único, irrepetible y especial.
El viento frío ya no helaba; el gris encapotado era un marco de esa belleza de luz colorida; y la nieve en las montañas era la primera pincelada blanca sobre la que se sujetaba la cortina de color que había sorprendido mi mirada, mi mente y mi corazón.
2.3.06
La libre coherencia.
“Parece, querido maestro, que el ser yo mismo me lleva a la búsqueda de la coherencia; a encontrar aquellas reglas que me estructuran e intentar aplicarlas. Pero con demasiada frecuencia me encuentro con que ante los demás no consigo esos resultados”, decía el discípulo con pesadumbre.
El maestro le preguntó: “¿qué te interesa? ¿El aplauso de los demás? ¿El juicio conforme del que tienes enfrente?”
“Ve a casa, prepara un buen manjar e invítame a comer”.
El discípulo fue a su casa y preparó un rico manjar a base de cabrito. Esperaba que el maestro en la mesa le explicara el camino hacia la coherencia. Comieron en silencio y al terminar, el maestro le dijo: “Esta tarde volverás a prepararme este mismo plato, con los mismos ingredientes y cenaremos juntos”.
El discípulo intrigado volvió a preparar el mismo plato y al atardecer cenaron de nuevo otro cabrito preparado de la misma forma.
Al terminar, el maestro le preguntó al discípulo: “¿Qué era más importante, la receta o el plato? Con la misma receta, ¿no ha habido una ligera diferencia en el sabor de las dos comidas?”
“Cuando cocinas con los mismos ingredientes no consigues el plato del mismo sabor; siempre es distinto en matices, porque el momento es distinto y lo previsible viene vencido por la realidad de un instante único”.
“La coherencia es un arma de doble filo. Puede ser tu consecuencia o tu meta. Si buscas la coherencia como meta llegarás a ser una máquina que sólo piensa con la lógica. Basarás todo tu pensamiento y actuar en aquello que es lógico en ti. Y serás muy previsible. Todo el mundo te juzgará porque conocerá tus reglas y esperará de ti unos resultados en base a esos principios”.
“Tu coherencia tiene que ser una consecuencia, no una meta; una consecuencia de ti mismo”.
“No busques la coherencia rígida, sino la libertad de tu elección iluminada por tu sistema de vida. Y en ese entrelazado de efectos tal vez diversos en los matices encontrarás que bajo cada momento vital hay una base de libre coherencia”.
El maestro le preguntó: “¿qué te interesa? ¿El aplauso de los demás? ¿El juicio conforme del que tienes enfrente?”
“Ve a casa, prepara un buen manjar e invítame a comer”.
El discípulo fue a su casa y preparó un rico manjar a base de cabrito. Esperaba que el maestro en la mesa le explicara el camino hacia la coherencia. Comieron en silencio y al terminar, el maestro le dijo: “Esta tarde volverás a prepararme este mismo plato, con los mismos ingredientes y cenaremos juntos”.
El discípulo intrigado volvió a preparar el mismo plato y al atardecer cenaron de nuevo otro cabrito preparado de la misma forma.
Al terminar, el maestro le preguntó al discípulo: “¿Qué era más importante, la receta o el plato? Con la misma receta, ¿no ha habido una ligera diferencia en el sabor de las dos comidas?”
“Cuando cocinas con los mismos ingredientes no consigues el plato del mismo sabor; siempre es distinto en matices, porque el momento es distinto y lo previsible viene vencido por la realidad de un instante único”.
“La coherencia es un arma de doble filo. Puede ser tu consecuencia o tu meta. Si buscas la coherencia como meta llegarás a ser una máquina que sólo piensa con la lógica. Basarás todo tu pensamiento y actuar en aquello que es lógico en ti. Y serás muy previsible. Todo el mundo te juzgará porque conocerá tus reglas y esperará de ti unos resultados en base a esos principios”.
“Tu coherencia tiene que ser una consecuencia, no una meta; una consecuencia de ti mismo”.
“No busques la coherencia rígida, sino la libertad de tu elección iluminada por tu sistema de vida. Y en ese entrelazado de efectos tal vez diversos en los matices encontrarás que bajo cada momento vital hay una base de libre coherencia”.
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