Estamos ya a marzo y los días comienzan a alargar. Pero el frío sigue sintiéndose en las mejillas. Es el mes del cambio, porque en su final comenzará el germinar de las flores y nacerá la primavera en esa eclosión que imaginó Botticelli en el renacimiento con su “triunfo de la primavera”.
Pero todavía es invierno y el frío sigue sintiéndose en las mejillas.
En la escuela, seguramente como iniciación, escuchábamos las cuatro estaciones de Vivaldi como expresión musical de los sentimientos. Hoy en día, siento mayor admiración por Bach, pero el músico italiano me hizo aprender que detrás de un sonido nacen mil sensaciones interiores.
En su invierno casi olvidado por la fama de la primavera, se transmite toda la expectación que fluye como un río tranquilo en la búsqueda de la cascada primaveral que removerá sus aguas.
Su concierto comienza con un allegro que parece imposible en el concepto de lo invernal. Pero los ritmos rápidos y acompasados que van creciendo en instrumentos me llevan hacia lo gélido a pasos agigantados. Después el viento en sus primeras ráfagas de un violín solitario golpea las mejillas con el primer frío. Más tarde el viento ya no es ráfaga sino huracán en la inmensidad de las cuerdas. Y comienza una fina pero persistente lluvia que riega veloz la tierra. Todo ello está marcado por los golpes de un clavicordio que marca los segundos de este ocaso.
El adagio central es una muerte hacia la preparación del resurgir que como el ave fénix sucederá en la primavera. Las gotas de nieve caen rítmicas mientras la melodía principal en un girar y girar sobre sí misma intenta resurgir de la tierra fría. Es la vida que se esconde tras la capa blanca pero que quiere resurgir desde la tranquilidad del silencio.
Y el tercer movimiento, algo más vivo, es un camino en el que la mezcla del sonido y del silencio lleva a la muerte. Pero en una ruptura impactante todo comienza a devenir rápido hacia una cascada de sonidos imparables que anticipan la llegada del renacer.
Aún así, todavía es invierno, y el frío sigue sintiéndose en las mejillas, tal y como el tímpano vibrante ha bailado ante el sonido mágico, casi pesadumbroso, pero a la vez expectante y esperanzado de la genialidad veneciana barroca de Vivaldi.
9.3.06
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