Cuando me miro al espejo veo en ese reflejo algo que el resto del mundo no ve. Es ese reflejo en el iris de mis ojos que me abre a la profundidad de mi alma y que entra en aquel terreno prohibido para el resto de la humanidad.
La esencia de uno mismo siempre se mantiene en ese lugar sagrado del que nadie ha oído hablar y que marca la raíz última de la existencia. Es el santa santorum de mi alma.
En mi vida de todos los días ni tan siquiera lo piso; aunque vivo precisamente de él. Es lo que me hace ser más yo mismo y lo que marca todo mi crecimiento y desarrollo humano. Es el motivo de lo que digo y hablo, de lo que escucho y callo, de lo que hago y elijo.
Sólo a través de la profundidad de los ojos se puede intuir su existencia; tal vez porque los ojos además de reflejar hacia dentro, proyectan hacia fuera.
Los sentimientos nacidos desde ese lugar santo del interior de mí mismo, muchas veces no ven la luz. Tal vez porque no son necesarios, tal vez porque son demasiado transcendentales para recibir el aire exterior del viento.
Pero a veces, en el ocaso de un día, sentado en la soledad del momento, vuelco mis ojos hacia mi interior, corro las cortinas y en la oscuridad de la luz cegadora bebo del agua que me hace ser precisamente yo mismo.
Y tras un momento de embriaguez, vuelvo a la realidad de desdoblarme hacia el exterior y continuar, en mi libre coherencia elegida viviendo la realidad del presente.
Entonces, en esa mezcla del orgullo del círculo cerrado pero en expansión, sonrío y me digo a mí mismo en voz alta: “continuemos caminando”.
16.3.06
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