19.3.06

La montaña.


El cielo hoy está en calma. La brisa casi sofocada trae un olor que penetra en el interior de mi mente trayendo recuerdos. El sol refleja en las nubes colores singulares que hacen de este firmamento un gran espejo en el que flotan algodones de un blanco inmaculado. Y en la lejanía un avión cruza la línea del horizonte dejando una estela que se difumina.

¡Cuántas mañanas había sentido estas mismas sensaciones, en soledad y en compañía!

Recuerdo cómo de niño correteaba en la ladera y me deslizaba en el prado manchándome con la hierba verde mojada por el rocío de la mañana. A lo lejos, la cumbre recibía el viento impetuoso sobre su cruz de piedra.

En mi juventud se hacían habituales los paseos con un libro entre las manos en los atardeceres tranquilos. Y dejaba la lectura a un lado para detenerme ante la línea increíblemente bella del ocaso. ¿Hay mejor poesía que el sol muriendo en el horizonte entrecortado de las montañas?

También fue en la montaña donde mi corazón tembló ante la persona a la que quise. Sus ojos reflejaban el brillo del vuelo de unos pájaros que ivan y venían planeando, empujados por el viento que soplaba desde la lejanía. Sus cabellos ondeaban en la brisa absorbiendo el olor a prado que se elevaba desde la ladera. Su sonrisa marcaba un destello de ese sol que lento caía hacía el horizonte infinito de la vida.

Un avión cruzaba la línea lejana, lento y distante, monótono y silencioso, pero constante y persistente.

Hubo días de tormenta, de inquietudes, de rayos y relámpagos en los que la lluvia salpicaba el bosque embravecido que ruidoso rugía como león herido. Las rocas gemían en la cumbre y el viento golpeaba mi cara con violencia. En soledad grité que no; que no quería aquello; que dudaba y que prefería la soledad tranquila del mediodía. El sol se ocultó inexistente y el tiempo se eternizó.

Hoy, con el cielo en calma, con esta brisa casi sofocada en su olor a verde, con el sol brillando y reflejando en las nubes de algodones un blanco polar, pienso que aquella noche no fui valiente, que no creí en la fuerza del corazón. Y pienso en los momentos en los que pude volver mi paso atrás y sentarme en la piedra del sí que estaba junto al camino.

El sol desapareció en el ocaso en un bello atardecer. El día acababa. Corrí hacia la cumbre y caí tropezando con una piedra. Sonó una campana en el pueblo y cansado dormí tumbado en la hierba. Soñé sueños que no me atrevía a elegir.

Un rayo del sol de la mañana me despertó y sintiéndome desubicado me pregunté dónde estaba. Me vi en la cumbre, sentí el olor y la humedad de la montaña. Busqué con mi mano y allí estaba. Nunca un abrazo fue tan sincero. Miré al cielo y una lágrima se escapó desde el brillo de mis ojos. El día comenzaba.

En la lejanía un avión cruzaba la línea del horizonte.

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