El destino es caprichoso y rebuscado.
Nacieron unos gemelos que nunca tuvieron que nacer. Y por estirpe eran llamados a ocupar el trono que un tirano había conseguido usurpar manchándose las manos con la sangre de su familia. Por ello la madre de los niños nada más nacer los depositó en el río en un canastillo.
El río estaba crecido y el cesto empujado por la corriente encalló en una de las orillas. Los gemelos morirían de inanición. El destino una vez más marcaba su muerte.
Una loba sedienta tras el parto se acercó a la orilla del Tíber para refrescarse la boca y escuchó el llanto de los pequeños y su instinto animal de madre le hizo amamantarlos.
Días después un pastor que recorría los márgenes del río encontró a los niños y los llevó a su casa. Al verlos tan pequeños e iguales los llamó Rómulo y Remo.
En su juventud, los gemelos conocieron su estirpe y se sintieron llamados por el destino a ser reyes de una ciudad fundada por ellos. Era el destino del primogénito. Para ello buscaron el origen de la muralla en el punto donde la loba los había amantado en la orilla del Tíber.
Pero al ser gemelos nadie sabía quién había sido el mayor; quién era el primogénito y por tanto el llamado por el destino a ser el rey de la nueva ciudad.
Hicieron un pacto: buscarían la ayuda de los dioses. Cada hermano subió a una colina donde esperarían la señal divina. Remo se colocó en el Adventino y Rómulo en el Palatino.
Esperaron durante horas y días. Una mañana una bandada de seis buitres sobrevolaron la cabeza de Remo coronándolo por el destino como el rey de la nueva ciudad.
Remo acudió al encuentro de su hermano para que asumiera el presagio y se pusiera a su servicio. Pero en el momento en el que le contaba la historia, una nueva bandada de doce buitres sobrevoló la cabeza de Rómulo.
Nació entre los hermanos la disputa de qué era lo importante. La señal había aparecido primero sobre Remo; pero esa misma señal era superior en cantidad sobre Rómulo.
Rómulo, creyéndose el ganador, cogió un arado y comenzó a trazar los límites de la muralla de lo que sería su ciudad. Remo le miraba desafiante indicándole que él era el llamado por los dioses a ser el rey. Y en un acto instintivo saltó el pequeño muro hecho por Rómulo marcando los límites de la urbe. Rómulo se abalanzó sobre su hermano y le hirió de muerte con la espada diciendo: “este es el castigo para quien osa saltar los muros sagrados de mi ciudad”.
Remo cayó muerto en el surco arañado a la tierra por Rómulo y su sangre fundó la ciudad de Roma. Corría el año de los saltimbanquis impares, el 753 antes de nuestra era.
El destino de Rómulo y Remo era la constante salvación casual de la muerte; hasta que Rómulo decidió separar su destino del de su hermano Remo.
13.3.06
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