Era domingo, y el frío persistente helaba la llanada. Las montañas que nos rodean habían desaparecido bajo una capa fina blanca de nieve. Y el cielo gris encapotado ocultaba un sol que lejano y tiritante no se hacía presente.
Todo el ambiente se llenaba de monotonía y el devenir de un día fuera de toda norma discurría lento en su desgaste de segundos, minutos y horas.
El domingo pasaría de puntillas por mi vida, casi sin notarlo, como quien silencioso atraviesa un pasillo en la noche. En pocas horas sería historia, no ya pasada, sino inexistente.
En este vacío de lo mágico y en esta paz de lo sin nombre, asumía la tranquilidad del devenir de una fecha más que me alejaba de febrero y me acercaba a marzo.
Sin embargo un destello en el firmamento, un fugaz relámpago, un sutil rayo de luz, atravesó las nubes y sorprendió mi mirada, mi mente y mi corazón.
Lo inesperado de ese haz de luz hizo abrir mis pupilas de manera instantánea y atrajo mi atención. Ya no existían en mis ojos ni las montañas nevadas, ni el cielo encapotado; ni en mi mente se sentía el frío gélido que helaba la llanada.
El rayo de luz, tras atravesar la capa densa de nubes se ensanchó en una explosión iluminada de lo transparente. Pero en su caída en el horizonte de este inmenso gris invernal, chocó con las gotas de un rocío helador y se desdibujó en un arco iris de geniales tonos diversos. La luz se transformaba en color.
La variación cromática inundaba el espacio y el tiempo, y su diversidad bañaba cada cosa con su manto colorido. Ya no era el brillo explosivo de una luz blanca que cegaba la incredulidad, sino un manto de una variación de sutiles colores que dejaban ver el resto del horizonte bajo esa nueva perspectiva apasionante.
Y el domingo, ese domingo cualquiera, ese domingo silencioso que de puntillas pasaba por mi vida comenzó a hacerse sentir como único, irrepetible y especial.
El viento frío ya no helaba; el gris encapotado era un marco de esa belleza de luz colorida; y la nieve en las montañas era la primera pincelada blanca sobre la que se sujetaba la cortina de color que había sorprendido mi mirada, mi mente y mi corazón.
5.3.06
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