El cielo era azul cuando levanté la mirada. Algunas nubes blancas y esponjosas se deslizaban lentas en la inmensidad del horizonte.
El sol brillaba en lo alto iluminando cada cosa y proyectando sombras irreales que nacían a los pies de los objetos.
En la lejanía un pájaro volaba majestuoso. Batía sus alas contorneando todo su cuerpo, elevándose en las alturas y después se estiraba profundamente planeando en el horizonte.
Cruzó veloz el cielo pasando por encima de mi cabeza y se perdió en la espesura del bosque.
“¡Cuánto nos parecemos a ese pájaro!”, pensé.
A veces nos retorcemos sobre nosotros mismos buscando esa fuerza interior que nos impulse para avanzar hacia las alturas de nuestro horizonte. No podemos pararnos a disfrutar, sino que todo nuestro ser está en el esfuerzo convulsivo de un batir continuo de las alas de nuestra alma.
Pero después, nos estiramos, abarcamos toda nuestra existencia de punta a punta; desplegamos nuestras sensaciones y disfrutamos de nuestro vuelo planeador sobre la tierra. Es entonces cuando abrimos los párpados, nos quedamos inmóviles y nuestras pupilas se llenan del agua y la montaña que quedan a nuestros pies. Planeamos gozosos por la inmensidad de nuestra vida sintiendo la brisa de un viento que acaricia nuestro cuerpo.
Y tras estos segundos de éxtasis maravilloso, nuestro instinto nos hace volver a batirnos sobre nosotros mismos, replegar nuestras alas y buscar de nuevo esa fuerza que nos impulse en el vuelo cotidiano.
El sol brillaba en lo alto iluminando cada cosa y proyectando sombras irreales que nacían a los pies de los objetos.
En la lejanía un pájaro volaba majestuoso. Batía sus alas contorneando todo su cuerpo, elevándose en las alturas y después se estiraba profundamente planeando en el horizonte.
Cruzó veloz el cielo pasando por encima de mi cabeza y se perdió en la espesura del bosque.
“¡Cuánto nos parecemos a ese pájaro!”, pensé.
A veces nos retorcemos sobre nosotros mismos buscando esa fuerza interior que nos impulse para avanzar hacia las alturas de nuestro horizonte. No podemos pararnos a disfrutar, sino que todo nuestro ser está en el esfuerzo convulsivo de un batir continuo de las alas de nuestra alma.
Pero después, nos estiramos, abarcamos toda nuestra existencia de punta a punta; desplegamos nuestras sensaciones y disfrutamos de nuestro vuelo planeador sobre la tierra. Es entonces cuando abrimos los párpados, nos quedamos inmóviles y nuestras pupilas se llenan del agua y la montaña que quedan a nuestros pies. Planeamos gozosos por la inmensidad de nuestra vida sintiendo la brisa de un viento que acaricia nuestro cuerpo.
Y tras estos segundos de éxtasis maravilloso, nuestro instinto nos hace volver a batirnos sobre nosotros mismos, replegar nuestras alas y buscar de nuevo esa fuerza que nos impulse en el vuelo cotidiano.
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