27.4.06

La búsqueda de setas.

Entre sorbo y sorbo de una buena cerveza bebida en el bar de la esquina había nacido la idea de dedicar la mañana de domingo a la búsqueda de setas.

“Así, por la noche podemos cenar juntos con un buen vino”.

Por ello el domingo habían madrugado y dejando la ciudad atrás aparcaban ahora el coche junto al pórtico de una iglesia en un pueblo que ahora es menos pueblo y que surgía en la falda de las montañas.

Comenzaron a subir por un camino que se estrechaba a medida que se internaba en el bosque. Dejaron de hablar y cada uno con su cesto se separó unos pasos para comenzar la búsqueda de las setas. De vez en cuando levantaban su mirada del suelo y se buscaban entre la fila de troncos de los árboles.

Tomás comenzó pronto a encontrar algunos ejemplares de una tierna seta que nacía junto a las raíces de los árboles.

Pedro también comenzó su búsqueda, pero le distraía el cantar de los pájaros, el sonido lejano de un caer de agua, el viento que resoplaba entre las ramas. Seguía a cierta distancias los pasos de Tomás.

A eso de las once ya habían recorrido un buen tramo de bosque y Tomás se cruzó con un niño al que ni tan siquiera vio. Pedro, que le seguía detrás, conversó durante unos minutos con él.

A las doce, Tomás ya tenía el cesto medio lleno de setas. Pedro en esa hora había encontrado una ardilla a la que le había dado tiempo a fotografiar, había cruzado el río fijándose en las truchas que nadaban en sus aguas claras y había guardado en su bolsillo una piedra que parecía tener un fósil alado.

Cuando volvieron al coche, Tomás enseñó orgulloso su cesto rebosante de setas a su compañero. Pedro abrió el suyo y apenas tenía cuatro o cinco ejemplares.

“Pero, ¿qué has hecho en toda la mañana? Si hemos recorrido el mismo bosque, hemos dedicado el mismo tiempo… ¿Cómo es posible que tú tengas tan pocas?”

Pedro contó a su amigo su encuentro con el niño; su sorpresa al ver a pocos metros a una ardilla que le miraba con curiosidad; y lo saltarines que resultaban las truchas. Sacó de su bolsillo la piedra para enseñarle el fósil alado.

Aquella noche, comieron las setas de Tomás con un buen vino rioja; y rieron en abundancia recordando el paseo de la mañana.

Pedro le dijo a su amigo: “En la vida pasa como hoy. Sales una mañana a buscar setas y si te empeñas las encuentras; a otros nos sorprenden las pequeñas cosas que encontramos a cada paso y tal vez perdemos el rumbo de nuestro objetivo primero. Pero al final, aunque no tengamos setas, tenemos en nuestra retina y en nuestro corazón experiencias que podemos compartir y que tal vez otros, por tener esa mente fija en la búsqueda no han sabido ver ante sus ojos. Y como hoy, el poder contar esas experiencias nos hace ganarnos la amistad de aquellos que tienen el objetivo cumplido. Y como hoy, juntos podemos saborearlo”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya, vaya, vaya... Me ha gustado mucho también (igual que los demás)...
Yo soy Pedro, pero también soy Tomás... Y supongo que todos lo somos en una u otra situación, no?

Al fin y al cabo todos tenemos, más o menos claros, nuestros "objetivos" y, aunque a veces los logremos llendo directos a ellos, otras muchas nos distraen de nuestro camino el cantar de los pájaros y el murmullo del agua... y no importa. Porque lo importante es disfrutar de las pequeñas cosas que nos da la vida... vivir experiencias......
Un abrazo

P.D. me lio yo solo, jejejeje

Fer dijo...

Yo mismo me siento Pedro, tan voluble, tan curioso, tan interesado por todo lo que me rodea y no abarcaré jamás.
Pero en cuanto a ser Tomás: ¡dios, no voy a renunciar a comerme unas buenas setas por mucho niño, ardilla o trucha que se me cruce!
(Pequeña reflexión surgida tras no haber merendado, entiéndanse mis circunstancias).