3.4.06

Las palabras, los números.

En la era de los sondeos, de las mayorías democráticas o de las encuestas de opinión los números cuentan más que las palabras.

Damos más importancia a las estadísticas y a las cantidades que a los razonamientos. Hoy vale más la cantidad que la calidad.

No hace mucho me dijeron que por qué no había estudiado una ingeniería de futuro en vez de mis estudios anclados en el pasado de un lenguaje normativo. Hoy cuenta más la técnica que la razón.

En los periódicos hay más números que palabras y se busca la razón última en las cantidades.

Hoy todo es cuantificable en cifras, sobre todo las que hablan de euros. Todo se compra y todo se vende. Y ello, porque se cuenta.

Desde hace unos meses (¿los contamos?) me dedico a escribir y a encadenar palabras. Comenzó con un sinquerer. Y de repente me vi en el cuarto relato del sin sentido y de la esencia. Ese número, el cuarto, marcó el sentido del que hoy existe como trigesimosexto. Y la curiosidad me hace saber que llevo quince mil ciento noventa y cuatro palabras encadenadas en esta historia de mí mismo.

Pero, y me pregunto con persistencia, ¿es esto lo que les da valor?

Nunca antes había hablado desde tan dentro. Y estas quince mil ciento noventa y cuatro palabras encadenadas han variado mi interior haciendo más persistente mi esencia. Son matices, son reflejos, son luces o sombras que pintorrojean el marco de una vida. Y, siendo sinceros, hoy me veo mejor que ayer porque he abierto más los ojos. Algo ha cambiado y todo es igual.

Estamos en primavera y en la infinitud incontable de unas estrellas que tiemblan en la noche; en la sensación de unos granos de arena manchados incesantemente por la sal de un mar sin fondo; en la cumbre de una montaña abierta al horizonte inmenso de la vida; en el camino a veces árido de las preguntas; en la sonrisa o en el llanto; en la alegría o en la pena; en la inconsciencia o la conciencia; en el pasado, en el presente o en el futuro; en la vasija de barro de un amor escondido; en la pieza del puzzle; en la ventana de mi habitación; en lo más profundo de mi esencia; ahí dentro y ahí fuera me vuelvo a encontrar y sin contarme me doy la mano y sonrío. “Nunca fuiste tanto tú mismo”.

Y poco a poco se van poniendo las piezas del puzzle, se van abriendo las ventanas, se van disfrutando los olores al mar o a la montaña, se saborean los ocasos y amaneceres… Mientras, van cayendo incesantes los números. Y lejos queda ya el quince mil ciento noventa y cuatro, porque ahora son ya quince mil seiscientas cincuenta y nueve las palabras encadenadas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

“Nunca fuiste tanto tú mismo”.
Gracias por tus palabras encandenas que están cada vez más desencadenando el don de tu vida.
Un abrazo, Toni