A alguien le oí decir que en esta vida hay que hacer tres cosas: “escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol”. Tal vez lleguemos al final sin haber cumplido alguno de los tres cometidos; pero hoy os hablaré de mi árbol.
Elegí la semilla y con la confianza de que brotaría la sepulté en la tierra como quien entierra un deseo. Regué con agua de manantial el pequeño montículo de humus que ennegrecido sobresalía en la pradera. Durante meses sólo la marca en una piedra pintada me recordaba que ahí estaba una de las tareas de mi vida.
Una mañana, cuando ya mi esperanza flaqueaba, di una patada a la piedra que nada señalaba. Entonces, allí debajo vi que intentaba surgir un pequeño brote distinto a la hierba que todo inundaba. Con alegría volví a regar el brote de mi esperanza y durante años vi crecer el árbol de mi vida.
Descubrí su primera rama, y su primera hoja, y su primera flor y su primer fruto. Se transformó en un árbol esbelto que rápido me superó en altura.
En las tardes de primavera me acercaba a él para ver sus nuevos brotes; en el verano me tumbaba bajo su sombra; en el otoño pisaba con mis pies sus hojas de oro lanzadas a la eternidad.
Un día, cuando ya mi árbol confiaba en mí, le hice llorar. Suspiraba en lágrimas de resina que nacían de su tronco mientras yo le clavaba la navaja. “¿Por qué aquél que me dio la vida ahora intenta quitármela con ese cuchillo afilado que mete en mis entrañas?”
Lloraba resina de impotencia, de desesperación, de incomprensión, de tristeza y soledad. Era resina de traición. Y mi árbol desconsolado lloraba sangrando vida.
“No te inquietes”, le dije. “Ahora ya siempre estaré contigo; porque cada noche cuando te abandone me quedaré; cada invierno cuando la nieve cubra tus pies y yo no venga, tú me verás aquí a tu lado. Y ahora sí, para siempre, serás el árbol de mi vida”.
Me alejé caminando. El árbol se volvió, volteando sus ramas hacia el tronco para curarse la herida de sangre y lágrimas. Entonces descubrió mi mensaje: “un enorme corazón marcado para siempre en su corteza”.
Volví mi mirada y vi que toda su copa danzaba al compás del viento, moviendo cada rama. Escuché claramente su respuesta nacida del movimiento de cada una de sus hojas: “Jorge, yo también te quiero”.
Elegí la semilla y con la confianza de que brotaría la sepulté en la tierra como quien entierra un deseo. Regué con agua de manantial el pequeño montículo de humus que ennegrecido sobresalía en la pradera. Durante meses sólo la marca en una piedra pintada me recordaba que ahí estaba una de las tareas de mi vida.
Una mañana, cuando ya mi esperanza flaqueaba, di una patada a la piedra que nada señalaba. Entonces, allí debajo vi que intentaba surgir un pequeño brote distinto a la hierba que todo inundaba. Con alegría volví a regar el brote de mi esperanza y durante años vi crecer el árbol de mi vida.
Descubrí su primera rama, y su primera hoja, y su primera flor y su primer fruto. Se transformó en un árbol esbelto que rápido me superó en altura.
En las tardes de primavera me acercaba a él para ver sus nuevos brotes; en el verano me tumbaba bajo su sombra; en el otoño pisaba con mis pies sus hojas de oro lanzadas a la eternidad.
Un día, cuando ya mi árbol confiaba en mí, le hice llorar. Suspiraba en lágrimas de resina que nacían de su tronco mientras yo le clavaba la navaja. “¿Por qué aquél que me dio la vida ahora intenta quitármela con ese cuchillo afilado que mete en mis entrañas?”
Lloraba resina de impotencia, de desesperación, de incomprensión, de tristeza y soledad. Era resina de traición. Y mi árbol desconsolado lloraba sangrando vida.
“No te inquietes”, le dije. “Ahora ya siempre estaré contigo; porque cada noche cuando te abandone me quedaré; cada invierno cuando la nieve cubra tus pies y yo no venga, tú me verás aquí a tu lado. Y ahora sí, para siempre, serás el árbol de mi vida”.
Me alejé caminando. El árbol se volvió, volteando sus ramas hacia el tronco para curarse la herida de sangre y lágrimas. Entonces descubrió mi mensaje: “un enorme corazón marcado para siempre en su corteza”.
Volví mi mirada y vi que toda su copa danzaba al compás del viento, moviendo cada rama. Escuché claramente su respuesta nacida del movimiento de cada una de sus hojas: “Jorge, yo también te quiero”.
1 comentario:
Me gusta la reflexión, muy alejada de lo que yo mismo me compuse tras leer algo en mi mocedad: es muy fácil tener un hijo (y te ahorras los preservativos), escribir un libro (contrata a un negro literario, como Ana Rosa) y plantar un árbol (arroja los restos de una manzana y vuelve al año siguiente).
Pero ahora, lo que se dice difícil, es tener un libro (al precio que están y para lo que la gente lee...), escribir un árbol (con los sms hablaríamos de "rbl" o "arvol") y plantar un hijo (no sé si el Código Penal recoge algo al respecto).
Ah, tiempos modernos, que todo lo estorban...
Publicar un comentario