A la orilla del camino, junto al muro de piedra, había un ciprés que esbelto en su belleza señalaba el azul del cielo. Había crecido en los años, afianzándose en la hondura de la tierra y a la vez separándose de ella en un lento pero continuo caminar hacia la infinitud del cielo.
El muro se había quedado pequeño para contener bajo su sombra el perfil aventurero del árbol. Y la copa del ciprés hacía años que había superado la línea horizontal de las piedras laboriosamente unidas por la mano del hombre.
En esas mismas tierras vacías de montañas y llenas de una eterna planicie soplaba un viento fuerte que nacía en la lejanía de lo infinito. Aquel susurro marino que surgía como brisa fresca a la orilla salada del agua que acariciaba la arena lejana de la playa, se levantaba perezoso e iba ganando en fuerza y profundidad en su roce contra la meseta plana de la tierra. Y esa brisa crecida en viento potente y vigoroso cruzaba relampagueante arañando continuamente los campos.
De vez en cuando, chocaba incesante contra el muro y en la constante demostración de su fuerza había llegado incluso a mover alguna de la piedras del muro haciéndola rodar hasta los pies del ciprés.
Una tarde de verano surgió la duda de quién era más grande, si el ciprés o el viento.
El ciprés, crecido en el silencio de sus raíces hondas en la tierra y lanzado hacia la inmensidad de su apuntar al cielo no dudó en responder: “Viento, tú eres más grande que yo”.
“Eres más grande porque recorres cientos de kilómetros desde la lejanía de un mar que yo nunca he visto. Llegas veloz y potente, y en tu ímpetu he visto cómo mueves las piedras firmes de este muro hasta dejarlas junto a mí”.
“Eres más grande porque ante tu fuerza yo me he bamboleado perdiendo la rectitud que buscaba hacia el cielo y las hojas de mi copa han tocado el suelo cuando me arrodillé ante tu presencia”.
“Decididamente, Viento, tú eres el más grande”.
El viento, tornándose de nuevo brisa, suspiró y en un susurro callado dijo:
“Te equivocas, Ciprés. Yo nací de las aguas saladas que nunca probarás. Recorrí la meseta ganando poder. Las piedras de un muro no pueden detenerme jamás. Pero tú siempre has sido más grande que yo. En tu constancia has crecido hacia el interior de la tierra que te da vida; y centímetro a centímetro has ganado en altura apuntando hacia el cielo infinito. Has sabido perder tus principios verticales cuando yo llegaba y te has bamboleado ante mi presencia llegando a tocar con la punta de tus ramas el suelo. Pero en ese gesto de humildad he visto asombrado tu grandeza, porque cuando te toqué para derribarte te moviste; moviste cada rama de tu ser; moviste cada hoja de tu esencia y en ella, en el roce con tu piel, encontré mi voz y de nuevo la caricia de tus ramas me hizo suspirar y hablar”.
“Ciprés, tú eres grande, porque sólo en ti el viento deja de ser mudo y puede contar que un día nació del mar”.
El muro se había quedado pequeño para contener bajo su sombra el perfil aventurero del árbol. Y la copa del ciprés hacía años que había superado la línea horizontal de las piedras laboriosamente unidas por la mano del hombre.
En esas mismas tierras vacías de montañas y llenas de una eterna planicie soplaba un viento fuerte que nacía en la lejanía de lo infinito. Aquel susurro marino que surgía como brisa fresca a la orilla salada del agua que acariciaba la arena lejana de la playa, se levantaba perezoso e iba ganando en fuerza y profundidad en su roce contra la meseta plana de la tierra. Y esa brisa crecida en viento potente y vigoroso cruzaba relampagueante arañando continuamente los campos.
De vez en cuando, chocaba incesante contra el muro y en la constante demostración de su fuerza había llegado incluso a mover alguna de la piedras del muro haciéndola rodar hasta los pies del ciprés.
Una tarde de verano surgió la duda de quién era más grande, si el ciprés o el viento.
El ciprés, crecido en el silencio de sus raíces hondas en la tierra y lanzado hacia la inmensidad de su apuntar al cielo no dudó en responder: “Viento, tú eres más grande que yo”.
“Eres más grande porque recorres cientos de kilómetros desde la lejanía de un mar que yo nunca he visto. Llegas veloz y potente, y en tu ímpetu he visto cómo mueves las piedras firmes de este muro hasta dejarlas junto a mí”.
“Eres más grande porque ante tu fuerza yo me he bamboleado perdiendo la rectitud que buscaba hacia el cielo y las hojas de mi copa han tocado el suelo cuando me arrodillé ante tu presencia”.
“Decididamente, Viento, tú eres el más grande”.
El viento, tornándose de nuevo brisa, suspiró y en un susurro callado dijo:
“Te equivocas, Ciprés. Yo nací de las aguas saladas que nunca probarás. Recorrí la meseta ganando poder. Las piedras de un muro no pueden detenerme jamás. Pero tú siempre has sido más grande que yo. En tu constancia has crecido hacia el interior de la tierra que te da vida; y centímetro a centímetro has ganado en altura apuntando hacia el cielo infinito. Has sabido perder tus principios verticales cuando yo llegaba y te has bamboleado ante mi presencia llegando a tocar con la punta de tus ramas el suelo. Pero en ese gesto de humildad he visto asombrado tu grandeza, porque cuando te toqué para derribarte te moviste; moviste cada rama de tu ser; moviste cada hoja de tu esencia y en ella, en el roce con tu piel, encontré mi voz y de nuevo la caricia de tus ramas me hizo suspirar y hablar”.
“Ciprés, tú eres grande, porque sólo en ti el viento deja de ser mudo y puede contar que un día nació del mar”.
1 comentario:
No se comos e te ocurren estas historias tan bonitas... Me encantan.
Pasa buena semana, qué esta también es corta, jejeje.
Un abrazo
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