29.5.06

El árabe.

(Nota: este nanorrelato está pensado como complemento al primero que escribí: el zoco. Os invito a leerlo para poder cerrar el círculo de lo que quiero decir)

Aquella mañana el mercado estaba lleno de turistas. Se percibía un ir y venir de gente que buscaba entre los puestos aquello que le llamaba la atención. Se guiaban por los colores de las telas, los olores de los botes de especias y el griterío de los vendedores que explicaban las maravillas de sus artículos.

El zoco se organizaba en estrechas calles llenas de productos similares. Estaba la calle de las mantelerías; la calle de las carnicerías; la calle de la platería… Y los turistas con sus monedas en los bolsillos recorrían los puestos incitados por la belleza de lo diferente.

Mohamed era un anciano que llevaba acudiendo al zoco cada día desde su juventud. Había comenzado vendiendo especias para un terrateniente que dominaba cinco puestos a lo largo de la misma calle.

Después de un tiempo aprendió el arte del cristal y montó un pequeño negocio de venta de cristalería. Vendía jarrones para bellas rosas, copas para llenarlas de buen vino; pero nunca llegó a ver finalizada su obra porque sus continentes nunca tenían contenido.

El negocio crecía y Mohamed llegó a tener una tienda propia con personal a su cargo. Pero una noche un ángel se apareció en sueños y le interpeló sobre el sentido de la vida. Le prometió que un día llegaría un extranjero y le enseñaría el arte de vivir. Mientras, le propuso vender tarros vacíos con la esencia de la nada al precio irrisorio de cero maravedíes.

Pasaron cinco años vendiendo pequeñas vasijas de barro. Al principio lo hacía con ilusión; pasado un tiempo repetía ya monótono el discurso que le había enseñado el ángel. Semanalmente conseguía regalar dos o tres tarros y la gente siempre le daba alguna moneda porque no lo aceptaban como regalo. Pero a la mañana siguiente volvían a aparecer indignados porque en la vasija no había nada de nada.

Una mañana llegó un hombre solo y le preguntó por su mercancía. Como todos los demás parecía sorprendido por el nulo valor de la vasija. Y aceptó llevarse uno de los botes sin pagar nada.

Al día siguiente, aquella mañana en la que el mercado estaba lleno de turistas; aquella en la que se percibía un ir y venir de gente que buscaba entre los puestos aquello que le llamaba la atención; Mohamed se sentó junto a su alfombra al lado de los tarros vacíos. Y cuando ya la mañana tocaba su fin, apareció el turista del día anterior con el tarro entre sus manos. Abrazó al árabe, le beso las manos y llorando le dijo:

“Gracias por el regalo de ayer. Volví al hotel, lo abrí y no vi nada. Enfadado pensaba traértelo hoy porque habías jugado con mi ilusión. Pero a la noche se me apareció un ángel y me explicó el misterio. Me levanté y en el fondo de la vasija encontré el sentido de mi existencia; el milagro de entender el porqué de las cosas… Muchas veces lo había tenido delante de mí, pero ciego no había conseguido verlo. Tú con tu regalo me has hecho descubrirlo”.

El árabe le preguntó sorprendido: “¿y cuál es ese misterio, pues yo lo desconozco?”

El extranjero más sorprendido todavía le cuestionó: “pero, ¿no has sido tú quien me lo has regalado? ¿Cómo puedes desconocer lo que me has dado? ¿Cómo puedes dar lo que no entiendes?”

El árabe cogió la vasija entre sus manos, la destapó, miró dentro y entonces lo vio; allí dentro estaba tiritando el amor.

Se despidieron entre lágrimas y prometieron no olvidarse.

Aquella noche el ángel volvió a sus sueños y le dijo:

“Mohamed, el sentido de la vida siempre lo has tenido dentro, en el fondo de tu corazón; pero tus ojos no podían verlo hasta que alguien no te lo regalase. Tú lo hiciste con el extranjero al darle tu vasija vacía; el extranjero te lo regaló al ofrecerte su agradecimiento. Es en ese momento de regalo cuando lo que siempre has llevado dentro explota y destaca de una forma tan brillante que tus ojos pueden verlo. Entonces lo vacío se transforma en aquello que siempre has soñado.”

Hoy Mohamed sigue vendiendo en el zoco sus vasijas vacías, gritando el regalo maravilloso de la vida. Muchos pasan a su lado con indiferencia; otros hacen la prueba pero su incredulidad no les permite abir sus miradas; alguno, muy de vez en cuando, acepta su regalo y en la noche estrellada descubre ese sol que siempre iluminará su vida.

21.5.06

El nogal.

En mi ir habitual por la Bureba hacia Briviesca recorro unos kilómetros de caminos rurales que separan y a la vez unen las fincas. Son pisados por tractores, cosechadoras y otras maquinarias que arañan, siembran y siegan la tierra, haciendo que en cada estación el paisaje sea distinto.

En estos kilómetros de estrechos caminos, hoy en día en su mayor parte asfaltados, desciendo por la cuesta que me lleva hacia la hondonada y después asciendo levemente hacia una planicie tras la cual aparece la población.

En lo alto de esta planicie un día me sorprendió ver un nogal inclinado hacia la tierra en gesto de sumisión; tal vez herido por un rayo o roto por una fuerte ventisca. Sus ramas tocaban el suelo y su tronco aparecía casi roto formando un ángulo recto que rompía su tendencia a la verticalidad.

El nogal no era tan esbelto como los olmos, chopos o incluso los cipreses del cementerio. Y sin embargo el rayo o el embiste del viento lo había doblado a él.

Pensé que pronto perdería la vida y que ese día su historia había finalizado derrumbada por el destino cruel.

Sin embargo desde entonces he pasado por ese camino infinitud de veces y siempre mi vista se ha vuelto a mirar levemente al nogal herido.

Hoy me he detenido a su altura y he ido hasta sus pies cruzando el mar de espigas de centeno que con la brisa del viento se mueve en olas de un color verde que casi por momentos se va dorando.

Sorprendido junto al nogal veo que sus hojas son verdes y que lo que serán frutos apuntan en algunas de sus ramas.

Un lejano día este árbol nació de una nuez y transformándose por dentro fue creciendo en la tierra hasta despuntar en el horizonte. Creció y creció, y tuvo su primera rama; y su primera hoja; y su primer fruto.

Otro día fue herido mortalmente por el rayo, pero de ese derrumbe de lo construido con paciencia no emergió la muerte sino el reto de una nueva vida ganada segundo a segundo al destino. Y hoy, entre todos los árboles de la planicie, el que me ha llamado la atención; el que me ha hecho detenerme y caminar hasta él, ha sido precisamente este nogal que herido y sumiso ante la naturaleza lucha cada día por mantener viva la savia en su interior y fuera el color de sus hojas.

14.5.06

El mar y la arena.

Aquella tarde estaba en la playa, y mientras mis pies caminaban pisando la arena y mis ojos se paseaban por la línea de un mar infinito, mi mente se esparcía en pensamientos.

Pensaba en la arena. Minúsculos granos que creaban una inmensidad. ¡Qué caliente es la arena cuando refleja un sol radiante! ¡Qué húmeda cuando se aleja la fría ola del océano! Cogí un puñado entre mis manos y sentí cómo cada grano se deslizaba entre mis dedos hasta quedarme vacío. La arena era inabarcable, minúscula como el polvo del camino. Si algún día la arena se volviese densa y lisa como el cemento ya no sería arena. Y la playa dejaría de ser playa.

Pensaba en el mar. Esa infinita masa que en un acompasado vaivén acariciaba la playa. Rompía en un suspiro y se retiraba tras bañar la arena. Su olor se despegaba empapando la brisa de un sabor intenso a sal. Si algún día se anclase y dejase para siempre su movimiento; si el mar no latiese en una continua ola; si no rompiese espumoso ante la costa; si no supiese a sal…, el mar dejaría de ser mar.

Enfrascado en mis pensamientos me crucé con un niño que mezclaba en su caldero de juguete el mar y la arena. Y en su tarea de paciente unión construía un castillo de mar y de arena. Un castillo bello de infinitos granos empapados por la sal del mar.

Di un paseo y al volver el niño ya no estaba. Y donde había jugado vi cómo el viento empujaba la arena seca contra el castillo erosionándolo; y vi cómo una ola lo cubría con su manto haciéndolo desaparecer.

Entonces comprendí: el castillo de mar y arena se diluía para siempre en la eternidad de su esencia; de una arena que es siempre arena; y de un mar que es siempre mar.

4.5.06

La otra orilla.

Desde que había nacido solía visitar la playa con frecuencia. De niño jugaba haciendo castillos de arena. De joven buscaba la inspiración en las puestas de sol tras un día radiante de calor. Veía el desfilar de los barcos de pescadores que cruzaban el horizonte saliendo del pequeño puerto por la mañana y volviendo con las bodegas repletas al llegar el ocaso.

Los días de tempestad y de grises eternos el viento soplaba y las olas rugían llegando en una cascada de fuerza que arañaba el acantilado.

Los días de inmensa calma el mar era un espejo tranquilo que reflejaba los azules infinitos del cielo.

Los ojos buscaban en el horizonte la otra línea de tierra que a ciertos kilómetros surgía de la nada. Había oído contar historias de pueblos y gentes diferentes, de tradiciones diversas, de riquezas infinitas y de gobiernos de minotauros donde su justicia era la injusticia de los sometidos. Había oído leyendas de gentes que no volvían, de visitantes que habían desaparecido por osar llegar a la tierra del “nunca volverás”. Los barcos esquivaban su costa incluso remando en contra del viento.

Siempre me había llamado la atención aquella línea de tierra indeterminada y misteriosa.

Con el paso del tiempo sentía dentro el deseo de visitarla, de descubrirla y de comprobar si el maleficio era cierto o una invención de los comerciantes. Pero no encontré a nadie que quisiera venir conmigo en barco.

“Loco”, me llamaban, “más vale dedicarte a aprender a labrar la madera como tu padre”.

Pasaron los años y fui carpintero. El negocio familiar se duplicó y lo que era un taller de pequeños utensilios caseros, se convirtió en una hacienda que se dedicaba a la preparación de estructuras de construcción de casas. Andamios los llamé yo.

Pero el paso de los años también trajo a mi mente las ilusiones y los deseos, en buena medida irracionales, de mi juventud.

Comencé a planificar mi viaje a la otra orilla y pasaba las tardes construyendo un pequeño velero. Con madera hice la quilla, la popa y la proa. Recubrí todo de brea para que el agua no entrase por las juntas. Levanté el mástil y busqué una vela adecuada.

Una mañana llevé el barco a la playa, a mi playa, a la playa de todos los días. Con dificultad lo llevé hasta la orilla y por primera vez el barco tocó el agua de mar. Esa era su esencia. No se hundía. Salté a su interior y remando lo fui apartando de la costa en búsqueda de la profundidad del mar. Me crucé con algún pesquero que salía a navegar y sus ocupantes mi miraron con cara de indiferencia ensimismados en sus tareas diarias.

Desplegué la vela y el viento la hinchó. Surcó durante horas el mar calmado de la mañana. Con el sol del medio día quedé dormido y soñé con el minotauro que me esperaba en aquella línea lejana de tierra. Sentía el bamboleo de sueños incómodos que me perturbaban.

Desperté y sobresaltado vi que el cielo había cambiado, que el mar estaba embravecido y que una tormenta azotaba mi velero dejándolo a los vaivenes de unas olas que me empujaban a un lado y al otro. Sentí como la vela se rasgaba y la punta del mástil cayó al océano.

Pasaron así varias horas, toda una noche, y cuando fatigado me rendí y maldije el día que salí de mi mundo de seguridades, me encomendé a Dios y asumí que la muerte llegaba. No recuerdo mucho más.

Sólo recuerdo que a la mañana siguiente me despertó de nuevo el sol en el horizonte, justo en el momento en el que en un golpe seco el barco encallaba en un arenal. Había llegado a la tierra del “nunca volverás”.

Salté a la playa y tras los primeros árboles descubrí una mirada. Había alguien que trabajaba construyendo una barca.

Me acerqué y le pregunté: “¿Para qué construyes una barca?”

Él me respondió: “Desde pequeño he visitado esta playa y veía en el horizonte aquella línea de mar de donde vienes y soñaba algún día con ir y descubrir sus misterios. En mi pueblo siempre han dicho que allí se escondían maravillas increíbles pero también peligros inmensos. Nadie se atreve a viajar hasta allí. Yo siempre he mirado aquella orilla con el deseo de visitarla y desde hace dos meses construía un bote para lanzarme a realizar mi sueño”.

Entonces pensé que las orillas estaban unidas por el baño salado del mismo mar y que simplemente eran perspectivas de la misma realidad. Había merecido la pena surcar las olas para ver desde esta otra orilla, en una nueva perspectiva, mi línea de tierra que ahora lejana me saludaba desde el horizonte.

2.5.06

El bolígrafo azul.

Normalmente el ordenador es mi página en blanco donde escribo mis pensamientos. Pero hoy me encontré delante de una página de papel para rellenarla de palabras y construir así un nuevo nanorrelato.

Tenía entre mis manos un bolígrafo azul de tinta líquida. No seré yo quien haga publicidad gratuita de la marca, pero me gustan estos bolígrafos que acarician la página sin necesidad de fuerza y van soltando su tinta de manera cómoda. Hacen que escribir sea fácil.

Pensaba qué escribir y qué dirección dar al nuevo texto. Y en mi mente se mezclaban ciertas ideas que necesitaban rumbo, meta y claridad. A veces por ser tantas y tan dispares se apelotonan a la salida bloqueándose continuamente. Otras veces, por estar tan ocultas y escondidas parece que tienes que ir a la búsqueda del tesoro desaparecido. A todo eso le llaman inspiración.

Mientras pensaba qué orden dar a la idea, y cómo traducirla al lenguaje humano de las palabras jugaba con el bolígrafo en mis manos. Lo incliné varias veces y me di cuenta de que la tinta en su interior se deslizaba por sus paredes como un rápido reloj de arena. Durante un minuto jugueteé curioso con la tinta azul de mi bolígrafo que encerrada en su plástico recorría como unas pequeñas gotas de agua el interior de su cápsula. Ahí estaba toda la tinta junta en diez gotitas de un azul intenso.

Entonces se me ocurrió la idea y comencé a escribir lo que otros están leyendo.

El papel en blanco. Y el bolígrafo lleno como el reloj de arena de un azul intenso; una suma de gotitas de tinta. Y poco a poco el bolígrafo, raspando ligeramente el blanco del papel lo va ensuciando haciendo que las ideas se transformen en palabras escritas.

Y pensé que las gotitas podrían haber sido una mancha esparcida en una camisa como un borrón difícil de quitar. O esparcirse en el suelo manchando las baldosas. Y sin embargo, esparcidas, no en la libertad del impulso, sino en la paciencia de algo que se transforma se convierten en palabras y frases irrepetibles que nunca fueron dichas.

El reloj de arena líquida que es mi bolígrafo llegará un día a su fin y exprimirá su último suspiro. Los folios estarán ya manchados para siempre en gestos, ideas y sentimientos. El recipiente vacío habrá cumplido ya su objetivo.

Lo miro y sonrío. Jugueteo una vez más con mi bolígrafo, y aunque la cantidad de gotitas que se escurren por su interior es menor, todavía le quedan muchos sueños por escribir. La página en blanco está llena y mi bolígrafo azul reposa en la madera de la escribanía.