Normalmente el ordenador es mi página en blanco donde escribo mis pensamientos. Pero hoy me encontré delante de una página de papel para rellenarla de palabras y construir así un nuevo nanorrelato.
Tenía entre mis manos un bolígrafo azul de tinta líquida. No seré yo quien haga publicidad gratuita de la marca, pero me gustan estos bolígrafos que acarician la página sin necesidad de fuerza y van soltando su tinta de manera cómoda. Hacen que escribir sea fácil.
Pensaba qué escribir y qué dirección dar al nuevo texto. Y en mi mente se mezclaban ciertas ideas que necesitaban rumbo, meta y claridad. A veces por ser tantas y tan dispares se apelotonan a la salida bloqueándose continuamente. Otras veces, por estar tan ocultas y escondidas parece que tienes que ir a la búsqueda del tesoro desaparecido. A todo eso le llaman inspiración.
Mientras pensaba qué orden dar a la idea, y cómo traducirla al lenguaje humano de las palabras jugaba con el bolígrafo en mis manos. Lo incliné varias veces y me di cuenta de que la tinta en su interior se deslizaba por sus paredes como un rápido reloj de arena. Durante un minuto jugueteé curioso con la tinta azul de mi bolígrafo que encerrada en su plástico recorría como unas pequeñas gotas de agua el interior de su cápsula. Ahí estaba toda la tinta junta en diez gotitas de un azul intenso.
Entonces se me ocurrió la idea y comencé a escribir lo que otros están leyendo.
El papel en blanco. Y el bolígrafo lleno como el reloj de arena de un azul intenso; una suma de gotitas de tinta. Y poco a poco el bolígrafo, raspando ligeramente el blanco del papel lo va ensuciando haciendo que las ideas se transformen en palabras escritas.
Y pensé que las gotitas podrían haber sido una mancha esparcida en una camisa como un borrón difícil de quitar. O esparcirse en el suelo manchando las baldosas. Y sin embargo, esparcidas, no en la libertad del impulso, sino en la paciencia de algo que se transforma se convierten en palabras y frases irrepetibles que nunca fueron dichas.
El reloj de arena líquida que es mi bolígrafo llegará un día a su fin y exprimirá su último suspiro. Los folios estarán ya manchados para siempre en gestos, ideas y sentimientos. El recipiente vacío habrá cumplido ya su objetivo.
Lo miro y sonrío. Jugueteo una vez más con mi bolígrafo, y aunque la cantidad de gotitas que se escurren por su interior es menor, todavía le quedan muchos sueños por escribir. La página en blanco está llena y mi bolígrafo azul reposa en la madera de la escribanía.
Tenía entre mis manos un bolígrafo azul de tinta líquida. No seré yo quien haga publicidad gratuita de la marca, pero me gustan estos bolígrafos que acarician la página sin necesidad de fuerza y van soltando su tinta de manera cómoda. Hacen que escribir sea fácil.
Pensaba qué escribir y qué dirección dar al nuevo texto. Y en mi mente se mezclaban ciertas ideas que necesitaban rumbo, meta y claridad. A veces por ser tantas y tan dispares se apelotonan a la salida bloqueándose continuamente. Otras veces, por estar tan ocultas y escondidas parece que tienes que ir a la búsqueda del tesoro desaparecido. A todo eso le llaman inspiración.
Mientras pensaba qué orden dar a la idea, y cómo traducirla al lenguaje humano de las palabras jugaba con el bolígrafo en mis manos. Lo incliné varias veces y me di cuenta de que la tinta en su interior se deslizaba por sus paredes como un rápido reloj de arena. Durante un minuto jugueteé curioso con la tinta azul de mi bolígrafo que encerrada en su plástico recorría como unas pequeñas gotas de agua el interior de su cápsula. Ahí estaba toda la tinta junta en diez gotitas de un azul intenso.
Entonces se me ocurrió la idea y comencé a escribir lo que otros están leyendo.
El papel en blanco. Y el bolígrafo lleno como el reloj de arena de un azul intenso; una suma de gotitas de tinta. Y poco a poco el bolígrafo, raspando ligeramente el blanco del papel lo va ensuciando haciendo que las ideas se transformen en palabras escritas.
Y pensé que las gotitas podrían haber sido una mancha esparcida en una camisa como un borrón difícil de quitar. O esparcirse en el suelo manchando las baldosas. Y sin embargo, esparcidas, no en la libertad del impulso, sino en la paciencia de algo que se transforma se convierten en palabras y frases irrepetibles que nunca fueron dichas.
El reloj de arena líquida que es mi bolígrafo llegará un día a su fin y exprimirá su último suspiro. Los folios estarán ya manchados para siempre en gestos, ideas y sentimientos. El recipiente vacío habrá cumplido ya su objetivo.
Lo miro y sonrío. Jugueteo una vez más con mi bolígrafo, y aunque la cantidad de gotitas que se escurren por su interior es menor, todavía le quedan muchos sueños por escribir. La página en blanco está llena y mi bolígrafo azul reposa en la madera de la escribanía.
1 comentario:
Hola Jorge;
Hoy he entrado en tu blog y he leído algunos de tus últimos relatos, que me han gustado mucho. Enhorabuena y gracias por regalarnos no sólo relatos originales y bien escritos sino llenos de hondura, sugerentes, como puertas que se abren y nos invitan a cruzar el umbral, a dejarnos sorprender, a pensar…
Un abrazo.
MENTXU
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