Aquella tarde estaba en la playa, y mientras mis pies caminaban pisando la arena y mis ojos se paseaban por la línea de un mar infinito, mi mente se esparcía en pensamientos.
Pensaba en la arena. Minúsculos granos que creaban una inmensidad. ¡Qué caliente es la arena cuando refleja un sol radiante! ¡Qué húmeda cuando se aleja la fría ola del océano! Cogí un puñado entre mis manos y sentí cómo cada grano se deslizaba entre mis dedos hasta quedarme vacío. La arena era inabarcable, minúscula como el polvo del camino. Si algún día la arena se volviese densa y lisa como el cemento ya no sería arena. Y la playa dejaría de ser playa.
Pensaba en el mar. Esa infinita masa que en un acompasado vaivén acariciaba la playa. Rompía en un suspiro y se retiraba tras bañar la arena. Su olor se despegaba empapando la brisa de un sabor intenso a sal. Si algún día se anclase y dejase para siempre su movimiento; si el mar no latiese en una continua ola; si no rompiese espumoso ante la costa; si no supiese a sal…, el mar dejaría de ser mar.
Enfrascado en mis pensamientos me crucé con un niño que mezclaba en su caldero de juguete el mar y la arena. Y en su tarea de paciente unión construía un castillo de mar y de arena. Un castillo bello de infinitos granos empapados por la sal del mar.
Di un paseo y al volver el niño ya no estaba. Y donde había jugado vi cómo el viento empujaba la arena seca contra el castillo erosionándolo; y vi cómo una ola lo cubría con su manto haciéndolo desaparecer.
Entonces comprendí: el castillo de mar y arena se diluía para siempre en la eternidad de su esencia; de una arena que es siempre arena; y de un mar que es siempre mar.
14.5.06
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