21.5.06

El nogal.

En mi ir habitual por la Bureba hacia Briviesca recorro unos kilómetros de caminos rurales que separan y a la vez unen las fincas. Son pisados por tractores, cosechadoras y otras maquinarias que arañan, siembran y siegan la tierra, haciendo que en cada estación el paisaje sea distinto.

En estos kilómetros de estrechos caminos, hoy en día en su mayor parte asfaltados, desciendo por la cuesta que me lleva hacia la hondonada y después asciendo levemente hacia una planicie tras la cual aparece la población.

En lo alto de esta planicie un día me sorprendió ver un nogal inclinado hacia la tierra en gesto de sumisión; tal vez herido por un rayo o roto por una fuerte ventisca. Sus ramas tocaban el suelo y su tronco aparecía casi roto formando un ángulo recto que rompía su tendencia a la verticalidad.

El nogal no era tan esbelto como los olmos, chopos o incluso los cipreses del cementerio. Y sin embargo el rayo o el embiste del viento lo había doblado a él.

Pensé que pronto perdería la vida y que ese día su historia había finalizado derrumbada por el destino cruel.

Sin embargo desde entonces he pasado por ese camino infinitud de veces y siempre mi vista se ha vuelto a mirar levemente al nogal herido.

Hoy me he detenido a su altura y he ido hasta sus pies cruzando el mar de espigas de centeno que con la brisa del viento se mueve en olas de un color verde que casi por momentos se va dorando.

Sorprendido junto al nogal veo que sus hojas son verdes y que lo que serán frutos apuntan en algunas de sus ramas.

Un lejano día este árbol nació de una nuez y transformándose por dentro fue creciendo en la tierra hasta despuntar en el horizonte. Creció y creció, y tuvo su primera rama; y su primera hoja; y su primer fruto.

Otro día fue herido mortalmente por el rayo, pero de ese derrumbe de lo construido con paciencia no emergió la muerte sino el reto de una nueva vida ganada segundo a segundo al destino. Y hoy, entre todos los árboles de la planicie, el que me ha llamado la atención; el que me ha hecho detenerme y caminar hasta él, ha sido precisamente este nogal que herido y sumiso ante la naturaleza lucha cada día por mantener viva la savia en su interior y fuera el color de sus hojas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Jorge, cada relato es un regalo. Es una gozada abrir el correo y verte allí. ¿Cuántos "nogales" habrá por el mundo? Ojalá todos tengan a alguien que se fije en ellos. Besines, Rosa

Anónimo dijo...

Gracias,
sigues fiel a tu cita perdurando como un nogal con brotes siempre nuevos.
Txemi.

Anónimo dijo...

Preciosa historia, como siempre: un "cuento" muy bonito, cercano, cotidiano, pero que gracias a esa manera tan especial que tienes de describir las cosas se convierte en un cuento de hadas.....

SALUDOS.........
........Raúl....

Fer dijo...

Me ha gustado bastante la reflexión. Me trae a la mente al cachorrito desvalido de la camada, el mismo que nos llama la atención pese a la vitalidad de sus hermanos.
Quizás se trate de solidaridad entre seres vivos, un sentimiento que, innato, aflora en cada uno de nosotros.
Hay quien lo llama debilidad. Yo lo llamo instinto.