4.5.06

La otra orilla.

Desde que había nacido solía visitar la playa con frecuencia. De niño jugaba haciendo castillos de arena. De joven buscaba la inspiración en las puestas de sol tras un día radiante de calor. Veía el desfilar de los barcos de pescadores que cruzaban el horizonte saliendo del pequeño puerto por la mañana y volviendo con las bodegas repletas al llegar el ocaso.

Los días de tempestad y de grises eternos el viento soplaba y las olas rugían llegando en una cascada de fuerza que arañaba el acantilado.

Los días de inmensa calma el mar era un espejo tranquilo que reflejaba los azules infinitos del cielo.

Los ojos buscaban en el horizonte la otra línea de tierra que a ciertos kilómetros surgía de la nada. Había oído contar historias de pueblos y gentes diferentes, de tradiciones diversas, de riquezas infinitas y de gobiernos de minotauros donde su justicia era la injusticia de los sometidos. Había oído leyendas de gentes que no volvían, de visitantes que habían desaparecido por osar llegar a la tierra del “nunca volverás”. Los barcos esquivaban su costa incluso remando en contra del viento.

Siempre me había llamado la atención aquella línea de tierra indeterminada y misteriosa.

Con el paso del tiempo sentía dentro el deseo de visitarla, de descubrirla y de comprobar si el maleficio era cierto o una invención de los comerciantes. Pero no encontré a nadie que quisiera venir conmigo en barco.

“Loco”, me llamaban, “más vale dedicarte a aprender a labrar la madera como tu padre”.

Pasaron los años y fui carpintero. El negocio familiar se duplicó y lo que era un taller de pequeños utensilios caseros, se convirtió en una hacienda que se dedicaba a la preparación de estructuras de construcción de casas. Andamios los llamé yo.

Pero el paso de los años también trajo a mi mente las ilusiones y los deseos, en buena medida irracionales, de mi juventud.

Comencé a planificar mi viaje a la otra orilla y pasaba las tardes construyendo un pequeño velero. Con madera hice la quilla, la popa y la proa. Recubrí todo de brea para que el agua no entrase por las juntas. Levanté el mástil y busqué una vela adecuada.

Una mañana llevé el barco a la playa, a mi playa, a la playa de todos los días. Con dificultad lo llevé hasta la orilla y por primera vez el barco tocó el agua de mar. Esa era su esencia. No se hundía. Salté a su interior y remando lo fui apartando de la costa en búsqueda de la profundidad del mar. Me crucé con algún pesquero que salía a navegar y sus ocupantes mi miraron con cara de indiferencia ensimismados en sus tareas diarias.

Desplegué la vela y el viento la hinchó. Surcó durante horas el mar calmado de la mañana. Con el sol del medio día quedé dormido y soñé con el minotauro que me esperaba en aquella línea lejana de tierra. Sentía el bamboleo de sueños incómodos que me perturbaban.

Desperté y sobresaltado vi que el cielo había cambiado, que el mar estaba embravecido y que una tormenta azotaba mi velero dejándolo a los vaivenes de unas olas que me empujaban a un lado y al otro. Sentí como la vela se rasgaba y la punta del mástil cayó al océano.

Pasaron así varias horas, toda una noche, y cuando fatigado me rendí y maldije el día que salí de mi mundo de seguridades, me encomendé a Dios y asumí que la muerte llegaba. No recuerdo mucho más.

Sólo recuerdo que a la mañana siguiente me despertó de nuevo el sol en el horizonte, justo en el momento en el que en un golpe seco el barco encallaba en un arenal. Había llegado a la tierra del “nunca volverás”.

Salté a la playa y tras los primeros árboles descubrí una mirada. Había alguien que trabajaba construyendo una barca.

Me acerqué y le pregunté: “¿Para qué construyes una barca?”

Él me respondió: “Desde pequeño he visitado esta playa y veía en el horizonte aquella línea de mar de donde vienes y soñaba algún día con ir y descubrir sus misterios. En mi pueblo siempre han dicho que allí se escondían maravillas increíbles pero también peligros inmensos. Nadie se atreve a viajar hasta allí. Yo siempre he mirado aquella orilla con el deseo de visitarla y desde hace dos meses construía un bote para lanzarme a realizar mi sueño”.

Entonces pensé que las orillas estaban unidas por el baño salado del mismo mar y que simplemente eran perspectivas de la misma realidad. Había merecido la pena surcar las olas para ver desde esta otra orilla, en una nueva perspectiva, mi línea de tierra que ahora lejana me saludaba desde el horizonte.

1 comentario:

Fer dijo...

Perdóname la morcilla histórica, pero no he podido evitar pensar, al terminar la lectura, en que el narrador fuese Cristóbal Colón:
"¿Para qué construyes una barca?", le inquiere a un indio de La Española.
"Para devolveros la pelota, para invadiros", respondió el buen salvaje.
"Entonces, déjalo. Dentro de medio milenio, cuando nadie nos recuerde, tus descendientes podrán atacar mi mundo: y su arma se llamará reguetón", concluyó el navegante.
"Así sea, aunque yo pensé bautizarlo como culebrones", dijo el indio, mientras echaba a andar por la playa infinita.

En fin, es lo que tiene la Historia, que nos embauca y nos conduce por absurdos derroteros...