25.6.06

El día.

Tic, tac, tic, tac… El segundero del reloj va girando la platea numerada de las horas de este día. De un día que es lunes; o tal vez martes; o ¿era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.

La llave que gira ha hecho de nuevo plegarse la puerta del garaje y la luz de la mañana ha entrado a bocanadas por la rampa. Curva a la izquierda y ya estamos en el mundo de todos los días.

El semáforo me frena rojo en la esquina. Por fin se vuelve verde y corro veloz. Está calculado. Si voy un poco rápido llegaré al siguiente cruce justo antes de que el ámbar se coloree de otro rojo prohibido.

Mirada al frente. ¿Quién frena a mi lado?

Aparco en el mismo hueco que vacío me espera como todos los días y llego al quehacer que entre papeles me espera en la mesa de mi trabajo.

Tic, tac, tic, tac…. El segundero sigue avanzando. Unas veces con tremenda rapidez y otras con una sensación de lentitud. ¿Es verdad que los minutos son siempre iguales?

Hablo con el cercano. Alguien me pregunta. Otros me comentan. Suena una melodía y tras el auricular hablo con el lejano.

Preguntan por mí. Preguntan el por qué. Cuestionan el resultado. ¡Uy!, se ha escapado un gracias… eso no es normal. Ya se ha cumplido el cupo del día.

¿Qué día es hoy? Creo que es lunes; o tal vez martes. ¿Era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.

Tic, tac, tic, tac… El segundero llama a comer. Y comemos. Y volvemos a sentarnos detrás del escritorio. No recuerdo ya lo que había hoy para comer. ¿Qué he comido?

Sigue marcando el tiempo este hilo de metal que a veces corre y otras va lento girando siempre en la esfera blanca marcada por números.

Hablo con la de todos los días; hablo con la desconocida. Suena de nuevo la melodía y alguien pregunta por mí. Preguntan por qué. Cuestionan el resultado. ¡Uy!, a alguien se le ha escapado una sonrisa… eso no es normal. Ya se ha cumplido el cupo del día. Pero, ¿de qué día? ¿Era lunes? No. Creo que era martes. O, ¿tal vez era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.

Tic, tac, tic, tac… Recogemos el coche. No se ha movido del hueco que vacío me esperaba a la mañana. Creo haber quedado con alguien… ¿con quién? ¡Ah sí! Ya recuerdo. Llego antes. Pido en la barra. ¿Era café o coca cola?

Y de repente, a mi espalda siento una mano. “Hola, ¿qué tal el día?”

¿Qué día? ¿Hoy era lunes?, o tal vez martes. ¿Era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.

Me miran, y siento unos ojos que titubeantes me sonríen. “Eh, Jorge, ¿qué tal tu día?”

Entonces me doy cuenta. Era “mi” día. No sé si lunes, o martes. O tal vez era miércoles. Incluso jueves. O por fortuna viernes. Pero seguro que era “mi” día.

Por tercera vez esos ojos cariñosos se clavan en mi pupila y la voz repite: “Jorge, despierta. ¿Qué tal tu día?”

Entonces reacciono. “Perdona, estaba absorto. ¿Mi día…? Sin novedad.”

Y mis ojos se vuelven a esos ojos que me sonríen. De mi boca surge una frase que rompe la monotonía: “Oye, ¿te he dicho hoy que te quiero?”

Tic, tac, tic.
El segundero del reloj en un golpe seco se detiene.

Amigo lector (pero más amigo que lector). Prueba a hacer esto mismo. Despierta. Mira a quien te mira. Rompe la monotonía. Y di a alguien en este día que le quieres. Entonces nacerá tu día. Un día único e irrepetible.

Tic, tac, tic.
El segundero de tu reloj se detiene y tu vida vendrá marcada sólo por el latido de tu corazón.

22.6.06

El reflejo juguetón.

Un niño jugaba con un pequeño cristal de espejo reflejando la luz del sol en la pared desconchada de la habitación.

Recorriendo el perfil grisáceo del muro, un pequeño óvalo de luz se paseaba veloz y saltarín. A veces se detenía por unos segundos y volvía a correr. En ocasiones desaparecía al no encontrar la fuente solar; y otras se difuminaba en la propia luz del sol que entraba por la ventana.

El niño jugaba al escondite con la luz artificial del pedazo de espejo; y su hermano buscaba la manera de agarrarlo en la pared.

“Corre, corre, que lo pillas”, le provocaba.

Pero el hermano pequeño no conseguía sino acercarse al punto de luz y en ese momento ya estaba en el otro lado de la pared. Misterios de la velocidad.

Su hermano reía a carcajadas mientras movía el espejo que escondía entre sus manos. El pequeño no comprendía el misterio del haz de luz.

Cuando el niño se cansaba, se paraba sentado junto al muro y veía impotente acercarse el punto de luz de la pared. Impulsivamente sacando fuerzas volvía a correr hacia él, pero el diablo de luz cobraba nuevamente movimiento veloz y comenzaba el juego saltarín.

Cuando ya se rendía a la derrota, su hermano mayor jugaba a posar la luz sobre el cuerpo del crío. Y éste revolvía sus manos para intentar atrapar esa luz esquiva y juguetona.

Así pasaron los minutos hasta que el sol en el horizonte fue cayendo y se ocultó tras los edificios de enfrente. Entonces la sombra lo invadió todo y el óvalo de luz desapareció de la pared.

Nos parecemos mucho a ese niño pequeño. En la vida no miramos más allá de nuestra ventana. Nos fijamos en la pared desconchada de nuestra habitación. Encontramos un misterio de luz que se acerca e intentamos entenderlo y apresarlo. Pero ese óvalo es juguetón y zigzaguea a nuestro alrededor en aparente confusión. Cuando nos acercamos a él, casi llegamos a tocarlo, incluso en ocasiones se posa sobre el colorido de nuestra camisa, pero en un segundo se dispara veloz hacia el infinito del horizonte grisáceo del muro.

Bastaría para ganar el juego entender el origen del haz de luz. Bastaría con reírnos junto a aquel que juguetón mueve entre sus manos ese pedazo de espejo y moverlo al antojo de quien piensa, se pregunta y comprende. Y tal vez entonces, nos giraríamos y nos asomaríamos a la ventana y quedaríamos deslumbrados por el sol que en el firmamento ilumina este mar de pequeñas historias que viven en cada otra de las ventanas del edificio de enfrente.

20.6.06

La verdadera alegría.

Hace ya unos siglos Erasmo de Róterdam afirmó que “la verdadera alegría nace de la buena conciencia”.

Me he encontrado casualmente hoy con esta frase y me ha hecho pensar. He vuelto a releer alguno de los textos que escribí hace ya unos meses (“Conócete a ti mismo”, “Sé tú mismo” y “La libre coherencia”). En ellos, casualmente hablaba de la felicidad, como expresión plena de una alegría realizada.

La felicidad nace del interior de cada uno, donde hay que entrar a conocerse. Pero este conocimiento de uno no se basa en apagar las voces de fuera y quedarnos en el silencio interior. Nuestro corazón es como un pozo al que para buscar el agua no debemos descender por el brocal unos cuantos metros al interior; sino que debemos sacar fuera esa agua para poder beberla junto a las piedras del camino. Conócete a ti mismo.

Además esta felicidad que encontramos en el agua extraída de nuestro pozo es nuestra propia grandeza. Una grandeza única, inmensurable e incomparable. Por ello hay que ser siempre uno mismo; la esencia de nuestra intimidad. Es lo que nos hace únicos e irrepetibles en este mundo demasiado estudiado estadísticamente por el número. Sé tú mismo.

Y esa felicidad de conocerse, de darse y de ser algo único nos lleva a la coherencia libremente elegida. No a la regla estricta que nos pesa, sino a la consecuencia libre de disfrutar cada momento vivido desde un matiz diferente. La libre coherencia.

“La verdadera alegría nace de la buena conciencia”; del conocimiento, de la individualización y de la coherencia. Esto nos dará paz. Paz y serenidad más allá de las equivocaciones. Y seguramente frutos a nuestro alrededor que maravillosamente nos sorprenderán a cada paso de nuestra vida.

El pozo, este brocal inerte que sobresale en la llanura de mi vida, tiene en su interior el agua que sacia, que refresca, que sana y que germina. Basta proponerme dejar caer en su interior el pequeño cubo que tengo en mis manos. Tirar con fuerza, sacarlo, darle un sorbo y lanzar el resto de agua a mi alrededor. Poco a poco, con la constancia del que gana perdiendo y pierde ganando, surgen flores nuevas que en una mañana de mayo se abrirán y serán tulipanes, jazmines y rosas, que perfumarán el aire que me rodea. Todo tendrá entonces el perfume de la sinceridad vivida. Y mi alma rebosará llena de alegría y felicidad nacida de la buena conciencia, tal y como Erasmo dijo en su sentencia hace ya unos siglos.

16.6.06

El mar de Castilla.

En el verano que se asoma a la puerta de nuestro calendario, habrá algún día en el que coja el coche y cruce la meseta castellana.

Dejaré atrás el mar; ese universo plateado que varía a cada instante y que humedece los sentimientos de mi corazón. Dejaré atrás el verde de las hayas en las laderas de las montañas.

Me asomaré a un universo plano en el que el amarillo se mece con el viento seco de agosto. Un viento que va tostando el grano que algún día será pan. Y las espigas, en una danza acompasada de olas en la meseta, intentarán ser un mar amarillo que acaricia y oculta la tierra reseca por la falta de lluvia de un cielo eternamente azul.

El olor a sequedad entrará en mis pulmones y me hará anhelar la humedad salada del Cantábrico.

Las poblaciones de viejos adobes y tejas caídas salpicarán el horizonte en oasis isleños de este mar amarillento de espigas de oro. Y de vez en cuando una línea de agua llamada Pisuerga, Duero o Tormes cruzará esta meseta de cereal.

Los pasos hacia Compostela dejarán su sudor en un camino marcado por las piedras románicas levantadas en un orden sobrio cuando la historia se escribía en arcos de medio punto.

Y olvidando el rugir de una brisa marina que acaricia mis mejillas; olvidando el sabor a sal que se pega a mis labios; olvidando el olor a humedad que se levanta del mar que choca contra las piedras de ese acantilado verde que desciende hacia el océano hasta tocarlo. Olvidando estas sensaciones, descubriré una inmensidad plana donde mi alma se expande hacia el infinito. Mis pies pisan un paisaje que agranda la fuerza de mis pasos. La tierra reseca se pega a mí para ser más uno con esta naturaleza que me rodea.

La esencia de las sensaciones se volverá más opaca y no nacerán pensamientos ilusionados sino vida realizada entre mis manos.

En Castilla no vuela el corazón, ni siente el alma, sino que el cuerpo se nota más presente en su realidad mundana.

Cuando estoy delante de mi mar puedo hacer volar mi mente y explota de ilusión mi corazón. Pero nunca llegaré a poder pisar ese mar como en un nuevo milagro del que andaba sobre las aguas. En la meseta seca que se mece a mi alrededor me siento dentro y piso su esencia intentando hacer camino con cada uno de mis pasos.

Todo es más real en Castilla. Y necesito ese contraste entre sueño y realidad. Y quiero vivir esa mezcla de ilusión y verdad.

Entonces el invierno vivido junto al mar de mis ilusiones; el verde apasionado de una primavera hecha montaña, se completa con este verano caluroso de una realidad reseca por el viento de la meseta. Y sólo tras vivir este contraste puedo volver a la ilusión de mi montaña, a la inmensidad de mi mar de plata donde se baña el sol de un atardecer maravilloso; y en este ocaso del ciclo, puedo entender el otoño dorado donde las hojas se desprenden en los árboles de mis montañas; y donde la niebla marina me oculta la visión de un océano que imagino ante mí.

Cuando en este caluroso verano que se asoma a las puertas de nuestro calendario, mi coche corra veloz por la meseta castellana, entenderé que vivir la esencia de esa reseca realidad me está haciendo caminar hacia una nueva ilusión que el océano traerá a mi corazón.

El Duero va avanzando lento, pesadumbroso, en este verano, hasta algún día volverse Atlántico. Y, tal vez en noviembre, empujado por esa brisa que acaricia mis mejillas llegará de nuevo a mi vida en una ola salada de este Cantábrico que araña mi ilusión cuando en el acantilado de mi tierra me siento a ver un atardecer en el horizonte de mi corazón.

12.6.06

Atardecer en Gaztelugatxe.















Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe.

Una pequeña isla que nada en el Cantábrico unida al continente por un estrecho muro bajo el que las piedras son bañadas por el océano. Una pequeña montaña que flota en el mar y donde el verde se desliza hasta las aguas que bravas o en calma enseñan a los ojos la inmensidad de la nada. Escaleras angostas que suben a la colina donde una ermita timonea el islote.

Cuando descubrí ese lugar hace unos años, sentí que allí dentro me separaba de mi vida, igual que esa isla, que ha dejado de serlo, se separa del continente. Pero a la vez me encontraba unido íntimamente a esa vida, tal y como ese peñasco se mantiene unido a la tierra por el pasillo por el que cruzan las pisadas. Es un sitio de soledad y lejanía; de búsqueda de uno mismo y a la vez de unión con la realidad más esencial. Cuando descubrí ese lugar, pensé que el paisaje, el ambiente, la armonía enamoraba el corazón y los sentidos.

Y allí, en lo alto de la colina, a los pies de la ermita, viendo la perspectiva de un mar sin fondo, se goza de un atardecer bucólico en el que el sol lentamente cae hacia la línea del horizonte, donde la inmensidad se vuelve pensamiento. Lento, pero constante, ese sol se baña en las frías aguas del océano transformando el cielo en un cuadro de matices rojos que iluminan los ojos.

Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe

Ayer soplaba un viento caluroso; y el mar en calma se deslizaba bamboleante al compás del empuje de la brisa. Destellaba brillos plateados engarzados en diamantes de color transparente. El sol caminaba hacia su ocaso; pero la bruma lejana adelantaba el atardecer.

Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe.

Y mientas sentía la fuerza de un viento que se volvía incómodo; mientras el mar y el cielo se mezclaban perdiendo las tonalidades de un sol que moría; mientras los ojos comenzaban a no ver; sentía la luz interior de un corazón que latía.

El corazón latía; la mente pensaba y las palabras resonaban hasta perderse mezclándose con la fuerza del viento que mecía el océano. Y todo, en la unidad de la sinceridad, se asomaba al acantilado.

Asomarse al acantilado es correr el riesgo de caer en el vacío; es buscar la belleza de la perspectiva sabiendo que un paso sincero puede patinar en la piedra mojada del camino y hacerte deslizar hacia el abismo. Pero, si me quedo en el miedo de la comodidad; si busco la tranquilidad de la calma; si me quedo sentado donde estoy; nunca podré gozar de la perspectiva inmensa de un acantilado que acaba en un mar de plata.

Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe.

Y me asomé al acantilado de la verdad y conté las piedras que en hilera se acercaban al mar hasta tocarlo. Ese mismo mar que en la lejanía; en su inmensidad eterna recibía un sol que tras la bruma del horizonte desaparecía tras las aguas.

Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe. Y ayer era distinto; porque nunca olvidaré que a mi lado, medio escondida, casi sin darme cuenta, nacía una luna llena que comenzaba a iluminar con su luz blanca el manto negro de una noche estrellada.

7.6.06

Espejo azabache.

Ésta era una mañana de lunes que ya se consume con el pasar de las horas. Con pereza había abierto los ojos a la nueva realidad de otra semana que se presenta en el calendario.

No es un lunes normal ya que lo he encadenado al domingo para poder descansar de la cotidianidad de la rutina.

Me levanté y entre los bostezos de quien aún quiere más fui al baño. Levanté la mirada y ahí estaba yo. El espejo reflejaba mi cara perezosa y somnolienta. Fingí una sonrisa y dije en voz alta: “Hola”, y ese desconocido que se presenta ante mí todas las mañanas me saludó con otro “hola” dicho en el mismo momento.

Le miré a los ojos y percibí ese negro intenso que se centra como una diana entre el marrón del iris. Era un negro transparente que dibujaba una silueta de un tercer personaje que me saludaba desde la pequeñez de la lejanía. “Hola”, me decía.

“Curioso”, pensé. “Todo el mundo tiene también dos espejos en sus ojos”.

Fijé mi mirada en su mirada y en ese negro transparente que se profundizaba en el infinito. Podía ver allá lejos; escuchar el sonido de un río; mirar el verde de una montaña; sentir el aire transparente de la cumbre, saborear el dulzor de un ocaso; notar el latido de un corazón. ¡Qué profundo resultaba ese pequeño punto negro! Era como una mirilla que me abría el horizonte a realidades conocidas.

De repente alguien pestañeó. No sé si fue él o fui yo. Porque por un instante dejé de oír el río; dejé de ver la montaña; de sentir el aire; de saborear el ocaso; de notar el ritmo del corazón. Fue sólo un instante pero perdí la conexión con la profundidad de su negro punto enmarcado en el marrón del iris.

“¿Dónde estás?”, me pregunté.

Volví a mirar, y buscando en el océano de la mirada que me devolvía el espejo, volví a encuadrar el negro de esa pupila en mi corazón. Ahí estaba, brillando en la lejanía como un cristal de azabache. Sonreí y amé; amé y temblé; temblé y lloré. Y el punto negro que tenía ante mí se volvió líquido salado que discurrió por el blanco de un mar profundo hasta manchar el espejo.

Hoy es lunes; un lunes más, pero un lunes distinto. Me he parado a mirarme a mí mismo. Me he atrevido a volverme a las profundidades de un negro infinito que nacía en el centro de mi iris. Y he visto el milagro de una vida hecha latido emocionado de un corazón de carne.

Es el espejo negro que me abre a la profundidad de mi ser; donde encuentro todos los colores, todas las sensaciones, todos los olores y todos los sabores de mi vida.

“Hola”, le volví a decir.

Y aquel que me miraba desde el espejo, no dudó en ese mismo instante en repetirme una vez más: “Hola”. Y me miró dulcemente pronunciando en un inmenso silencio con el titubeo de su mirada las palabras “gracias por estar ahí”.

5.6.06

www.nanorrelatos.com

Llegado el medio centenar de relatos miro hacia atrás y veo una hilera de cuentos que comenzaron un día con una visita al zoco. El cuarto relato supuso un paso adelante que avanzaba hacia horizontes sin final. Más tarde surgió casualmente el nombre de nanorrelatos. Reconozco que tengo escrito incluso el último para ser usado cuando sienta que no puedo exprimirme más. Pero hoy estamos aquí; con medio centenar de pequeños cuentos a las espaldas. No lo hubiera predicho nunca. Pensaba que tenía menos cosas por decir.

Ha habido momentos en los que pensaba si a la hora de escribir era más importante la forma o el contenido. Gente se ha acercado a mí y me ha dicho: “escribes bien”; otra gente me ha dicho: “me gusta lo que dices; ves cosas increíbles en lo más pequeño”.

Diré un secreto. Tenía miedo a la página en blanco; a no encadenar dos palabras seguidas; a repetir las metáforas y resultar pedante. Pero sobre todo tenía miedo a no tener nada que contar.

Uno cuando quiere escribir un libro pensaría en documentarse en una gran biblioteca; en viajar a África y tener experiencias extraordinarias… Sin embargo yo en estos seis meses he seguido haciendo lo que hacía; he seguido viviendo en la cotidianidad de la rutina y he luchado contra el estrés de la falta de tiempo.

Aún así han nacido 50 historias. Unas como invenciones de pensamientos transformados en realidades; otras como vivencias detrás de la cotidianidad que miramos de soslayo; otras como sentimientos hondos del fondo de mi corazón.

Sé que soy intimista; que he llegado a contar secretos que no me atrevería a decir de palabra. Sé que he visto reflejos en las cosas más absurdamente pequeñas. Sé que he buscado vuelta a la esquina de realidades concretas. Sé que he afrontado historias pasadas, presentes y futuras.

Y tal vez sólo yo conozco las claves que descifran cada pensamiento.

Porque como alguna vez he dicho, en mis historias se puede leer el cuentecillo o se puede ver aquello que sustenta la palabra, aquel aire transparente que sólo lo notas con los sentidos interiores.

Hoy nace el nanorrelato 50, y con él la nueva dirección de encuentro, donde sorprendentemente se abre a un mundo etéreo pero infinito. Es el fruto de lo hecho, y la semilla de lo que comienza a germinar.

Hoy estoy aquí. Y sobre el blanco ha quedado coloreado aquello que nadie nunca había dicho con mis palabras. La historia me esperó para poder pronunciarlas. Y aunque el mensaje es viejo y repetitivo, el brillo de los ojos es nuevo cada día cuando el sol de un amanecer nace en el horizonte.

Hoy estoy aquí por lo que soy, por lo que fui, y por lo que seré. Y cada pensamiento, cada idea, cada palabra balbuceada es el eco de una sinfonía que suena en mi interior. Nunca podré hacerla sonar, porque no tengo ni tanto instrumento musical ni tanto portento entre mis manos; pero sí puedo humildemente tararearla.

Eso es lo que son mis nanorrelatos, un simple tarareo que resuena en el silencio.

2.6.06

Aire.

Hace unos días, aprovechando el descanso dominical, subí una montaña. Era de mañana y el sol tímidamente comenzaba a marcarse en el horizonte de un día que sería tremendamente azul.

Cada paso del camino era un avanzar hacia la cumbre de esa inmensidad que se dibujaba ante mi mirada de una manera majestuosa.

Pronto las cuestas comenzaban a sentirse en las piernas, pero la sombra de los árboles, el verde del prado que pisaba y los valles que se abrían a mis pies eran motivos para seguir adelante.

Atrás quedó el camino marcado y los últimos repechos hubo que subirlos entre las piedras desgastadas por la lluvia, el viento, el hielo y la nieve. Lucían como espejos rebotando el sol que rápido caminaba hacia el cenit del mediodía.

Tras alguna hora de ascensión se llegó al punto donde el paso adelante comenzaba a descender; había llegado a la cumbre. Allí, un viento fresco se sentía en la piel y el paisaje se desdoblaba abriendo ante mí nuevos valles. A mi espalda quedaban las tierras vizcaínas que pisaba; a mi derecha las alavesas de donde venía; y enfrente el estrecho valle del alto Deba donde Guipúzcoa se desliza hacia el mar. En la profundidad de los valles se podían ver las poblaciones que eran unidas por carreteras que zigzagueaban entre las colinas; y las laderas eran salpicadas por caseríos en los que sus tejas coloreaban el verde de los prados.

Vi entonces algo inesperado. Del fondo del valle más cercano una ráfaga de niebla se elevaba rápida alcanzando la cima de la montaña. Parecía una bocanada de humo que rápida llegaba hasta mí. Se sentía húmeda. Una vez superada la cumbre y como un boomerang se deslizaba en una curva hacia el otro valle desapareciendo en el horizonte. Me recordó el humo de las fábricas que se eleva hacia el firmamento hasta diluirse y desparecer.

Vi también un pájaro negro que planeaba a la altura de las últimas rocas y sin moverse se deslizaba con la fuerza de un viento que le llevaba hacia nuevas perspectivas.

Pensé que en esos dos pequeños milagros había algo que no veía pero que existía: era el aire transparente que tomaba color en la niebla del valle y que tomaba fuerza en el viento que sujetaba en la nada al pájaro.

No lo veo, ni lo siento, ni lo puedo tocar; y sin embargo está ahí, y entra dentro de mí en cada respiración sujetándome a la vida.

Es el aire mágico que sólo en ocasiones podemos verlo reflejado ante nuestros ojos moviendo una hoja, sujetando el volar de un pájaro, haciendo bailar la platea del mar, deslizando la niebla o desviando la lluvia.

Y sin embargo siempre está ahí, silencioso, callado, misterioso, pero real.

El aire; ese magnífico milagro de la naturaleza, que me enseña que lo escondido de la vida, lo transparente, lo invisible es normalmente lo más maravilloso que existe.

Mereció la pena subir a la montaña. Mereció la pena el cansancio dejado en cada piedra del camino; porque sólo desde la cumbre pude sentir en mi cara, en la velocidad de esa niebla que me superaba, la transparencia del aire que inconscientemente me invade en cada uno de mis suspiros.