Tic, tac, tic, tac… El segundero del reloj va girando la platea numerada de las horas de este día. De un día que es lunes; o tal vez martes; o ¿era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
La llave que gira ha hecho de nuevo plegarse la puerta del garaje y la luz de la mañana ha entrado a bocanadas por la rampa. Curva a la izquierda y ya estamos en el mundo de todos los días.
El semáforo me frena rojo en la esquina. Por fin se vuelve verde y corro veloz. Está calculado. Si voy un poco rápido llegaré al siguiente cruce justo antes de que el ámbar se coloree de otro rojo prohibido.
Mirada al frente. ¿Quién frena a mi lado?
Aparco en el mismo hueco que vacío me espera como todos los días y llego al quehacer que entre papeles me espera en la mesa de mi trabajo.
Tic, tac, tic, tac…. El segundero sigue avanzando. Unas veces con tremenda rapidez y otras con una sensación de lentitud. ¿Es verdad que los minutos son siempre iguales?
Hablo con el cercano. Alguien me pregunta. Otros me comentan. Suena una melodía y tras el auricular hablo con el lejano.
Preguntan por mí. Preguntan el por qué. Cuestionan el resultado. ¡Uy!, se ha escapado un gracias… eso no es normal. Ya se ha cumplido el cupo del día.
¿Qué día es hoy? Creo que es lunes; o tal vez martes. ¿Era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
Tic, tac, tic, tac… El segundero llama a comer. Y comemos. Y volvemos a sentarnos detrás del escritorio. No recuerdo ya lo que había hoy para comer. ¿Qué he comido?
Sigue marcando el tiempo este hilo de metal que a veces corre y otras va lento girando siempre en la esfera blanca marcada por números.
Hablo con la de todos los días; hablo con la desconocida. Suena de nuevo la melodía y alguien pregunta por mí. Preguntan por qué. Cuestionan el resultado. ¡Uy!, a alguien se le ha escapado una sonrisa… eso no es normal. Ya se ha cumplido el cupo del día. Pero, ¿de qué día? ¿Era lunes? No. Creo que era martes. O, ¿tal vez era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
Tic, tac, tic, tac… Recogemos el coche. No se ha movido del hueco que vacío me esperaba a la mañana. Creo haber quedado con alguien… ¿con quién? ¡Ah sí! Ya recuerdo. Llego antes. Pido en la barra. ¿Era café o coca cola?
Y de repente, a mi espalda siento una mano. “Hola, ¿qué tal el día?”
¿Qué día? ¿Hoy era lunes?, o tal vez martes. ¿Era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
Me miran, y siento unos ojos que titubeantes me sonríen. “Eh, Jorge, ¿qué tal tu día?”
Entonces me doy cuenta. Era “mi” día. No sé si lunes, o martes. O tal vez era miércoles. Incluso jueves. O por fortuna viernes. Pero seguro que era “mi” día.
Por tercera vez esos ojos cariñosos se clavan en mi pupila y la voz repite: “Jorge, despierta. ¿Qué tal tu día?”
Entonces reacciono. “Perdona, estaba absorto. ¿Mi día…? Sin novedad.”
Y mis ojos se vuelven a esos ojos que me sonríen. De mi boca surge una frase que rompe la monotonía: “Oye, ¿te he dicho hoy que te quiero?”
Tic, tac, tic.
El segundero del reloj en un golpe seco se detiene.
Amigo lector (pero más amigo que lector). Prueba a hacer esto mismo. Despierta. Mira a quien te mira. Rompe la monotonía. Y di a alguien en este día que le quieres. Entonces nacerá tu día. Un día único e irrepetible.
Tic, tac, tic.
El segundero de tu reloj se detiene y tu vida vendrá marcada sólo por el latido de tu corazón.
La llave que gira ha hecho de nuevo plegarse la puerta del garaje y la luz de la mañana ha entrado a bocanadas por la rampa. Curva a la izquierda y ya estamos en el mundo de todos los días.
El semáforo me frena rojo en la esquina. Por fin se vuelve verde y corro veloz. Está calculado. Si voy un poco rápido llegaré al siguiente cruce justo antes de que el ámbar se coloree de otro rojo prohibido.
Mirada al frente. ¿Quién frena a mi lado?
Aparco en el mismo hueco que vacío me espera como todos los días y llego al quehacer que entre papeles me espera en la mesa de mi trabajo.
Tic, tac, tic, tac…. El segundero sigue avanzando. Unas veces con tremenda rapidez y otras con una sensación de lentitud. ¿Es verdad que los minutos son siempre iguales?
Hablo con el cercano. Alguien me pregunta. Otros me comentan. Suena una melodía y tras el auricular hablo con el lejano.
Preguntan por mí. Preguntan el por qué. Cuestionan el resultado. ¡Uy!, se ha escapado un gracias… eso no es normal. Ya se ha cumplido el cupo del día.
¿Qué día es hoy? Creo que es lunes; o tal vez martes. ¿Era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
Tic, tac, tic, tac… El segundero llama a comer. Y comemos. Y volvemos a sentarnos detrás del escritorio. No recuerdo ya lo que había hoy para comer. ¿Qué he comido?
Sigue marcando el tiempo este hilo de metal que a veces corre y otras va lento girando siempre en la esfera blanca marcada por números.
Hablo con la de todos los días; hablo con la desconocida. Suena de nuevo la melodía y alguien pregunta por mí. Preguntan por qué. Cuestionan el resultado. ¡Uy!, a alguien se le ha escapado una sonrisa… eso no es normal. Ya se ha cumplido el cupo del día. Pero, ¿de qué día? ¿Era lunes? No. Creo que era martes. O, ¿tal vez era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
Tic, tac, tic, tac… Recogemos el coche. No se ha movido del hueco que vacío me esperaba a la mañana. Creo haber quedado con alguien… ¿con quién? ¡Ah sí! Ya recuerdo. Llego antes. Pido en la barra. ¿Era café o coca cola?
Y de repente, a mi espalda siento una mano. “Hola, ¿qué tal el día?”
¿Qué día? ¿Hoy era lunes?, o tal vez martes. ¿Era miércoles?... ¿no sería jueves?, ¡ojalá fuese viernes! Porque de lo que no hay duda es que ni es sábado; ni mucho menos domingo.
Me miran, y siento unos ojos que titubeantes me sonríen. “Eh, Jorge, ¿qué tal tu día?”
Entonces me doy cuenta. Era “mi” día. No sé si lunes, o martes. O tal vez era miércoles. Incluso jueves. O por fortuna viernes. Pero seguro que era “mi” día.
Por tercera vez esos ojos cariñosos se clavan en mi pupila y la voz repite: “Jorge, despierta. ¿Qué tal tu día?”
Entonces reacciono. “Perdona, estaba absorto. ¿Mi día…? Sin novedad.”
Y mis ojos se vuelven a esos ojos que me sonríen. De mi boca surge una frase que rompe la monotonía: “Oye, ¿te he dicho hoy que te quiero?”
Tic, tac, tic.
El segundero del reloj en un golpe seco se detiene.
Amigo lector (pero más amigo que lector). Prueba a hacer esto mismo. Despierta. Mira a quien te mira. Rompe la monotonía. Y di a alguien en este día que le quieres. Entonces nacerá tu día. Un día único e irrepetible.
Tic, tac, tic.
El segundero de tu reloj se detiene y tu vida vendrá marcada sólo por el latido de tu corazón.




