Hace unos días, aprovechando el descanso dominical, subí una montaña. Era de mañana y el sol tímidamente comenzaba a marcarse en el horizonte de un día que sería tremendamente azul.
Cada paso del camino era un avanzar hacia la cumbre de esa inmensidad que se dibujaba ante mi mirada de una manera majestuosa.
Pronto las cuestas comenzaban a sentirse en las piernas, pero la sombra de los árboles, el verde del prado que pisaba y los valles que se abrían a mis pies eran motivos para seguir adelante.
Atrás quedó el camino marcado y los últimos repechos hubo que subirlos entre las piedras desgastadas por la lluvia, el viento, el hielo y la nieve. Lucían como espejos rebotando el sol que rápido caminaba hacia el cenit del mediodía.
Tras alguna hora de ascensión se llegó al punto donde el paso adelante comenzaba a descender; había llegado a la cumbre. Allí, un viento fresco se sentía en la piel y el paisaje se desdoblaba abriendo ante mí nuevos valles. A mi espalda quedaban las tierras vizcaínas que pisaba; a mi derecha las alavesas de donde venía; y enfrente el estrecho valle del alto Deba donde Guipúzcoa se desliza hacia el mar. En la profundidad de los valles se podían ver las poblaciones que eran unidas por carreteras que zigzagueaban entre las colinas; y las laderas eran salpicadas por caseríos en los que sus tejas coloreaban el verde de los prados.
Vi entonces algo inesperado. Del fondo del valle más cercano una ráfaga de niebla se elevaba rápida alcanzando la cima de la montaña. Parecía una bocanada de humo que rápida llegaba hasta mí. Se sentía húmeda. Una vez superada la cumbre y como un boomerang se deslizaba en una curva hacia el otro valle desapareciendo en el horizonte. Me recordó el humo de las fábricas que se eleva hacia el firmamento hasta diluirse y desparecer.
Vi también un pájaro negro que planeaba a la altura de las últimas rocas y sin moverse se deslizaba con la fuerza de un viento que le llevaba hacia nuevas perspectivas.
Pensé que en esos dos pequeños milagros había algo que no veía pero que existía: era el aire transparente que tomaba color en la niebla del valle y que tomaba fuerza en el viento que sujetaba en la nada al pájaro.
No lo veo, ni lo siento, ni lo puedo tocar; y sin embargo está ahí, y entra dentro de mí en cada respiración sujetándome a la vida.
Es el aire mágico que sólo en ocasiones podemos verlo reflejado ante nuestros ojos moviendo una hoja, sujetando el volar de un pájaro, haciendo bailar la platea del mar, deslizando la niebla o desviando la lluvia.
Y sin embargo siempre está ahí, silencioso, callado, misterioso, pero real.
El aire; ese magnífico milagro de la naturaleza, que me enseña que lo escondido de la vida, lo transparente, lo invisible es normalmente lo más maravilloso que existe.
Mereció la pena subir a la montaña. Mereció la pena el cansancio dejado en cada piedra del camino; porque sólo desde la cumbre pude sentir en mi cara, en la velocidad de esa niebla que me superaba, la transparencia del aire que inconscientemente me invade en cada uno de mis suspiros.
2.6.06
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1 comentario:
El aire, uno de esos cuatro elementos identificados en la Antigüedad al que la ciencia ha desmitificado: 78% de nitrógeno, más sus pizcas de oxígeno, óxidos carbónicos y demás componentes que ahora olvido.
Pero ello no empaña la fascinación que nos provoca. Y ello no impide que, como siempre, desde que el hombre es hombre, lleguemos a la cima de una montaña e, instintivamente, pongamos los brazos en jarra.
¿O no?
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