

Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe.
Una pequeña isla que nada en el Cantábrico unida al continente por un estrecho muro bajo el que las piedras son bañadas por el océano. Una pequeña montaña que flota en el mar y donde el verde se desliza hasta las aguas que bravas o en calma enseñan a los ojos la inmensidad de la nada. Escaleras angostas que suben a la colina donde una ermita timonea el islote.
Cuando descubrí ese lugar hace unos años, sentí que allí dentro me separaba de mi vida, igual que esa isla, que ha dejado de serlo, se separa del continente. Pero a la vez me encontraba unido íntimamente a esa vida, tal y como ese peñasco se mantiene unido a la tierra por el pasillo por el que cruzan las pisadas. Es un sitio de soledad y lejanía; de búsqueda de uno mismo y a la vez de unión con la realidad más esencial. Cuando descubrí ese lugar, pensé que el paisaje, el ambiente, la armonía enamoraba el corazón y los sentidos.
Y allí, en lo alto de la colina, a los pies de la ermita, viendo la perspectiva de un mar sin fondo, se goza de un atardecer bucólico en el que el sol lentamente cae hacia la línea del horizonte, donde la inmensidad se vuelve pensamiento. Lento, pero constante, ese sol se baña en las frías aguas del océano transformando el cielo en un cuadro de matices rojos que iluminan los ojos.

Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe
Ayer soplaba un viento caluroso; y el mar en calma se deslizaba bamboleante al compás del empuje de la brisa. Destellaba brillos plateados engarzados en diamantes de color transparente. El sol caminaba hacia su ocaso; pero la bruma lejana adelantaba el atardecer.
Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe.
Y mientas sentía la fuerza de un viento que se volvía incómodo; mientras el mar y el cielo se mezclaban perdiendo las tonalidades de un sol que moría; mientras los ojos comenzaban a no ver; sentía la luz interior de un corazón que latía.
El corazón latía; la mente pensaba y las palabras resonaban hasta perderse mezclándose con la fuerza del viento que mecía el océano. Y todo, en la unidad de la sinceridad, se asomaba al acantilado.
Asomarse al acantilado es correr el riesgo de caer en el vacío; es buscar la belleza de la perspectiva sabiendo que un paso sincero puede patinar en la piedra mojada del camino y hacerte deslizar hacia el abismo. Pero, si me quedo en el miedo de la comodidad; si busco la tranquilidad de la calma; si me quedo sentado donde estoy; nunca podré gozar de la perspectiva inmensa de un acantilado que acaba en un mar de plata.
Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe.
Y me asomé al acantilado de la verdad y conté las piedras que en hilera se acercaban al mar hasta tocarlo. Ese mismo mar que en la lejanía; en su inmensidad eterna recibía un sol que tras la bruma del horizonte desaparecía tras las aguas.
Ayer vi ponerse el sol en San Juan de Gaztelugatxe. Y ayer era distinto; porque nunca olvidaré que a mi lado, medio escondida, casi sin darme cuenta, nacía una luna llena que comenzaba a iluminar con su luz blanca el manto negro de una noche estrellada.

1 comentario:
Las fotos son preciosas, irreales. Mi enhorabuena para el autor (sólo faltaba que fueses tú, Jorge, para rematar tu vena artística).
Había oído hablar de esta pseudo-isla de San Juan, miniatura hispánica del orgulloso Mont Saint Michel galo.
Viendo las imágenes, San Juan se antoja más orgulloso aún, todavía más desafiante a un mar que, tras miles de años, no consigue romper el tenue cordón umbilical que lo une a tierra firme.
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