16.6.06

El mar de Castilla.

En el verano que se asoma a la puerta de nuestro calendario, habrá algún día en el que coja el coche y cruce la meseta castellana.

Dejaré atrás el mar; ese universo plateado que varía a cada instante y que humedece los sentimientos de mi corazón. Dejaré atrás el verde de las hayas en las laderas de las montañas.

Me asomaré a un universo plano en el que el amarillo se mece con el viento seco de agosto. Un viento que va tostando el grano que algún día será pan. Y las espigas, en una danza acompasada de olas en la meseta, intentarán ser un mar amarillo que acaricia y oculta la tierra reseca por la falta de lluvia de un cielo eternamente azul.

El olor a sequedad entrará en mis pulmones y me hará anhelar la humedad salada del Cantábrico.

Las poblaciones de viejos adobes y tejas caídas salpicarán el horizonte en oasis isleños de este mar amarillento de espigas de oro. Y de vez en cuando una línea de agua llamada Pisuerga, Duero o Tormes cruzará esta meseta de cereal.

Los pasos hacia Compostela dejarán su sudor en un camino marcado por las piedras románicas levantadas en un orden sobrio cuando la historia se escribía en arcos de medio punto.

Y olvidando el rugir de una brisa marina que acaricia mis mejillas; olvidando el sabor a sal que se pega a mis labios; olvidando el olor a humedad que se levanta del mar que choca contra las piedras de ese acantilado verde que desciende hacia el océano hasta tocarlo. Olvidando estas sensaciones, descubriré una inmensidad plana donde mi alma se expande hacia el infinito. Mis pies pisan un paisaje que agranda la fuerza de mis pasos. La tierra reseca se pega a mí para ser más uno con esta naturaleza que me rodea.

La esencia de las sensaciones se volverá más opaca y no nacerán pensamientos ilusionados sino vida realizada entre mis manos.

En Castilla no vuela el corazón, ni siente el alma, sino que el cuerpo se nota más presente en su realidad mundana.

Cuando estoy delante de mi mar puedo hacer volar mi mente y explota de ilusión mi corazón. Pero nunca llegaré a poder pisar ese mar como en un nuevo milagro del que andaba sobre las aguas. En la meseta seca que se mece a mi alrededor me siento dentro y piso su esencia intentando hacer camino con cada uno de mis pasos.

Todo es más real en Castilla. Y necesito ese contraste entre sueño y realidad. Y quiero vivir esa mezcla de ilusión y verdad.

Entonces el invierno vivido junto al mar de mis ilusiones; el verde apasionado de una primavera hecha montaña, se completa con este verano caluroso de una realidad reseca por el viento de la meseta. Y sólo tras vivir este contraste puedo volver a la ilusión de mi montaña, a la inmensidad de mi mar de plata donde se baña el sol de un atardecer maravilloso; y en este ocaso del ciclo, puedo entender el otoño dorado donde las hojas se desprenden en los árboles de mis montañas; y donde la niebla marina me oculta la visión de un océano que imagino ante mí.

Cuando en este caluroso verano que se asoma a las puertas de nuestro calendario, mi coche corra veloz por la meseta castellana, entenderé que vivir la esencia de esa reseca realidad me está haciendo caminar hacia una nueva ilusión que el océano traerá a mi corazón.

El Duero va avanzando lento, pesadumbroso, en este verano, hasta algún día volverse Atlántico. Y, tal vez en noviembre, empujado por esa brisa que acaricia mis mejillas llegará de nuevo a mi vida en una ola salada de este Cantábrico que araña mi ilusión cuando en el acantilado de mi tierra me siento a ver un atardecer en el horizonte de mi corazón.

1 comentario:

Fer dijo...

"Cuando la historia se escribía en arcos de medio punto".
Una frase magistral. Me quito el sombrero y ratifico lo dicho por Castilla, tan Castilla ella para un animal de dehesa como yo.