Un niño jugaba con un pequeño cristal de espejo reflejando la luz del sol en la pared desconchada de la habitación.
Recorriendo el perfil grisáceo del muro, un pequeño óvalo de luz se paseaba veloz y saltarín. A veces se detenía por unos segundos y volvía a correr. En ocasiones desaparecía al no encontrar la fuente solar; y otras se difuminaba en la propia luz del sol que entraba por la ventana.
El niño jugaba al escondite con la luz artificial del pedazo de espejo; y su hermano buscaba la manera de agarrarlo en la pared.
“Corre, corre, que lo pillas”, le provocaba.
Pero el hermano pequeño no conseguía sino acercarse al punto de luz y en ese momento ya estaba en el otro lado de la pared. Misterios de la velocidad.
Su hermano reía a carcajadas mientras movía el espejo que escondía entre sus manos. El pequeño no comprendía el misterio del haz de luz.
Cuando el niño se cansaba, se paraba sentado junto al muro y veía impotente acercarse el punto de luz de la pared. Impulsivamente sacando fuerzas volvía a correr hacia él, pero el diablo de luz cobraba nuevamente movimiento veloz y comenzaba el juego saltarín.
Cuando ya se rendía a la derrota, su hermano mayor jugaba a posar la luz sobre el cuerpo del crío. Y éste revolvía sus manos para intentar atrapar esa luz esquiva y juguetona.
Así pasaron los minutos hasta que el sol en el horizonte fue cayendo y se ocultó tras los edificios de enfrente. Entonces la sombra lo invadió todo y el óvalo de luz desapareció de la pared.
Nos parecemos mucho a ese niño pequeño. En la vida no miramos más allá de nuestra ventana. Nos fijamos en la pared desconchada de nuestra habitación. Encontramos un misterio de luz que se acerca e intentamos entenderlo y apresarlo. Pero ese óvalo es juguetón y zigzaguea a nuestro alrededor en aparente confusión. Cuando nos acercamos a él, casi llegamos a tocarlo, incluso en ocasiones se posa sobre el colorido de nuestra camisa, pero en un segundo se dispara veloz hacia el infinito del horizonte grisáceo del muro.
Bastaría para ganar el juego entender el origen del haz de luz. Bastaría con reírnos junto a aquel que juguetón mueve entre sus manos ese pedazo de espejo y moverlo al antojo de quien piensa, se pregunta y comprende. Y tal vez entonces, nos giraríamos y nos asomaríamos a la ventana y quedaríamos deslumbrados por el sol que en el firmamento ilumina este mar de pequeñas historias que viven en cada otra de las ventanas del edificio de enfrente.
Recorriendo el perfil grisáceo del muro, un pequeño óvalo de luz se paseaba veloz y saltarín. A veces se detenía por unos segundos y volvía a correr. En ocasiones desaparecía al no encontrar la fuente solar; y otras se difuminaba en la propia luz del sol que entraba por la ventana.
El niño jugaba al escondite con la luz artificial del pedazo de espejo; y su hermano buscaba la manera de agarrarlo en la pared.
“Corre, corre, que lo pillas”, le provocaba.
Pero el hermano pequeño no conseguía sino acercarse al punto de luz y en ese momento ya estaba en el otro lado de la pared. Misterios de la velocidad.
Su hermano reía a carcajadas mientras movía el espejo que escondía entre sus manos. El pequeño no comprendía el misterio del haz de luz.
Cuando el niño se cansaba, se paraba sentado junto al muro y veía impotente acercarse el punto de luz de la pared. Impulsivamente sacando fuerzas volvía a correr hacia él, pero el diablo de luz cobraba nuevamente movimiento veloz y comenzaba el juego saltarín.
Cuando ya se rendía a la derrota, su hermano mayor jugaba a posar la luz sobre el cuerpo del crío. Y éste revolvía sus manos para intentar atrapar esa luz esquiva y juguetona.
Así pasaron los minutos hasta que el sol en el horizonte fue cayendo y se ocultó tras los edificios de enfrente. Entonces la sombra lo invadió todo y el óvalo de luz desapareció de la pared.
Nos parecemos mucho a ese niño pequeño. En la vida no miramos más allá de nuestra ventana. Nos fijamos en la pared desconchada de nuestra habitación. Encontramos un misterio de luz que se acerca e intentamos entenderlo y apresarlo. Pero ese óvalo es juguetón y zigzaguea a nuestro alrededor en aparente confusión. Cuando nos acercamos a él, casi llegamos a tocarlo, incluso en ocasiones se posa sobre el colorido de nuestra camisa, pero en un segundo se dispara veloz hacia el infinito del horizonte grisáceo del muro.
Bastaría para ganar el juego entender el origen del haz de luz. Bastaría con reírnos junto a aquel que juguetón mueve entre sus manos ese pedazo de espejo y moverlo al antojo de quien piensa, se pregunta y comprende. Y tal vez entonces, nos giraríamos y nos asomaríamos a la ventana y quedaríamos deslumbrados por el sol que en el firmamento ilumina este mar de pequeñas historias que viven en cada otra de las ventanas del edificio de enfrente.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario