7.6.06

Espejo azabache.

Ésta era una mañana de lunes que ya se consume con el pasar de las horas. Con pereza había abierto los ojos a la nueva realidad de otra semana que se presenta en el calendario.

No es un lunes normal ya que lo he encadenado al domingo para poder descansar de la cotidianidad de la rutina.

Me levanté y entre los bostezos de quien aún quiere más fui al baño. Levanté la mirada y ahí estaba yo. El espejo reflejaba mi cara perezosa y somnolienta. Fingí una sonrisa y dije en voz alta: “Hola”, y ese desconocido que se presenta ante mí todas las mañanas me saludó con otro “hola” dicho en el mismo momento.

Le miré a los ojos y percibí ese negro intenso que se centra como una diana entre el marrón del iris. Era un negro transparente que dibujaba una silueta de un tercer personaje que me saludaba desde la pequeñez de la lejanía. “Hola”, me decía.

“Curioso”, pensé. “Todo el mundo tiene también dos espejos en sus ojos”.

Fijé mi mirada en su mirada y en ese negro transparente que se profundizaba en el infinito. Podía ver allá lejos; escuchar el sonido de un río; mirar el verde de una montaña; sentir el aire transparente de la cumbre, saborear el dulzor de un ocaso; notar el latido de un corazón. ¡Qué profundo resultaba ese pequeño punto negro! Era como una mirilla que me abría el horizonte a realidades conocidas.

De repente alguien pestañeó. No sé si fue él o fui yo. Porque por un instante dejé de oír el río; dejé de ver la montaña; de sentir el aire; de saborear el ocaso; de notar el ritmo del corazón. Fue sólo un instante pero perdí la conexión con la profundidad de su negro punto enmarcado en el marrón del iris.

“¿Dónde estás?”, me pregunté.

Volví a mirar, y buscando en el océano de la mirada que me devolvía el espejo, volví a encuadrar el negro de esa pupila en mi corazón. Ahí estaba, brillando en la lejanía como un cristal de azabache. Sonreí y amé; amé y temblé; temblé y lloré. Y el punto negro que tenía ante mí se volvió líquido salado que discurrió por el blanco de un mar profundo hasta manchar el espejo.

Hoy es lunes; un lunes más, pero un lunes distinto. Me he parado a mirarme a mí mismo. Me he atrevido a volverme a las profundidades de un negro infinito que nacía en el centro de mi iris. Y he visto el milagro de una vida hecha latido emocionado de un corazón de carne.

Es el espejo negro que me abre a la profundidad de mi ser; donde encuentro todos los colores, todas las sensaciones, todos los olores y todos los sabores de mi vida.

“Hola”, le volví a decir.

Y aquel que me miraba desde el espejo, no dudó en ese mismo instante en repetirme una vez más: “Hola”. Y me miró dulcemente pronunciando en un inmenso silencio con el titubeo de su mirada las palabras “gracias por estar ahí”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha gustado. Me he identificado con el hallazgo del propio reflejo en el propio ojo: es verdad que contiene una carga de misterio que invita a la reflexión.
Un saludo.
txemi