27.7.06

El minuto.

Miro al reloj y el segundero rápido marca su latido constante girando en la esfera blanca numerada. Tic, tac, tic, tac.

Cada vuelta sobre sí mismo es un minuto de mi existencia. Un minuto que pasa. Un minuto que nunca vuelve. Un minuto que vivo. Un minuto que empieza, se desliza, se consume y se apaga.

Ha girado una vez más y me surgen preguntas.

¿Dura igual un minuto de alegría que un minuto de tristeza?

¿Es igual un minuto de conciencia que de inconsciencia?

¿Duran lo mismo un minuto de sueño que de vida?

¿Son iguales los minutos de día que de noche?

¿Dura igual un minuto de conversación que de silencio?

¿Un minuto de calor es igual que uno de gélido frío?

¿Son iguales los minutos de pensamiento que de acción?

¿Un minuto de inquietud y espera es igual a un minuto de prisa y agobio?

¿Un minuto de paz es tan largo como un minuto de tensión?

¿Es igual un minuto de soledad que uno de amor?

Preguntas sin respuestas; sensaciones contradictorias. Pero he aquí que el segundero ha seguido avanzando y una vez más ha girado sobre sí mismo.

Impasible, silencioso ha transcurrido otro minuto de mi existencia. Un minuto que he vivido, que he soñado, que he sentido. Un minuto que he gozado, que he sufrido, que he llorado, que he sonreído. Un minuto que era futuro, voló por el presente y es ahora pasado irretornable.

Ha pasado un minuto más de mi vida ante mis ojos, ante mi mente, ante mis manos, ante mi alma y ante mi corazón.

22.7.06

Espejo roto.

Hoy me levanté con prisas. El reloj comenzaba su rápida cuenta atrás. Y los quehaceres más cotidianos me esperaban a la puerta de mi habitación.

Pasé mis manos por mis mejillas en un ligero bostezo y sentí que mi piel raspaba por una barba de dos días que me pedía que me afeitase. No me gusta la cuchilla que araña mi piel haciéndole cortes que sangran, como supongo que no le gusta a la tierra ser arada.

Llené el lavabo de un agua clara y cogí un pequeño espejo entre mis manos. La cuchilla ya me esperaba. El reflejo de alguien que se despertaba apareció en el cristal reluciente de este espejo que me miraba.

No sé cómo. Será la torpeza. Será el despertar de la mañana. No sé cómo; pero el espejo se deslizó entre mis manos y cayó ruidoso contra el lavabo. Se rasgó y en mil añicos se rompió; manteniendo todavía su unidad por el marco de plástico.

Cogí de nuevo el espejo y algunos pedazos quedaron remansados en el fondo del agua del lavabo, haciendo que los reflejos de la luz brillasen cristalinos. Tenía de nuevo el espejo en mis manos; en las manos de donde nunca debería haber caído.

Pensé que era inservible y que su destino sería el cubo de la basura. Un espejo roto no vale nada. Un espejo roto ya no es capaz de ser mi otro rostro; ya no es capaz de devolverme mi mirada; ya no es capaz de proporcionarme esas pupilas que reflejan mi ser. Un espejo roto es nada.

Metí la mano en el agua para recoger alguno de los pedazos de cristal y sentí una punzada. Un cristal cortante me rasgó la yema del dedo y al punto la transparencia del agua se tiñó por un hilo rojo de sangre que nació de mi interior.

Decidí deshacerme del espejo roto. Era un peligro. Además era nada. Y cuando lo iba a tirar dentro de la bolsa de basura, instintivamente, como se hace con todo espejo, lo volví hacia mí.

Y allí, desde cada pedazo rasgado de un cristal roto que tímidamente se mantenía todavía engarzado en el marco de plástico, vi el reflejo de una parte de mí mismo; incompleto; a veces deformado; como en una unidad picassiana. Y donde antes existía un reflejo único de mi ser, nacían ahora diez, veinte, treinta reflejos de una parte de mi rostro, apenas perceptible; pero donde se distinguían unas pupilas que brillaban y unos labios entrecortados que sonreían.

Desde un espejo roto que era nada, cada una de mis perspectivas, menos realistas pero más intimistas, me saludaban.

20.7.06

Laguardia.

Cuando hace unos días contemplaba la desembocadura del Miño desde su estuario hasta la línea donde se fundía con el océano, tenía a mis pies la población pesquera de La Guardia. A Garda la llaman en la lengua gaélica sus habitantes. Es el guardián que ya desde los antiguos celtas miraba la inmensidad del mar, llevaba la vida humana hasta el “finisterra” y contemplaba a los moradores de la otra orilla.

El nombre me recordó esa otra ciudad, ésa ya de la tierra mía, que contempla el valle del Ebro y observa la Rioja Alavesa desde su atalaya. A los pies de las montañas de donde nace la tierra del vino brota también una colina donde se aposenta nuestra Laguardia.

Ciudad de estrechas calles y bodegas subterráneas que perforan sus entrañas, Laguardia muestra sus tejados desde la lejanía. Sus piedras huelen al mejor de los vinos, caldos con los que ya los dioses griegos saboreaban las alegrías.

A sus pies, como en aquella gallega, también se guardan las vidas de nuestros antepasados en el viejo poblado de La Hoya.

Y también como en tierras gallegas, al mirar a la cordillera se ve la techumbre de la nueva bodega de diseño que al recibir en sus placas onduladas de titanio los rayos de un sol de atardecer, me parece distinguir en ellas las olas de un océano hasta tal punto de sentir en mis mejillas la brisa salada de un mar infinito.

Laguardia reposa quieta, suspendida en el aire de un pasado remoto; en el aire de tradiciones mantenidas; en el aire de sabores que llevan el paladar a degustar aquel manjar que enloqueció a Baco.

Laguardia me saluda; me tiende su mano y desde la lejanía me invita a recorrer sus calles y a saborear el vino que nace de sus entrañas. Porque entiendo que Laguardia, la ciudad que esconde sus tesoros; la ciudad en la que sus secretos están engarzados en su interior es mucho más mía que La Guardia, la otra ciudad que contempla la furia del océano y el final del Miño.

16.7.06

La Guardia.

El viento sopla con fuerza y mitiga este calor veraniego que tuesta los campos. El agua salpica las rocas y se eleva en juguetones olas que descargan su fuerza en el final de la montaña. Se siente en las mejillas esa calma ruidosa de un mar que avanza con fuerza arañando la tierra.

Al fondo la bruma hace que la línea del horizonte entre mar y cielo no exista y todo es infinito.

Subo a la montaña y admiro el paisaje. Al otro lado de este río que finaliza se ven las tierras portuguesas; sus primeras ciudades; sus playas repletas de gente; y sobre el puente corren veloces los vehículos. La vida de ese otro país se mueve al mismo ritmo que a este lado del río.

El estuario majestuoso se agranda en esta parte del horizonte. Las aguas calmas serpentean tranquilas en un final ensanchado tras haber recorrido las tierras gallegas. Este Miño final recuerda su historia cuando nació en los confines del macizo galaico. Recibió las aguas del Sil; bañó Orense; nos enseñó la frontera portuguesa y delimitó Pontevedra hasta llegar hoy a ser estuario remansado que da sus últimos pasos hacia el océano Atlántico.

A mis espaldas, ese mar sin límites; ese océano donde en el pasado terminaba el fin de la tierra; bate con fuerza llegando a la costa rocosa. Más al norte su fuerza se interna en la tierra allí donde los ríos dejan de ser ríos y pasan a ser agua ganada a la sal marina. Es en esos brazos de mar donde nace la vida en las bateas; donde parten los barcos para su pesca; donde las ciudades hacen reverencia a un mar que más que en otro lugar en el mundo acaricia la tierra.

Pero mis ojos se vuelven a este río que finaliza su historia y sigo con la mirada sus pasos desde el estuario a ese estrecho donde Galicia y Portugal se dan la mano. Y veo sorprendido una lucha continua entre el océano y el Miño. Podría señalar con precisión el lugar exacto donde el río deja de ser río y comienza a ser mar.

Veo que una ola rompe como cuando lo hace en la playa. Rompe en medio del estrecho; sin tocar ninguna roca; sin llegar a tierra. Pero rompe espumosa al encontrarse con la corriente contraria de este río que muere. La ola avanza hasta morir en el agua dulce del Miño; y el río avanza hasta morir en la sal del Atlántico.

Tras de sí llega otra ola que se interna un poco más con fuerza renovada en el agua del río hasta romper en un blanco espumoso frente a la corriente del Miño.

Ante un límite humano; ante una frontera marcada por la historia de dos pueblos; veo con claridad un límite, una frontera querida por la naturaleza: el punto donde el río pasa a ser mar; el punto donde el océano pasa a ser río.

Y es allí, donde muere esa ola blanca espumosa sin llegar a acariciar la tierra; es allí donde el río finaliza su historia de dulce recorrido; es allí donde la sal se diluye en las aguas dulces. ¡Oh milagro natural!

¡Cuántas veces en nuestra vida sucede igual! Encontramos justo el punto donde la alegría de un río que corre encuentra ante sí la fuerza de una nostalgia triste de lágrimas saladas de un mar infinito. Dejamos atrás los árboles verdes que a nuestra vera mecían sus hojas hasta tocar nuestras aguas interiores. Y llegamos al infinito de un mar inmenso del que desconocemos sus confines.

Y en ese punto, en ese punto vital donde las olas saladas se rompen en un blanco espumoso sin tocar la tierra de nuestras entrañas; en ese punto donde la alegría vital llega remansada al estuario pacífico de un momento vivido en calma y serenidad. Es en ese punto mágico donde lo dulce y lo salado se mezclan. Y es ahí donde si lo reconocemos encontraremos el momento eterno de felicidad que nace de comprender que en ambas realidades, la dulce y la salada, hay peces que nadan llenos de vida.

Nuestra felicidad nace de saber vivir el transcurso gozoso del río de nuestra alegría y de recibir con delicadeza, como una caricia en nuestro corazón, la a veces nostálgica ola del mar salado de nuestras lágrimas.

Despierto de este momento de sueño y veo que allá abajo, el viejo poblado celta y las pequeñas casas de La Guardia me invitan a disfrutar y a entender este milagro del confín de los sentimientos.

14.7.06

Querer demostrándolo.

Algunas personas somos aparentemente frías. No demostramos nuestros sentimientos y nuestra voz no tiembla ante un sí o un no. Damos las cosas por supuestas y nos escudamos en el “eso ya lo sabes”.

Hablo en plural mayestático pero quien me conoce, sabe que yo soy así.

Y sin embargo, debajo de esta aparente caperuza, se esconde un corazón demasiado sensible para respirar el aire del mundo. Se esconde un alma contradictoria que llora, sufre y goza a partes casi iguales.

“Jorge no da besos”, me han dicho alguno de mis amigos. Y es verdad, simplemente pongo la mejilla sonrosada para recibirlos cuando no hay más remedio que hacerlo.

Una cosa es lo que hago o dejo de hacer, y otra aquello que me nace de dentro. La pasión a veces es tan grande que no caben gestos para poder demostrarla. No se han inventado los abrazos, las caricias, los gestos que puedan expresar lo que a veces mi corazón siente. No habría lágrimas suficientes en mis ojos para hacer realidad física mi alegría o mi tristeza.

No soy valiente. Pero temo que esta falta de valentía me impida compartir mi sonrisa ante la felicidad hecha materia. Y eso me hace a veces sentir el miedo de que el vaso de cristal se rompa en un instante sin haber derramado el agua fresca que pudo contener.

Una mañana cualquiera un hombre, llamémosle Gustavo, se levantó para ir a trabajar. Dejó a su mujer todavía en la cama y no quiso despertarla. Desayunó rápido y en el tren de cercanías se dirigió a la oficina. La mañana pasó veloz entre los asuntos cotidianos que siempre le envolvían. No tuvo tiempo ni para la pausa del café.

A mediodía Laura tras haber hecho las compras en el supermercado; tras preparar los últimos detalles de aquel viaje de fin de semana sorpresa a los Pirineos; pensó que acercarse a comer con su marido podía ser un detalle y un buen momento para regalarle esos dos días de un descanso que él tanto se merecía. Había sentido su beso en la mejilla esa mañana, pero se había hecho la dormida. Se preparó tranquilamente y bajó a la calle a buscar la estación del metro.

Gustavo salía media hora antes del trabajo. Se lo había ganado. Quería acercarse a casa a recoger unos documentos que se había olvidado por la mañana. Además así podría saludar a Laura e incluso comer fugazmente con ella. Bajaba las escaleras automáticas de la estación cuando recibió una llamada.

Era Laura. Quería decirle que le esperase a la salida de la oficina y que juntos comerían en un restaurante del centro.

“Cariño, casi no te escucho. No te entiendo. Lo siento, no tengo cobertura”.

El sonido de unos tonos rítmicos de una llamada interrumpida le hizo abandonar un posible segundo intento de rellamada. En breve estaría subido en el tren camino de casa.

Laura se quedó hablando sola: “Gustavo, espérame ahí; que ahora voy. Tengo una sorpresa para ti. Te quiero mucho.” Pero la llamada era inexistente medio minuto antes. También ella subía a un tren camino del centro.

Los minutos pasan deprisa en el metro que desde el centro sale hacia la periferia. Se mezclan las historias de todos los días. Rostros casi conocidos de verlos a diario aunque se mantengan como personas desconocidas. Se aprovecha a leer, se busca el sitio incluso a empujones… viajan las vidas.

De repente un ruido seco; golpes y bamboleos; la luz que se apaga y un fuerte olor a hierro. La gente grita. Hemos chocado. Se rompen ventanas. El que puede salta y busca la salida. Claustrofobia bajo tierra. Un andén. Unas escaleras. Más empujones y por fin la luz cegadora del día.

Gustavo se sienta en el bordillo de la acera mientras llegan las primeras asistencias. Busca en su bolsillo su teléfono. Marca el número de Laura.

“Bienvenido al buzón de voz. Puede dejar su mensaje tras la señal”, le dice una voz matemática.

“Hola cariño. Hola Laura. He tenido un accidente. Pero estoy bien. Perdóname por no decirte cada mañana que te quiero”.

Piensa que en un rato podrá abrazarla y besarla; podrá decirle aquello que cada mañana no se atrevió, no tuvo tiempo, o le pareció una tontería repetirlo.

Pero su mujer yace para siempre en el vagón inerte de la otra parte del choque. Ahí, bajo sus pies; en esa misma estación que los unió para siempre y los separó cruelmente.

Las sorpresas de la vida me demuestran que lo único que vale es querer. Y si consigo querer demostrándolo podré tener la tranquilidad del que vive sincero.

Porque sí; porque es verdad; por si acaso… aquellos que vivís junto a mí, escuchadme: “Os quiero”.

6.7.06

Café de aeropuerto.

Un vaso de cartón, una cucharilla que no es cuchara sino barra de plástico reciclable, un sobre de un azúcar medido y un café candente de dudoso gusto que todavía no se puede beber.

Una mesa que baila cojeante y dos sillas lo suficientemente incómodas para hacer que la espera se haga presente.

Una mañana recién nacida y el ajetreo continuo de historias que van y vienen, que pasean maletines de trabajo o grandes maletas llenas de sueños de vacaciones lejanas.

El cielo en el exterior es de un azul brillante. Es el mismo cielo que hace unos minutos surcaba desafiando la gravedad el pequeño avión que partió de la niebla tenue de Vitoria.

En minutos he visto desde lo alto el mar; ese mar que desde la lejanía no parecía tan azul, sino pintado de un gris mediocre. He visto las ondulaciones marcadas de las olas y algún barco que se movía lento en su inmensidad.

Tras un giro, se acerca la tierra, se agrandan las cosas hasta retomar su tamaño normal y tocamos tierra en un freno brusco que nos hace pasar de la velocidad que vuela a la calma quieta del que pone pie en el suelo.

Y ahora, con mi café aún candente en este vaso de cartón; con el azúcar ya disuelto; con el móvil que me saluda como cada mañana; con la música de mi mp3 en mis oídos; sentado en esta incómoda silla y manteniendo el equilibrio inestable de esta mesa que cojea escribo mis pensamientos.

Pensamientos alejados de mi realidad cotidiana. Echo de menos la monotonía de la rutina. Siento la falta de lo habitual. Y en este aeropuerto donde las historias de todas partes se cruzan en la indiferencia de un instante, agradezco la existencia, hoy un poco lejana, de esa historia cotidiana mía que he dejado tras el felpudo de la puerta de casa.

Esta mañana era todavía de noche cuando cerré la puerta de casa. Pero sé que mi felpudo me esperará para saludar mis pasos con otro “ongi etorri”, “bienvenido”. Mientras, el felpudo de mi entorno, de la casa de mi vida donde habitan mi familia, mis amigos, la gente a la que quiero, será el sonido de este teléfono que una vez más ha cantado como todos los días para saludarme y desearme “buenos días”.

Ese sonido cotidiano que cada día me despierta me trae el regalo de una sonrisa; porque, aquí solo, en esta silla incómoda, sobre esta mesa titubeante este café de aeropuerto en el vaso de cartón plastificado sabe milagrosamente a un recuerdo cotidiano que me hace abandonar Barcelona y regresar por un instante a mi mundo, que como el felpudo de mi casa me espera para decirme a mi vuelta “ongi etorri”, “bienvenido”.

4.7.06

Rosa roja.

En el jardín que me rodea y que recorro con frecuencia hay flores de todos los colores. Flores distintas. Flores genuinas. Geranios abiertos en ramilletes; crisantemos que suenan a sufrimiento; tulipanes lanzados hacia el infinito; narcisos de una belleza espléndida; margaritas de deshojadas inquietudes dubitativas; calas de pulcro blanco y corazón profundo… Cada flor es algo particular e irrepetible y hace que el conjunto del jardín sea aquello que ven mis ojos brillantes, mientras mis pies pisan y se refrescan en el rocío de la hierba verde de mi vida.

Pero hoy, entre todas ellas me he fijado en una rosa roja solitaria. Esa rosa tiene su historia.

Apareció casualmente entre el verde de unas hojas. Al principio era algo concentrado; encerrado en si mismo. El capullo encogido y protegido por el verde de unas hojas que lo envolvían comenzaba a despuntar gracioso en el final de una de las ramas del rosal. Era un casi nada. Un rojo titubeante que sobresalía tímidamente entre las puntas verdes protectoras de una rama que engordaba en su extremo.

Pasaron algunos días y lo que antes era un despunte se convirtió en un puño rojo que comenzaba a abrirse al infinito. Los pétalos se hacían realidad como pequeñas láminas que se juntaban acariciándose unos a otros.

Finalmente, con la flor en su madurez abierta al aire, se veía un corazón inmensamente rojo, de un terciopelo magnífico que brillaba radiante al reflejo de un sol de mediodía.

Llamó mi atención hasta tal punto, que quise acercarme y disfrutar de tanta belleza concentrada. Y descubrí que la belleza olía a un perfume penetrante que absorbido llegaba hasta la profundidad de mi alma. En mi cara sentí esa esencia de terciopelo de unos pétalos frágiles que acariciaban mis mejillas con extremada delicadeza.

La rosa roja era esplendorosa ante mis ojos por su color; era profunda en su interior por un perfume embriagador; era deliciosamente suave en la tersura de sus pétalos de terciopelo.

Quise tocarla y acerqué mis dedos hasta ella. Fue entonces cuando sentí un pinchazo. En la yema de mi dedo corazón se clavó una espina. ¡Qué curioso! No existe una rosa por bella que sea que no contenga en su esencia una espina dolorosa.

Me vino la tentación de apartar la mano ante el pequeño dolor sentido en mi dedo. Pero fue entonces cuando entendí que como dice la canción “una rosa es una rosa”.

Elegí no apartar mis manos sino volverlas hacia la flor para acariciar sus pétalos. Mi dedo se manchaba de sangre. Y esa sangre roja como la vida; roja como la esencia; roja como la pasión; se hizo densa hasta formar una gota. Una gota de mi vida; una gota de mi esencia; una gota de mi sangre. Una sangre que minutos antes había sido bombeada desde lo profundo de mi corazón y que ahora, precisamente ahora, en mi dedo, llamado también corazón, se hacía gota, se hacía lágrima roja, y sigilosa se desprendía y caía mezclándose para siempre con el rojo aterciopelado de los pétalos de la perfección.

Éste es mi jardín que piso refrescándome con el rocío de la hierba verde. El jardín de las flores de los sentimientos. Donde los geranios son abiertos; donde los crisantemos son nostálgicos y sentidos; donde los tulipanes son atrevidos; donde los narcisos son orgullosos y conscientes de su belleza; donde las margaritas son dubitativas e inquietas; donde las calas son sinceras y profundas.

Y en este jardín me sorprende la flor de flores, la rosa roja, el perfume más delicioso, la tersura más tierna… el amor. Este amor que en su esencia contiene también un punto punzante de dolor que llega hasta la profundidad de mí mismo; hasta hacerme sangrar y dar lo más preciado que tengo: la gota de vida; la lágrima de sangre, que sorprendentemente sin apartar la mano se funde para siempre en la propia esencia colorida del pétalo de esta preciada y preciosa rosa roja.

2.7.06

El sonido del silencio.

Todo a mi alrededor es un continuo rumor. Música en la radio. El coche que pasa cerca. Las conversaciones de las personas que me cruzo en la acera. Una ambulancia que veloz recorre la calle camino del hospital. Preguntas y respuestas. Discusiones y conversaciones. Hasta el tic tac del reloj que marca el tiempo suena rotundo en mi muñeca.

Todo a mi alrededor es un continuo rumor. Verdades evidentes. Mentiras falsas. Apariencias. Dificultades. Rebuscadas soluciones.

Todo a mi alrededor es un continuo rumor. Preguntas sin respuestas. Cuestionamientos que entrecruzan el camino interior de mi vida. Elecciones que no dependen de uno mismo. Inquietudes. Ilusiones desbordantes.

Todo a mi alrededor es un continuo rumor.

Pero uno de estos días he decidido que voy a pararme. Voy a alejarme de la ciudad. Buscaré el agua que sin olas se mece tranquila en una orilla de guijarros simétricos. Buscaré el verde de un prado que comienza a sentir dentro de sí el ansia de una lluvia de otra estación. Buscaré la sombra de un árbol que refresque mi mirada.

Habrá gente. No podré encontrar la soledad. Niños gritarán en la lejanía de sus juegos. Familias recorrerán la playa artificial. Habrá cometas que bailarán al viento. Chapuzones en las tranquilas aguas. Perros ladrarán corriendo en libertad.

Pero, tumbado en la sombra de este árbol; mirando al cielo azul que infinito llena el horizonte; escucharé el sonido del silencio.

Las hojas dejarán de mecerse al viento. Las risas desaparecerán en la lejanía. Las conversaciones se perderán tras el infinito. Y sólo existirá ese cielo azul inmenso que traspasará las ramas verdes de este árbol que me protege. Sólo existirá la sensación de este verde que me cubre las espaldas. Sólo existirá esa caricia de alguna hoja que acaba junto a mi rostro.

Y allí, en esta sensación de paz; en este oasis de tranquilidad; el tiempo no existirá. Los sentidos se abrirán al infinito. La mirada se perderá en la lejanía del azul brillante. Mi voz susurrará el pensamiento de mi corazón. Mis mejillas sentirán el tacto de una brisa cariñosa. Mis labios se abrirán al gusto de un presente continuo. Y mis oídos, absortos por la esencia de lo importante, escucharán sólo el sonido del silencio.

Entonces todo a mi alrededor será un continuo silencio. Un silencio acompañado. Un silencio compartido. Un silencio que hará vibrar el tímpano de mi felicidad.