6.7.06

Café de aeropuerto.

Un vaso de cartón, una cucharilla que no es cuchara sino barra de plástico reciclable, un sobre de un azúcar medido y un café candente de dudoso gusto que todavía no se puede beber.

Una mesa que baila cojeante y dos sillas lo suficientemente incómodas para hacer que la espera se haga presente.

Una mañana recién nacida y el ajetreo continuo de historias que van y vienen, que pasean maletines de trabajo o grandes maletas llenas de sueños de vacaciones lejanas.

El cielo en el exterior es de un azul brillante. Es el mismo cielo que hace unos minutos surcaba desafiando la gravedad el pequeño avión que partió de la niebla tenue de Vitoria.

En minutos he visto desde lo alto el mar; ese mar que desde la lejanía no parecía tan azul, sino pintado de un gris mediocre. He visto las ondulaciones marcadas de las olas y algún barco que se movía lento en su inmensidad.

Tras un giro, se acerca la tierra, se agrandan las cosas hasta retomar su tamaño normal y tocamos tierra en un freno brusco que nos hace pasar de la velocidad que vuela a la calma quieta del que pone pie en el suelo.

Y ahora, con mi café aún candente en este vaso de cartón; con el azúcar ya disuelto; con el móvil que me saluda como cada mañana; con la música de mi mp3 en mis oídos; sentado en esta incómoda silla y manteniendo el equilibrio inestable de esta mesa que cojea escribo mis pensamientos.

Pensamientos alejados de mi realidad cotidiana. Echo de menos la monotonía de la rutina. Siento la falta de lo habitual. Y en este aeropuerto donde las historias de todas partes se cruzan en la indiferencia de un instante, agradezco la existencia, hoy un poco lejana, de esa historia cotidiana mía que he dejado tras el felpudo de la puerta de casa.

Esta mañana era todavía de noche cuando cerré la puerta de casa. Pero sé que mi felpudo me esperará para saludar mis pasos con otro “ongi etorri”, “bienvenido”. Mientras, el felpudo de mi entorno, de la casa de mi vida donde habitan mi familia, mis amigos, la gente a la que quiero, será el sonido de este teléfono que una vez más ha cantado como todos los días para saludarme y desearme “buenos días”.

Ese sonido cotidiano que cada día me despierta me trae el regalo de una sonrisa; porque, aquí solo, en esta silla incómoda, sobre esta mesa titubeante este café de aeropuerto en el vaso de cartón plastificado sabe milagrosamente a un recuerdo cotidiano que me hace abandonar Barcelona y regresar por un instante a mi mundo, que como el felpudo de mi casa me espera para decirme a mi vuelta “ongi etorri”, “bienvenido”.

1 comentario:

Fer dijo...

Bienvenido al mundo, a tu mundo...
Siempre pensé en ese batiburrillo viviente que ocupa los aeropuertos, en la infinidad de cuentos y vidas que se repartirían y compartirían, una concentración de sentimientos y relatos que escribirían la mayor de las novelas sobre nuestro género humano.
Y a cambio, ¿qué tenemos? La terminal de Spielberg, si nadie lo remedia.