22.7.06

Espejo roto.

Hoy me levanté con prisas. El reloj comenzaba su rápida cuenta atrás. Y los quehaceres más cotidianos me esperaban a la puerta de mi habitación.

Pasé mis manos por mis mejillas en un ligero bostezo y sentí que mi piel raspaba por una barba de dos días que me pedía que me afeitase. No me gusta la cuchilla que araña mi piel haciéndole cortes que sangran, como supongo que no le gusta a la tierra ser arada.

Llené el lavabo de un agua clara y cogí un pequeño espejo entre mis manos. La cuchilla ya me esperaba. El reflejo de alguien que se despertaba apareció en el cristal reluciente de este espejo que me miraba.

No sé cómo. Será la torpeza. Será el despertar de la mañana. No sé cómo; pero el espejo se deslizó entre mis manos y cayó ruidoso contra el lavabo. Se rasgó y en mil añicos se rompió; manteniendo todavía su unidad por el marco de plástico.

Cogí de nuevo el espejo y algunos pedazos quedaron remansados en el fondo del agua del lavabo, haciendo que los reflejos de la luz brillasen cristalinos. Tenía de nuevo el espejo en mis manos; en las manos de donde nunca debería haber caído.

Pensé que era inservible y que su destino sería el cubo de la basura. Un espejo roto no vale nada. Un espejo roto ya no es capaz de ser mi otro rostro; ya no es capaz de devolverme mi mirada; ya no es capaz de proporcionarme esas pupilas que reflejan mi ser. Un espejo roto es nada.

Metí la mano en el agua para recoger alguno de los pedazos de cristal y sentí una punzada. Un cristal cortante me rasgó la yema del dedo y al punto la transparencia del agua se tiñó por un hilo rojo de sangre que nació de mi interior.

Decidí deshacerme del espejo roto. Era un peligro. Además era nada. Y cuando lo iba a tirar dentro de la bolsa de basura, instintivamente, como se hace con todo espejo, lo volví hacia mí.

Y allí, desde cada pedazo rasgado de un cristal roto que tímidamente se mantenía todavía engarzado en el marco de plástico, vi el reflejo de una parte de mí mismo; incompleto; a veces deformado; como en una unidad picassiana. Y donde antes existía un reflejo único de mi ser, nacían ahora diez, veinte, treinta reflejos de una parte de mi rostro, apenas perceptible; pero donde se distinguían unas pupilas que brillaban y unos labios entrecortados que sonreían.

Desde un espejo roto que era nada, cada una de mis perspectivas, menos realistas pero más intimistas, me saludaban.

1 comentario:

Fer dijo...

Me gusta la idea del espejo roto como la unidad picassiana. Me recuerda a un pensamiento que me asaltó frente a los típicos espejos de feria, aquéllos que deforman, menguan o agrandan nuestra imagen: ¿hasta qué punto estamos seguros de que no son esos espejos nuestra verdadera realidad? ¿Por qué fiarnos del espejo plano, perfecto, quizás creado para agradarnos?
Será que El retrato de Dorian Gray me afectó profundamente, pero no puedo evitar recelar de quien me mira cuando me enfrento al espejo, como temiendo una fantasmagórica reacción, una risa desfigurada.
Quizás sólo serán miedos de niño...