El viento sopla con fuerza y mitiga este calor veraniego que tuesta los campos. El agua salpica las rocas y se eleva en juguetones olas que descargan su fuerza en el final de la montaña. Se siente en las mejillas esa calma ruidosa de un mar que avanza con fuer
za arañando la tierra.
Al fondo la bruma hace que la línea del horizonte entre mar y cielo no exista y todo es infinito.
Subo a la montaña y admiro el paisaje. Al otro lado de este río que finaliza se ven las tierras portuguesas; sus primeras ciudades; sus playas repletas de gente; y sobre el puente corren veloces los vehículos. La vida de ese otro país se mueve al mismo ritmo que a este lado del río.
El estuario majestuoso se agranda en esta parte del horizonte. Las aguas calmas serpentean tranquilas en un final ensanchado tras haber recorrido las tierras gallegas. Este Miño final recuerda su historia cuando nació en los confines del macizo galaico. Recibió las aguas del Sil; bañó Orense; nos enseñó la frontera portuguesa y delimitó Pontevedra hasta llegar hoy a ser estuario remansado que da sus últimos pasos hacia el océano Atlántico.
A mis espaldas, ese mar sin límites; ese océano donde en el pasado terminaba el fin de la tierra; bate con fuerza llegando a la costa rocosa. Más al norte su fuerza se interna en la tierra allí donde los ríos dejan de ser ríos y pasan a ser agua ganada a la sal marina. Es en esos brazos de mar donde nace la vida en las bateas; donde parten los barcos para su pesca; donde las ciudades hacen reverencia a un mar que más que en otro lugar en el mundo acaricia la tierra.

Pero mis ojos se vuelven a este río que finaliza su historia y sigo con la mirada sus pasos desde el estuario a ese estrecho donde Galicia y Portugal se dan la mano. Y veo sorprendido una lucha continua entre el océano y el Miño. Podría señalar con precisión el lugar exacto donde el río deja de ser río y comienza a ser mar.
Veo que una ola rompe como cuando lo hace en la playa. Rompe en medio del estrecho; sin tocar ninguna roca; sin llegar a tierra. Pero rompe espumosa al encontrarse con la corriente contraria de este río que muere. La ola avanza hasta morir en el agua dulce del Miño; y el río avanza hasta morir en la sal del Atlántico.
Tras de sí llega otra ola que se interna un poco más con fuerza renovada en el agua del río hasta romper en un blanco espumoso frente a la corriente del Miño.
Ante un límite humano; ante una frontera marcada por la historia de dos pueblos; veo con claridad un límite, una frontera querida por la naturaleza: el punto donde el río pasa a ser mar; el punto donde el océano pasa a ser río.

Y es allí, donde muere esa ola blanca espumosa sin llegar a acariciar la tierra; es allí donde el río finaliza su historia de dulce recorrido; es allí donde la sal se diluye en las aguas dulces. ¡Oh milagro natural!
za arañando la tierra.Al fondo la bruma hace que la línea del horizonte entre mar y cielo no exista y todo es infinito.
Subo a la montaña y admiro el paisaje. Al otro lado de este río que finaliza se ven las tierras portuguesas; sus primeras ciudades; sus playas repletas de gente; y sobre el puente corren veloces los vehículos. La vida de ese otro país se mueve al mismo ritmo que a este lado del río.
El estuario majestuoso se agranda en esta parte del horizonte. Las aguas calmas serpentean tranquilas en un final ensanchado tras haber recorrido las tierras gallegas. Este Miño final recuerda su historia cuando nació en los confines del macizo galaico. Recibió las aguas del Sil; bañó Orense; nos enseñó la frontera portuguesa y delimitó Pontevedra hasta llegar hoy a ser estuario remansado que da sus últimos pasos hacia el océano Atlántico.

A mis espaldas, ese mar sin límites; ese océano donde en el pasado terminaba el fin de la tierra; bate con fuerza llegando a la costa rocosa. Más al norte su fuerza se interna en la tierra allí donde los ríos dejan de ser ríos y pasan a ser agua ganada a la sal marina. Es en esos brazos de mar donde nace la vida en las bateas; donde parten los barcos para su pesca; donde las ciudades hacen reverencia a un mar que más que en otro lugar en el mundo acaricia la tierra.

Pero mis ojos se vuelven a este río que finaliza su historia y sigo con la mirada sus pasos desde el estuario a ese estrecho donde Galicia y Portugal se dan la mano. Y veo sorprendido una lucha continua entre el océano y el Miño. Podría señalar con precisión el lugar exacto donde el río deja de ser río y comienza a ser mar.
Veo que una ola rompe como cuando lo hace en la playa. Rompe en medio del estrecho; sin tocar ninguna roca; sin llegar a tierra. Pero rompe espumosa al encontrarse con la corriente contraria de este río que muere. La ola avanza hasta morir en el agua dulce del Miño; y el río avanza hasta morir en la sal del Atlántico.
Tras de sí llega otra ola que se interna un poco más con fuerza renovada en el agua del río hasta romper en un blanco espumoso frente a la corriente del Miño.
Ante un límite humano; ante una frontera marcada por la historia de dos pueblos; veo con claridad un límite, una frontera querida por la naturaleza: el punto donde el río pasa a ser mar; el punto donde el océano pasa a ser río.

Y es allí, donde muere esa ola blanca espumosa sin llegar a acariciar la tierra; es allí donde el río finaliza su historia de dulce recorrido; es allí donde la sal se diluye en las aguas dulces. ¡Oh milagro natural!
¡Cuántas veces en nuestra vida sucede igual! Encontramos justo el punto donde la alegría de un río que corre encuentra ante sí la fuerza de una nostalgia triste de lágrimas saladas de un mar infinito. Dejamos atrás los árboles verdes que a nuestra vera mecían sus hojas hasta tocar nuestras aguas interiores. Y llegamos al infinito de un mar inmenso del que desconocemos sus confines.
Y en ese punto, en ese punto vital donde las olas saladas se rompen en un blanco espumoso sin tocar la tierra de nuestras entrañas; en ese punto donde la alegría vital llega remansada al estuario pacífico de un momento vivido en calma y serenidad. Es en ese punto mágico donde lo dulce y lo salado se mezclan. Y es ahí donde si lo reconocemos encontraremos el momento eterno de felicidad que nace de comprender que en ambas realidades, la dulce y la salada, hay peces que nadan llenos de vida.
Nuestra felicidad nace de saber vivir el transcurso gozoso del río de nuestra alegría y de recibir con delicadeza, como una caricia en nuestro corazón, la a veces nostálgica ola del mar salado de nuestras lágrimas.
Despierto de este momento de sueño y veo que allá abajo, el viejo poblado celta y las pequeñas casas de La Guardia me invitan a disfrutar y a entender este milagro del confín de los sentimientos.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario