20.7.06

Laguardia.

Cuando hace unos días contemplaba la desembocadura del Miño desde su estuario hasta la línea donde se fundía con el océano, tenía a mis pies la población pesquera de La Guardia. A Garda la llaman en la lengua gaélica sus habitantes. Es el guardián que ya desde los antiguos celtas miraba la inmensidad del mar, llevaba la vida humana hasta el “finisterra” y contemplaba a los moradores de la otra orilla.

El nombre me recordó esa otra ciudad, ésa ya de la tierra mía, que contempla el valle del Ebro y observa la Rioja Alavesa desde su atalaya. A los pies de las montañas de donde nace la tierra del vino brota también una colina donde se aposenta nuestra Laguardia.

Ciudad de estrechas calles y bodegas subterráneas que perforan sus entrañas, Laguardia muestra sus tejados desde la lejanía. Sus piedras huelen al mejor de los vinos, caldos con los que ya los dioses griegos saboreaban las alegrías.

A sus pies, como en aquella gallega, también se guardan las vidas de nuestros antepasados en el viejo poblado de La Hoya.

Y también como en tierras gallegas, al mirar a la cordillera se ve la techumbre de la nueva bodega de diseño que al recibir en sus placas onduladas de titanio los rayos de un sol de atardecer, me parece distinguir en ellas las olas de un océano hasta tal punto de sentir en mis mejillas la brisa salada de un mar infinito.

Laguardia reposa quieta, suspendida en el aire de un pasado remoto; en el aire de tradiciones mantenidas; en el aire de sabores que llevan el paladar a degustar aquel manjar que enloqueció a Baco.

Laguardia me saluda; me tiende su mano y desde la lejanía me invita a recorrer sus calles y a saborear el vino que nace de sus entrañas. Porque entiendo que Laguardia, la ciudad que esconde sus tesoros; la ciudad en la que sus secretos están engarzados en su interior es mucho más mía que La Guardia, la otra ciudad que contempla la furia del océano y el final del Miño.

1 comentario:

Fer dijo...

Fue una amiga gallega quien me dijo que, por algún extraño motivo, sólo los gallegos se sentían parte de Galicia, mientras que el resto de España parecía regirse por otro sentimiento de pertenencia distinto.
Y puede que así sea. Galicia, tan peculiar como las demás regiones de España, encierra unos códigos, unas pautas, que quizás los foráneos no logremos entender. De ahí que, irremisiblemente, recurramos a analogías con nuestra tierra.
Hablas, Jorge, de Laguardia vasca. Y yo te hablaría de Mérida, el centro neurálgico de Extremadura, donde tantos caminos desembocan: es nuestra Roma particular, guardiana del territorio desde su misma fundación. O de Plasencia, final y principio de tres valles, acceso privilegiado a Las Hurdes.
Y, sin embargo, un madrileño te remitiría a la Puerta del Sol, auténtico kilómetro cero. Y un andaluz oriental elegiría Granada, mientras que uno occidental escogería Sevilla, arranque de vías náuticas y terrestres.
Como le dije a un amigo chileno, el problema de España es su tamaño. Inesperadamente grande, lo que la fuerza a encontrar más de una referencia para cada singularidad. Por complejo que parezca.