Algunas personas somos aparentemente frías. No demostramos nuestros sentimientos y nuestra voz no tiembla ante un sí o un no. Damos las cosas por supuestas y nos escudamos en el “eso ya lo sabes”.
Hablo en plural mayestático pero quien me conoce, sabe que yo soy así.
Y sin embargo, debajo de esta aparente caperuza, se esconde un corazón demasiado sensible para respirar el aire del mundo. Se esconde un alma contradictoria que llora, sufre y goza a partes casi iguales.
“Jorge no da besos”, me han dicho alguno de mis amigos. Y es verdad, simplemente pongo la mejilla sonrosada para recibirlos cuando no hay más remedio que hacerlo.
Una cosa es lo que hago o dejo de hacer, y otra aquello que me nace de dentro. La pasión a veces es tan grande que no caben gestos para poder demostrarla. No se han inventado los abrazos, las caricias, los gestos que puedan expresar lo que a veces mi corazón siente. No habría lágrimas suficientes en mis ojos para hacer realidad física mi alegría o mi tristeza.
No soy valiente. Pero temo que esta falta de valentía me impida compartir mi sonrisa ante la felicidad hecha materia. Y eso me hace a veces sentir el miedo de que el vaso de cristal se rompa en un instante sin haber derramado el agua fresca que pudo contener.
Una mañana cualquiera un hombre, llamémosle Gustavo, se levantó para ir a trabajar. Dejó a su mujer todavía en la cama y no quiso despertarla. Desayunó rápido y en el tren de cercanías se dirigió a la oficina. La mañana pasó veloz entre los asuntos cotidianos que siempre le envolvían. No tuvo tiempo ni para la pausa del café.
A mediodía Laura tras haber hecho las compras en el supermercado; tras preparar los últimos detalles de aquel viaje de fin de semana sorpresa a los Pirineos; pensó que acercarse a comer con su marido podía ser un detalle y un buen momento para regalarle esos dos días de un descanso que él tanto se merecía. Había sentido su beso en la mejilla esa mañana, pero se había hecho la dormida. Se preparó tranquilamente y bajó a la calle a buscar la estación del metro.
Gustavo salía media hora antes del trabajo. Se lo había ganado. Quería acercarse a casa a recoger unos documentos que se había olvidado por la mañana. Además así podría saludar a Laura e incluso comer fugazmente con ella. Bajaba las escaleras automáticas de la estación cuando recibió una llamada.
Era Laura. Quería decirle que le esperase a la salida de la oficina y que juntos comerían en un restaurante del centro.
“Cariño, casi no te escucho. No te entiendo. Lo siento, no tengo cobertura”.
El sonido de unos tonos rítmicos de una llamada interrumpida le hizo abandonar un posible segundo intento de rellamada. En breve estaría subido en el tren camino de casa.
Laura se quedó hablando sola: “Gustavo, espérame ahí; que ahora voy. Tengo una sorpresa para ti. Te quiero mucho.” Pero la llamada era inexistente medio minuto antes. También ella subía a un tren camino del centro.
Los minutos pasan deprisa en el metro que desde el centro sale hacia la periferia. Se mezclan las historias de todos los días. Rostros casi conocidos de verlos a diario aunque se mantengan como personas desconocidas. Se aprovecha a leer, se busca el sitio incluso a empujones… viajan las vidas.
De repente un ruido seco; golpes y bamboleos; la luz que se apaga y un fuerte olor a hierro. La gente grita. Hemos chocado. Se rompen ventanas. El que puede salta y busca la salida. Claustrofobia bajo tierra. Un andén. Unas escaleras. Más empujones y por fin la luz cegadora del día.
Gustavo se sienta en el bordillo de la acera mientras llegan las primeras asistencias. Busca en su bolsillo su teléfono. Marca el número de Laura.
“Bienvenido al buzón de voz. Puede dejar su mensaje tras la señal”, le dice una voz matemática.
“Hola cariño. Hola Laura. He tenido un accidente. Pero estoy bien. Perdóname por no decirte cada mañana que te quiero”.
Piensa que en un rato podrá abrazarla y besarla; podrá decirle aquello que cada mañana no se atrevió, no tuvo tiempo, o le pareció una tontería repetirlo.
Pero su mujer yace para siempre en el vagón inerte de la otra parte del choque. Ahí, bajo sus pies; en esa misma estación que los unió para siempre y los separó cruelmente.
Las sorpresas de la vida me demuestran que lo único que vale es querer. Y si consigo querer demostrándolo podré tener la tranquilidad del que vive sincero.
Hablo en plural mayestático pero quien me conoce, sabe que yo soy así.
Y sin embargo, debajo de esta aparente caperuza, se esconde un corazón demasiado sensible para respirar el aire del mundo. Se esconde un alma contradictoria que llora, sufre y goza a partes casi iguales.
“Jorge no da besos”, me han dicho alguno de mis amigos. Y es verdad, simplemente pongo la mejilla sonrosada para recibirlos cuando no hay más remedio que hacerlo.
Una cosa es lo que hago o dejo de hacer, y otra aquello que me nace de dentro. La pasión a veces es tan grande que no caben gestos para poder demostrarla. No se han inventado los abrazos, las caricias, los gestos que puedan expresar lo que a veces mi corazón siente. No habría lágrimas suficientes en mis ojos para hacer realidad física mi alegría o mi tristeza.
No soy valiente. Pero temo que esta falta de valentía me impida compartir mi sonrisa ante la felicidad hecha materia. Y eso me hace a veces sentir el miedo de que el vaso de cristal se rompa en un instante sin haber derramado el agua fresca que pudo contener.
Una mañana cualquiera un hombre, llamémosle Gustavo, se levantó para ir a trabajar. Dejó a su mujer todavía en la cama y no quiso despertarla. Desayunó rápido y en el tren de cercanías se dirigió a la oficina. La mañana pasó veloz entre los asuntos cotidianos que siempre le envolvían. No tuvo tiempo ni para la pausa del café.
A mediodía Laura tras haber hecho las compras en el supermercado; tras preparar los últimos detalles de aquel viaje de fin de semana sorpresa a los Pirineos; pensó que acercarse a comer con su marido podía ser un detalle y un buen momento para regalarle esos dos días de un descanso que él tanto se merecía. Había sentido su beso en la mejilla esa mañana, pero se había hecho la dormida. Se preparó tranquilamente y bajó a la calle a buscar la estación del metro.
Gustavo salía media hora antes del trabajo. Se lo había ganado. Quería acercarse a casa a recoger unos documentos que se había olvidado por la mañana. Además así podría saludar a Laura e incluso comer fugazmente con ella. Bajaba las escaleras automáticas de la estación cuando recibió una llamada.
Era Laura. Quería decirle que le esperase a la salida de la oficina y que juntos comerían en un restaurante del centro.
“Cariño, casi no te escucho. No te entiendo. Lo siento, no tengo cobertura”.
El sonido de unos tonos rítmicos de una llamada interrumpida le hizo abandonar un posible segundo intento de rellamada. En breve estaría subido en el tren camino de casa.
Laura se quedó hablando sola: “Gustavo, espérame ahí; que ahora voy. Tengo una sorpresa para ti. Te quiero mucho.” Pero la llamada era inexistente medio minuto antes. También ella subía a un tren camino del centro.
Los minutos pasan deprisa en el metro que desde el centro sale hacia la periferia. Se mezclan las historias de todos los días. Rostros casi conocidos de verlos a diario aunque se mantengan como personas desconocidas. Se aprovecha a leer, se busca el sitio incluso a empujones… viajan las vidas.
De repente un ruido seco; golpes y bamboleos; la luz que se apaga y un fuerte olor a hierro. La gente grita. Hemos chocado. Se rompen ventanas. El que puede salta y busca la salida. Claustrofobia bajo tierra. Un andén. Unas escaleras. Más empujones y por fin la luz cegadora del día.
Gustavo se sienta en el bordillo de la acera mientras llegan las primeras asistencias. Busca en su bolsillo su teléfono. Marca el número de Laura.
“Bienvenido al buzón de voz. Puede dejar su mensaje tras la señal”, le dice una voz matemática.
“Hola cariño. Hola Laura. He tenido un accidente. Pero estoy bien. Perdóname por no decirte cada mañana que te quiero”.
Piensa que en un rato podrá abrazarla y besarla; podrá decirle aquello que cada mañana no se atrevió, no tuvo tiempo, o le pareció una tontería repetirlo.
Pero su mujer yace para siempre en el vagón inerte de la otra parte del choque. Ahí, bajo sus pies; en esa misma estación que los unió para siempre y los separó cruelmente.
Las sorpresas de la vida me demuestran que lo único que vale es querer. Y si consigo querer demostrándolo podré tener la tranquilidad del que vive sincero.
Porque sí; porque es verdad; por si acaso… aquellos que vivís junto a mí, escuchadme: “Os quiero”.
3 comentarios:
hola buenas q tal?! por cierto....la proxima vez q vayas para galicia me avisas..y aunq sea me metes en la maleta!!! q morriña!!! en cuanto al nano....las palabras son efimeras....por lo tanto...para demostrar lo q te importa una persona...vale mas un gesto...q mil palabras!!!! buen finde y haber si tamos!!! ciao y bikiños
Gracias por recordarme,que una caricia, una palabra un gesto no hecho, ya no se recupera. Un beso. Víctor.
Muy triste, demasiado triste el cuento-metáfora de Gustavo y Laura. Me ha gustado y a la vez revuelto el cuerpo, lo cual no tiene por qué ser malo (las letras desatan sensaciones, sea cual sea su índole), justo cuando quizás, por tratarse de esta época e incluso después del accidente de Valencia, menos lo necesitaba.
Pero te felicito por ello, Jorge, sobre todo por esa valentía para lograr mostrar unos sentimientos que a menudo secuestramos en el alma.
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