4.7.06

Rosa roja.

En el jardín que me rodea y que recorro con frecuencia hay flores de todos los colores. Flores distintas. Flores genuinas. Geranios abiertos en ramilletes; crisantemos que suenan a sufrimiento; tulipanes lanzados hacia el infinito; narcisos de una belleza espléndida; margaritas de deshojadas inquietudes dubitativas; calas de pulcro blanco y corazón profundo… Cada flor es algo particular e irrepetible y hace que el conjunto del jardín sea aquello que ven mis ojos brillantes, mientras mis pies pisan y se refrescan en el rocío de la hierba verde de mi vida.

Pero hoy, entre todas ellas me he fijado en una rosa roja solitaria. Esa rosa tiene su historia.

Apareció casualmente entre el verde de unas hojas. Al principio era algo concentrado; encerrado en si mismo. El capullo encogido y protegido por el verde de unas hojas que lo envolvían comenzaba a despuntar gracioso en el final de una de las ramas del rosal. Era un casi nada. Un rojo titubeante que sobresalía tímidamente entre las puntas verdes protectoras de una rama que engordaba en su extremo.

Pasaron algunos días y lo que antes era un despunte se convirtió en un puño rojo que comenzaba a abrirse al infinito. Los pétalos se hacían realidad como pequeñas láminas que se juntaban acariciándose unos a otros.

Finalmente, con la flor en su madurez abierta al aire, se veía un corazón inmensamente rojo, de un terciopelo magnífico que brillaba radiante al reflejo de un sol de mediodía.

Llamó mi atención hasta tal punto, que quise acercarme y disfrutar de tanta belleza concentrada. Y descubrí que la belleza olía a un perfume penetrante que absorbido llegaba hasta la profundidad de mi alma. En mi cara sentí esa esencia de terciopelo de unos pétalos frágiles que acariciaban mis mejillas con extremada delicadeza.

La rosa roja era esplendorosa ante mis ojos por su color; era profunda en su interior por un perfume embriagador; era deliciosamente suave en la tersura de sus pétalos de terciopelo.

Quise tocarla y acerqué mis dedos hasta ella. Fue entonces cuando sentí un pinchazo. En la yema de mi dedo corazón se clavó una espina. ¡Qué curioso! No existe una rosa por bella que sea que no contenga en su esencia una espina dolorosa.

Me vino la tentación de apartar la mano ante el pequeño dolor sentido en mi dedo. Pero fue entonces cuando entendí que como dice la canción “una rosa es una rosa”.

Elegí no apartar mis manos sino volverlas hacia la flor para acariciar sus pétalos. Mi dedo se manchaba de sangre. Y esa sangre roja como la vida; roja como la esencia; roja como la pasión; se hizo densa hasta formar una gota. Una gota de mi vida; una gota de mi esencia; una gota de mi sangre. Una sangre que minutos antes había sido bombeada desde lo profundo de mi corazón y que ahora, precisamente ahora, en mi dedo, llamado también corazón, se hacía gota, se hacía lágrima roja, y sigilosa se desprendía y caía mezclándose para siempre con el rojo aterciopelado de los pétalos de la perfección.

Éste es mi jardín que piso refrescándome con el rocío de la hierba verde. El jardín de las flores de los sentimientos. Donde los geranios son abiertos; donde los crisantemos son nostálgicos y sentidos; donde los tulipanes son atrevidos; donde los narcisos son orgullosos y conscientes de su belleza; donde las margaritas son dubitativas e inquietas; donde las calas son sinceras y profundas.

Y en este jardín me sorprende la flor de flores, la rosa roja, el perfume más delicioso, la tersura más tierna… el amor. Este amor que en su esencia contiene también un punto punzante de dolor que llega hasta la profundidad de mí mismo; hasta hacerme sangrar y dar lo más preciado que tengo: la gota de vida; la lágrima de sangre, que sorprendentemente sin apartar la mano se funde para siempre en la propia esencia colorida del pétalo de esta preciada y preciosa rosa roja.

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