7.8.06

Lágrima salada.

Una lágrima se escapaba del ojo vidrioso. El marrón casi opaco de su iris quedaba brillante y traslúcido con el agua del sentimiento que se condensaba en la mirada. Y el sentimiento, como la nube evaporada del océano, se volvía denso hasta germinar y resbalar por la mejilla. Un segundo después caía sobre la arena en el mismo instante en que una ola cubría con su manto la orilla. La salazón de la amargura se diluía en la inmensidad de un mar eterno.

Se cerraba así un ciclo de una estación primaveral inesperada. Y el recuerdo nostálgico de lo que fue y de lo que pudo ser derramaba suspiros de sal sobre la arena que pasaban a ser eternidad tal y como los ríos desembocan tranquilos y quietos a la orilla del océano que late en olas acompasadas por el tiempo.

El reloj de arena de lo eterno había finalizado su deslizar por las estrechuras de lo imposible y lo que era futuro comenzaba en ese momento a ser pasado inerte.

Lucía, la de los ojos marrones opacos, la de los labios encarnados comenzaba a sentir sobre su cabello ondulante la brisa de un viento suave que soplaba desde los otros confines del mar. Sentada en la playa, acurrucada sobre sí misma, pegada a la arena mojada, era bañada por una ola de una marea que hacía decrecer el mundo comiendo metros a la vida.

Por su mente pasaban los últimos meses vividos entre la sorpresa y la ilusión; sorpresa por lo inesperado; ilusión por el sonido desacompasado de un corazón que todavía latía.

Era de noche, o casi de noche; ya que el sol se había puesto tras la línea sutil del horizonte; pero la luz todavía en esa penumbra mágica ganaba algún segundo a la noche, mientras el cielo pesadumbroso comenzaba a verse salpicado por las estrellas que titubeantes nacían de la nada.

Una nueva ola llegó a la orilla y golpeó la piel húmeda de Lucía haciéndole volver a la realidad. Un nuevo sentimiento se condensaba en sus ojos hasta deslizarse en otra lágrima salada para mezclarse con la infinitud de ese mar nostálgico.

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