En una curva de una carretera perdida entre los confines de dos tierras distintas nace un camino que se adentra en los inicios de unos árboles que unidos dan sus primeros pasos hacia la cumbre de la montaña.
El camino se alza en pendiente escondido en las sombras de esos árboles que protegen del sol de mediodía y de la lluvia del ocaso.
Los pasos de quien anda resuenan como un eco que rebota en las paredes de piedra de esa montaña que me acompaña. Avanzo entre esa tierra fina que se pega a mis pies.
Y ahí lo encuentro; ligeramente apartado del camino; entre los árboles que mecen sus hojas al compás de esta brisa que acaricia mis mejillas.
Sus piedras hendidas en la tierra forman una doble hilera que se tiende la mano mirándose mutuamente cara a cara. Es el destino doble de lo que pudo ser y no fue; y de lo que pudo no ser y fue. Todo se une en el círculo de la realidad. Todo nace del suelo que esconde las raíces del pasado; que despunta en un presente hecho realidad; y que tiende su mirada hacia el cielo infinito de un futuro incierto pero posible; temeroso pero desafiante; silencioso pero inquieto.
Me siento en una de sus piedras y mis pies casi tocan el suelo donde germinan las paredes pétreas de este dolmen megalítico.
Es el mismo suelo donde yacen enterradas las cenizas de aquellos que lo pensaron, lo construyeron y vieron su esplendor hoy perdido en el ocaso de los años. Allí en ese suelo rico de pasado reposan silenciosos los sueños de aquellos que soñaron; reposa para siempre la vida de aquellos que se atrevieron a vivir.
Es el mismo suelo que en su riqueza escondida da sabia a las cepas que germinan en uvas que en unas semanas serán machacadas para morir y renacer en el líquido de oro del mejor de los vinos que puede degustar nuestro paladar.
Cuando saboree ese caldo en mi boca, en mi mente, en mi alma y en mi corazón renacerá hecho vida ese sueño que escondido en la tierra reposaba junto a las paredes de piedra de mi dolmen.
El tiempo se transforma. El pasado se regenera. El presente es continuo. Y el futuro llama a la puerta. La lluvia pertinaz riega los campos. El sol hiriente caldea la tierra. La luna ilumina majestuosa las noches estrelladas. El viento siempre va y viene por los confines del horizonte infinito.
El segundero del reloj del tiempo marca la hora eterna donde los sueños escondidos y germinados bajo el silencio de la tierra renacen y brotan en frutos nuevos que macerados en néctar de vida degusta mi paladar.
Hoy entiendo más que nunca el milagro que nace de mi tierra; mientas mi cuerpo, mi alma, mi corazón, mis sueños y mi vida toman conciencia de sí junto a las piedras y a la tierra del dolmen de Los Llanos.
El camino se alza en pendiente escondido en las sombras de esos árboles que protegen del sol de mediodía y de la lluvia del ocaso.
Los pasos de quien anda resuenan como un eco que rebota en las paredes de piedra de esa montaña que me acompaña. Avanzo entre esa tierra fina que se pega a mis pies.
Y ahí lo encuentro; ligeramente apartado del camino; entre los árboles que mecen sus hojas al compás de esta brisa que acaricia mis mejillas.
Sus piedras hendidas en la tierra forman una doble hilera que se tiende la mano mirándose mutuamente cara a cara. Es el destino doble de lo que pudo ser y no fue; y de lo que pudo no ser y fue. Todo se une en el círculo de la realidad. Todo nace del suelo que esconde las raíces del pasado; que despunta en un presente hecho realidad; y que tiende su mirada hacia el cielo infinito de un futuro incierto pero posible; temeroso pero desafiante; silencioso pero inquieto.
Me siento en una de sus piedras y mis pies casi tocan el suelo donde germinan las paredes pétreas de este dolmen megalítico.
Es el mismo suelo donde yacen enterradas las cenizas de aquellos que lo pensaron, lo construyeron y vieron su esplendor hoy perdido en el ocaso de los años. Allí en ese suelo rico de pasado reposan silenciosos los sueños de aquellos que soñaron; reposa para siempre la vida de aquellos que se atrevieron a vivir.
Es el mismo suelo que en su riqueza escondida da sabia a las cepas que germinan en uvas que en unas semanas serán machacadas para morir y renacer en el líquido de oro del mejor de los vinos que puede degustar nuestro paladar.
Cuando saboree ese caldo en mi boca, en mi mente, en mi alma y en mi corazón renacerá hecho vida ese sueño que escondido en la tierra reposaba junto a las paredes de piedra de mi dolmen.
El tiempo se transforma. El pasado se regenera. El presente es continuo. Y el futuro llama a la puerta. La lluvia pertinaz riega los campos. El sol hiriente caldea la tierra. La luna ilumina majestuosa las noches estrelladas. El viento siempre va y viene por los confines del horizonte infinito.
El segundero del reloj del tiempo marca la hora eterna donde los sueños escondidos y germinados bajo el silencio de la tierra renacen y brotan en frutos nuevos que macerados en néctar de vida degusta mi paladar.
Hoy entiendo más que nunca el milagro que nace de mi tierra; mientas mi cuerpo, mi alma, mi corazón, mis sueños y mi vida toman conciencia de sí junto a las piedras y a la tierra del dolmen de Los Llanos.
1 comentario:
"El tiempo se transforma. El pasado se regenera. El presente es continuo. Y el futuro llama a la puerta. La lluvia pertinaz riega los campos. El sol hiriente caldea la tierra. La luna ilumina majestuosa las noches estrelladas. El viento siempre va y viene por los confines del horizonte infinito".
Para qué decir más, cuando en un párrafo resumes un todo.
En vez de eso, me levanto y aplaudo.
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